29.Tokúshima. Día 2.

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El encabezamiento de hoy en lugar de Tokúshima debería decir Oboke que es adonde he ido.

Mientras estaba en la estación esperando el tren he observado los viajeros que llegaban de los trenes de cercanías, seguramente para trabajar aquí. Era difícil saber si traían los ojos medio cerrados por el sueño o porque son así.

Subo al tren y me percato de que no hay cristales rayados. Los que no cogéis el tren no sabéis de un nuevo vandalismo sobre todo en los vagones de los de cercanías de las grandes ciudades: rayan los vidrios de las ventanas. Y son carísimas. Es una de las mayores imbecilidades que conozco. Porque el que roba un melón se lo puede comer, regalárselo a otro que tiene más hambre o venderlo para comprarle una pantalla de plasma para la habitación del niño, pero el que destruye una ventana de un vagón de tren…Pues también los deportaría a Somalia. Que allí no hay trenes. Y si hay no tienen ventanas.

Los pueblos que atravesamos tienen casas de dos plantas con tejados a varias aguas, algunos con forma de pagoda y tejas negras. No se ven bloques de pisos. A veces hay huertas muy cuidadas. Esta isla es bastante montañosa y no se ven grandes extensiones y menos en el viaje de hoy.

Compruebo que el revisor saluda con una inclinación de cabeza cuando deja el vagón y tiene el personal mirándole de frente pero también cuando entra o sale por la otra puerta con los pasajeros de espaldas. También que no pasan trenes de mercancías.

La vía del tren va muchas veces al lado de la carretera. Me doy cuenta de que aquí como en las grandes ciudades que he visitado no hay coches viejos. Creo que cuando tienen cinco años los venden. ¿Y qué hacen con tanto coche seminuevo? Pues imagino que los venden a otro países asiáticos. Por ejemplo en Birmania comprobamos en julio pasado que había muchos. Prácticamente todos eran coches japoneses de segunda mano que además seguían con sus letreros escritos en esa lengua. Realmente fue Hiro quien nos hizo la observación. En Birmania además es doblemente notable porque se conduce por la derecha y los coches japoneses llevan el volante a la derecha.

Cambio de tren y todo es exacto. Creo que es el único país que puedes cambiar de tren con tan poco margen de tiempo.

Y llego a mi destino.

Oboque.

¿Por qué he venido aquí?

Esta comarca se llama el valle del Iya. Según la guía es una de las tres comarcas “recónditas” del Japón. ¿Cuáles serán las otras dos? Es como cuando en la India te dicen que estás en una de las siete ciudades sagradas. ¿Y las otras seis? O como cuando dicen que Juantroco (nombre supuesto y elegido para evitar relaciones indeseadas después de poner ese nombre en Google y comprobar que no hay ni una sola coincidencia) es uno de los tres mayores bastardos del país. ¿Y quienes son los otros dos?

Valle de Iya

Dicen que esta región se le conoce como “el Tibet del Japón” por sus casas colgadas en lo alto de las lomas y por su aislamiento. La historia cuenta que en el siglo IX un grupo de chamanes se refugió aquí huyendo de las persecuciones de Nara. Más tarde, en el siglo XII, fue el refugio de los guerreros heike que habían sido derrotados. Para los fanáticos de la historia japonesa: a los “heike” se les conoce también como pertenecientes al clan Taira o Heishi.

Así ha sido una zona aislada y de difícil acceso hasta hace poco tiempo. Es una región para gozar de la naturaleza y con actividades turísticas relacionadas con deportes de aventura. Y la guía decía que una de las formas de llegar hasta aquí era a través de la estación de ferrocarril de Oboque. Pero realmente este es un lugar para venir con coche propio.

Hay dos pueblos de nombres casi parecidos: Oboque y Koboke. El primero significa “Great Danger Walking” y el segundo “Little Danger Walking”, que a falta de mejores sugerencias se me ocurre que podrían significar algo así como “Peligro para los excursionistas”, “grande” o “pequeño” según el pueblo. Claro que visto el lugar debe ser el nombre de los siglos pasados, porque entre los descendientes de los hechiceros del siglo IX y los de los guerreros cabreados del XII debía ser un lugar poco recomendable pero ahora…

En el TOPIA de Tukúshima me dijeron que era mejor venir a Oboke. Le pregunto a la ferroviaria de la estación que qué puedo ver. Me da una fotocopia de un mapa pero sin una palabra en inglés.

Han construido una carretera colgada sobre la garganta del río con un arcén peatonal protegido para que puedas andar por allí sin peligro pues hay un tráfico bastante intenso. Pasan muchos camiones y me sorprende que los chóferes sean japoneses. Es que tienes la idea de que todos los habitantes de este país están trabajando en las factorías de Sony y Panasonic haciendo televisiones planas, o bien la idea antigua de un oficial del ejército japonés con esos gorritos pequeños y ridículos (¿hay algún gorro militar o eclesiástico que no sea ridículo?) y un sable en la mano. ¡Pues también hay conductores de camión! Y bastantes motos. Que hasta ahora no había visto apenas. Imagino que estarían en Kioto a la sombra de un cerezo en flor y le dirían al otro colega: “¿Nos hacemos Shikoku en una tarde?”. Pues hecho.

En la carretera hay un museo geológico donde también proporcionan información. Una jovencita con algo de inglés me señala en un mapa un posible recorrido pero me dice “danger” y “road”. Y es que tienes que ir andando por una carretera estrecha, sin arcén y sin línea central. Imagino que se referirá a eso. Pero en ésta circulan más despacio. Al final llego a donde me había marcado en el mapa: una estatua de un santo o un niño que se ríe.

Konaki-jiji.

Desde allí parten unos escalones hacia el bosque. Imagino que irán a algún sitio interesante porque sino no se entiende lo de las escaleras. Subo y cuando se acaban las escaleras empieza un sendero que se mete en le bosque. Lo sigo durante diez minutos pero el bosque es muy denso y me doy cuenta de que no sé decir “socorro” en japonés. Regreso y vuelvo a la carretera principal.

Son valles estrechos con bosques muy densos de árboles tipo cipreses mezclados con masas de bambú.

Paso por lo que podría ser una plantación de té en una ladera muy empinada, pero que como estamos en Japón tiene un artilugio mecánico para subir y bajar los materiales. En un lado de la carretera hay una tumba. Deben enterrar sólo las cenizas (o bien los entierran de pie) o bien es solamente un monumento funerario. Estos días -no sé el resto del año- en los cementerios tienen todos los monumentos con ramas con hojas verdes.

Monumento funerario

Sigo por la carretera principal y voy a un restaurante que me han indicado los del museo. Es el único sitio para comer. Está lleno de autocares y esta vez sí con abuelos del Inserso. Y es que además de restaurante y aparcamiento hay un bonito mirador sobre la garganta del río y en él unas grandes barcas que dan paseos que deben ser como “descensos de cañones para la tercera edad”. Me tomo un gran bol de sopa de fideos sentado al sol.

Creo que es el lugar más remoto que voy a estar en Japón y quiero enviar unas postales así que vuelvo al museo a preguntar por la oficina de correos. Pues hay una cerca. Aprovecho para preguntar por el nombre del santo al que me han enviado esta mañana. Se llama Konaki-jiji. Como “ji” significa templo o lugar sagrado deduzco que “jiji” será como obispo o arzobispo. Error: es un monstruo. Tendré que investigarlo. Le pregunto que adonde va el camino de las escaleras por donde me he metido esta mañana. No tenía ni idea.

Voy a correos a echar la postal. Me atiende un empleado pero se acerca una joven guapísima y me dice el precio del sello en un inglés perfecto y desaparece. Debe ser el hada del cuento de Oboque con Konaki-jiji.

Vuelvo a pasear por el arcén de la carretera. Ahora el río es esmeralda. Si no fuese por la circulación de vehículos sería una maravilla.

Regreso a la estación donde un grupo de jubilados con una guía al frente van también a Tokúshima. Y yo con ellos.

En el hotel hablo con uno que tiene el aspecto de ser el jefe de la recepción. Le alabo las bolsas de té que proporciona el hotel y me regala un puñado. Como compensación le regalo los alfajores que me quedan. En el hotel hay un maniquí vestido con las prendas del peregrino de Shikoku. Le pregunto al jefe como logran mantener las camisas blancas inmaculadas durante 40 ó 50 días. No lo sabe. Me iré sin enterarme.

Mañana quiero ir por la costa hacia el sur pero he visto en la tele la predicción meteorológica y anuncia lluvias. Menos mal que hoy el día ha sido maravilloso.

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Una respuesta to “29.Tokúshima. Día 2.”

  1. Luigi Says:

    Coincido contigo en lo ridículo de los gorr@s eclesiástico/militares/policiales a nivel mundial!

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