31. Tokúshima. Día 3, segunda parte, Kaifu.

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Esperando en la estación pienso en lo de los 88 templos y creo que podría ser una alternativa al Camino de Santiago.

Seguro que conoces a alguno que lo ha hecho varias veces. O al que lo ha hecho por todos los medios: andando, en bicicleta, a caballo, en moto, en coche…en todos menos de piscina en piscina como Burt Lancaster en “El nadador”. Pues ésta sería una buena alternativa.

Al primero que recuerdo que me habló del Camino, el de Santiago, no el de SanJosemaría, lo había hecho andando. Era una cosa tan rara que nos dio una especie de conferencia a los amigos. Nos explicó que se hacía en solitario y sin hablar con nadie durante la marcha excepto los saludos de rigor. Que llegabas al albergue y charlabas con los otros peregrinos pero que a la mañana siguiente cada uno se iba por su lado. Era por el recogimiento y para encontrarse con uno mismo. (Yo conozco gente que son tan cabrones que cuando se encuentran consigo mismos hacen como que no se han visto). Y tenía razón porque si vas siempre acompañado a los que encuentras es a los otros. Pues aquí en la ruta de los 88 el recogimiento y el no hablar están asegurados. Incluso cuando llegas por la noche al albergue, que en lenguaje peregrino se llama “shukubo”, con la o alargada.

En la estación de Hiwasa cojo el tren para mi próximo destino. Es uno de los que llaman “locales”. Hay una pareja mayor comiendo una bandeja. Pienso que como no hay pan, ni por tanto bocadillos, aunque comas en el tren no echas todas las migas por el suelo. ¡Con lo que me molestan a mí las migas!

El paisaje ha dejado de ser llano y tengo el mar por un lado y las montañas por otro con bosques muy densos de coníferas mezclados con masas de bambú.

La lluvia que era mansa en el templo de Hiwasa se hace bastante fuerte. Desde luego estos bosques tan cerrados no indican falta de humedad.

En el tren viaja un grupo de chicos como de instituto. Todos llevan el mismo uniforme aunque quizás haya siglas que los distinga. Al llegar a una estación se bajan todos y suben chicas también de uniforme. ¿Por qué?

Llego a mi destino.

Kaifu.

Está en la costa sureste de Shikoku y es el último pueblo con ferrocarril de JP, la línea nacional. Desde aquí sale una línea privada hacia el sur.

Este pueblo forma parte de un grupo que son muy importantes para los surfistas. La guía dice que la costa es espectacular y que hay playas espléndidas y personajes pintorescos. No he venido a ver surf, ni menos a practicarlo pero sí a ver esa costa y el pueblo que imagino con encanto y, como además está en la orilla del mar, con restaurantes de pescado. Y además a quince minutos de la estación hay un camino que va bordeando la costa y desde el que hay vistas impresionantes.

Como se bajan los estudiantes, pues allí se acaba el tren, les pregunto dando por supuesto de que alguno hablará inglés. Por si acaso les enseño la palabra que en japonés significa “pista para andar”. No solo no saben inglés sino que me dicen que coja el otro tren de una línea privada que va hacia el sur. Y encima la estación es de las que no tienen empleados. La guía dice que el camino está hacia el este de la estación y aunque el maravilloso reloj que me regalaron mis hijos lleva brújula no me he leído las instrucciones.

Salgo a la calle y llueve bastante. Ni un alma. Veo a lo lejos un taller y voy hacia allí. Preguntando llego hasta el puerto. Está diluviando y me da corte entrar en unas oficinas que veo porque se creerán que estoy majara si entro chorreando y pregunto por “la pista para andar”, así que me refugio en una marquesina. Para de llover y pregunto a uno que va en un coche. ¡Conoce el lugar y habla un poquito de inglés! Que vaya hasta un altarcito, luego a la derecha, luego a la izquierda y que llegaré a unos lavabos públicos. Allí están las escaleras. Me pregunta si sé leer kanji porque todas las indicaciones están así. Como es un obstinado saca un lapicero raro con una punta de tiza gorda y se pone a escribirlo en el suelo y con el agua se borra lo que escribe. Aunque no se borrase. Al final me lo escribe en un papel. Un tío superamable. Sigo sus instrucciones como puedo y llego a una playa con los servicios y con las escaleras que empiezan una senda que se mete en el bosque. Allí una señal que no había visto en mi vida. Tengo una amiga de Flickr (sí, en flickr también se hacen amigos) a la que le encanta este tipo de fotografías de señales y cosas industriales. Pues ésta es una de ésas: se ve un señor y una ola enorme que parece que se lo va a tragar.

Cuidado con las olas
Debajo una explicación en inglés y japonés: “Área de seguridad de evacuación”. Visto el dibujo algo así como “vía de escape para las olas”. Esta gente son muy precavidos pero cuando ponen eso es que las olas deben ser la leche.

Empiezo a subir por el monte. Es un buen camino y con una señalización en cada cruce.

Por si estás perdido

En japonés, claro. Sigo siempre al lado del mar que se oye debajo pero hay tanta vegetación que no permite ver el paisaje. Sigue lloviendo y cuando llevo unos cuatro o cinco kilómetros empieza a caer la niebla. Decido volver.

Llego a la estación hecho una sopa a pesar del paraguas y el chubasquero. Y sin comer pues no he encontrado ni un restaurante a pesar de haber preguntado a todos los que me he cruzado en mi camino. No muchos, es verdad.

Paseo por el monte Atago

Ha debido marcharse un tren hace poco pues no hay nadie en la estación y he tenido que esperar más de una hora. Y deja de llover. Me siento y empiezo la ceremonia de secarme. Con el tren regreso a Tokúshima.

Al llegar al hotel compruebo que llevo la mochila muy mojada. Afortunadamente, o mejor previsoramente, llevo todo el contenido en bolsas de plástico que me sirven no solo para el orden sino para casos como éste. Claro que en esta ocasión la mochila era de publicidad de Ron Cacique y no es muy impermeable.

Espero que mañana todo lo mojado de la mochila y las zapatillas estén secos aunque en estos momentos la lluvia ha llegado a Tokúshima y se la oye golpear en la ventana de la habitación.

Amistades de Flickr.

Es un sitio para poner fotografías donde lo normal es que hagas amigos pero también puedes hacerte enemigos. O casi. Yo puse unas fotos de mi último viaje a Turquía en el que unos jóvenes educados y vándalos estaban escribiendo en las paredes de unas tumbas maravillosas. Lo conté en este blog pues aunque no me entendieron les eché una bronca.

Pues al cabo de un año me escriben en una de las fotos un comentario largísimo en turco. Le digo al autor que lo siento pero que no lo entiendo. No sabía si era elogioso o insultante aunque hasta ese momento siempre habían sido elogiosos. Le explico también las condiciones en las que había tomado aquella foto. Me contesto diciéndome que lo sentía que es que creía que era yo el destructor del monumento. Por el tono de la disculpa debió ser bastante fuerte lo que me había escrito en turco en el comentario. Tanto que lo borró. Para compensar, en otra ocasión me pidieron una foto para una representación teatral de carácter religioso que hacían en una iglesia de una población alemana.

Y más historias.

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