30. Tokúshima. Día 3, primera parte, Hiwasa

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Ayer no visité Tokúshima y hoy tampoco. Voy a estar aquí varios días pero solo voy a visitar los alrededores.

En la tele me pareció que anunciaban para hoy lluvias pero hace un sol espléndido.

El hotel está pegado a la estación de ferrocarril y como me queda un rato para coger el tren me doy una vuelta por allí. Primero me encuentro a los mismos del Inserso de ayer de Oboke. Están bajando de un autobús y saludo a la guía. Van al mismo sitio que yo así que me bastará seguirlos en la estación de salida y en la de llegada.

Veo una manifestación. Van en fila de dos o tres con algunas pancartas pequeñitas. Van por las aceras y cruzan las calles por los pasos elevados. Todo muy japonés. La comitiva la cierra un guardia con una especie de porra de plástico rojo como las de dirigir el tráfico en las obras.

Vigilando la manifestación

Creo que dije respecto a los políticos japoneses que veo en la tele que ninguno lleva melenita. Y es así, pero hoy enfrente de la estación he visto un aparca-autobuses, de esos que llevan una porra de plástico roja y les dicen donde deben colocarse, que parece que haya ido con una fotografía del Sr. Aznar y le haya dicho a su peluquero-estilista: quiero un corte de pelo así. Clavadito. Ahora que el porte no era igual. El aparca-autobuses era menos arrogante. Fácil, ¿no?

En el tren vuelvo a pensar en la traducción de las tablillas religiosas que no me supo hacer la empleada de turismo de Dogo Onsen. Y creo que el lenguaje religioso es muy complicado. Y difícil de entender hasta en el propio idioma. A ver: “Yo soy el que soy”, que le dijo nada menos que Dios a Moisés. Pues ahora díselo a un japonés. Y que te entienda. Pues claro que habrá una traducción canónica pero tú, empleada de la oficina de turismo, estás esperando a los viejecitos del Inserso que van en un viaje a tomar los baños al Onsen y todos preguntan lo mismo, donde comprar unos recuerdos para sus nietos, y entonces entra un piernas y te pide que le traduzcas “Yo soy el que soy”. O si quieres algo más moderno: “Y en el principio era el Verbo”. Pues te han jodido. O sea, que pobre chica. No volveré a hacerlo. Y si llevo una tablilla que diga “condenación eterna a los que llevan un Rolex”, ¡pues que se le va a hacer! Que creo que el Papa en mi ausencia ha dicho algo malo de los ricos. Algo diferente de lo que dicen siempre del ojo de la aguja. (Frase también graciosa para que se la expliques a un japonés). Ya imagino a los de la CEE organizando una “mani” por el barrio de Salamanca de Madrid. Vaya, que conseguirán que los ricos se hagan budistas.

Y mientras sigo en el tren con estos pensamientos el sol cambia a nublado.

Se mueven los del Inserso así que hay que bajar.

Hiwasa.

Aquí se visita el templo Yakuo. Es el número 23. Es un templo especializado en evitar –aquí sería más adecuado quizás decir “conjurar”- la mala suerte de los años aciagos. Además de los que están así clasificados, se considera que la edad “funesta” para los hombres son los 42 años y 33 para las mujeres. (Si tienes 42 ó 33 y consideras que esta edad es “desafortunada” espérate a hacerte mayor y veras lo que significa “aciago”).

La guía dice que la escalera que sube al templo está dividida; la parte de los hombres tiene 42 escalones y 33 para las mujeres. Al leerlo así he creído que en la misma subida habían hecho un lado con 44 y otro con 33 escalones. ¡Cosa notable!, me dije y que solo por verla merecía la pena la visita. Y venga a cavilar cómo lo habrán hecho pues tenían que partir del mismo lugar y llegar también al mismo sitio. Pues nada. Todos los tramos de escaleras eran iguales en ambos lados y eso que había varios y con una barandilla que separaba un lado del otro. Escribiendo estas notas por la noche en el hotel pienso que quizás habría dos tramos diferentes para hombres y mujeres pero por mucho que he mirado y buscado esta mañana subían todos por el mismo sitio. A mí esto de que haya algo divino que hace que los hombres vayan por un lado y las mujeres por otro me lo tomo muy en serio. Creo que ya dije que las cosas mágicas si son gratis e indoloras (mejor todavía si son insípidas, incoloras e inodoras) no me importa seguirlas y hoy pensaba que mira que si subes por donde no debes y te conviertes en mujer…Porque yo ya no estoy para muchos trotes y conversiones. En mi pueblo cuando era un chaval decían que si te comías una acerolla verde te convertías en chica. Ahora ya nadie sabe que son las acerollas (ni el Word que no me deja escribirla), en castellano acerola, y los que las conocen no creo que se las coman verdes. Ni maduras.

Vuelvo al templo. Cuando llego a la primera capilla los del Inserso del tren ya están bajando. Es que a ellos les estaba esperando un autobús en la estación cuando hemos llegado. Curiosa forma de viajar: combinan el tren y el autobús. Uno con el que había hablado un poco esta mañana quiere hacerme una foto con mi máquina. Ya me ha pasado otras veces en Japón. Debe ser que me ven desvalido y que nadie me hace fotos y les doy pena.

Otra cosa curiosa de este templo es que los peregrinos van echando monedas en cada escalón. La guía dice que si vas en “temporada alta” el suelo está a rebosar de monedas. Hoy había empezado a llover y además no había casi nadie pero sí que había bastantes monedas. Pero todas de un yen. Me imagino el cabreo de los de la Caja Rural de Hiwasa cuando vean a los del templo aparecer por la puerta con los sacos para hacer los ingresos. Digo los de la Caja Rural porque son más sufridos y no creo que los de los bancos se dejen. Eso sí, en cuanto se huelan los empleados que es día de recogida (la “llega”) habrá escaqueo general. Es que una cosa es ser un buen budista y otra que todas las semanas se te presente el ecónomo con varias docenas de miles de monedas, además pringosas y que todo el personal las ha pisado en las escaleras. Y hoy con barro.

Hiwasa Yakuo-ji
El templo tiene una construcción muy especial pues además de los edificios y capillas como en todos, aquí tiene en la parte superior un edificio cilíndrico rojo que parece un palomar grande. Allí he ido. Te descalzas y te dan unas chinelas. Bajo a un lugar que la empleada me ha dicho que es “dark”, y es que te encuentras en un pasillo circular subterráneo y sin luz y en medio está Buda. Y luego sigues en la oscuridad por el pasillo hasta la salida. Cuando haya muchos fieles debe ser muy divertido porque realmente no se ve nada. Finalmente hay una terraza desde donde se puede ver el puerto de Hiwasa. A la chica que está al mando de las chinelas le pregunto por lo de los escalones. Como no sabe inglés se lo dibujo. Y le digo que yo 42 y ella 33. No sé que se habrá entendido. Seguramente que los años que me quitaba yo se los ponía a ella.

Este viaje está resultando muy frustrante con las dudas y sus soluciones.

De vez en cuando llega un peregrino con su mochila y su camisa inmaculada.

Peregrino

Veo a uno que lleva hasta los pantalones blancos. Se dirige a una especie de tienda con una vitrina donde hay tres monjes. Les da una libreta, de las que vendían en el templo número 1, y le escriben algo con un pincel en una de las páginas. Imagino que será algo del tipo “el chico de la moto ha estado aquí”.

En las tiendas del número 1 también se vendían unos tacos de papelitos todos iguales con una figura que debía ser San Kobi y unas letras. También vendían una especie de morral, blanco por supuesto, que llevan los peregrinos. Esos morrales tienen unos departamentos de la medida de cada cartucho de papelitos. El peregrino lo saca y escribe cosas en el papel, He estado esperando para ver qué hacía con el papel pero era un lento y a mí se me hacía tarde para el tren. Además podía empezar a mosquearse porque estábamos él y yo solos (y los monjes calígrafos) y yo le estaba espiando descaradamente.

Ornikuji

En la puerta del recinto unas grandes cuerdas lo que es algo general a todos los templos. No sé su significado pero son como las de los cabos de amarrar el Titanic. De gordas.

Me voy a la estación dejando el último templo de los 88 que visitaré en este peregrinaje.