6. Tokio. Día 1, primera parte.

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Llegada.

Símbolo de la aduana japonesaAntes de aterrizar en esta ciudad te dan un formulario de aduanas para que lo rellenes. Te advierten de todas las cosas que no puedes entrar en el país y además de todo lo habitual y que tú ya entiendes que está prohibido, también te dicen que nada de carne incluidas salchichas, ni vegetales ni arroz. Lo de llevar arroz a Japón debe ser como llevar agua del Ebro cuando vas a Tortosa. Pienso en alguien que me explicaba que siempre que viaja a un país que no tiene muy claro que va a comer se lleva bastantes bolsas de jamón serrano envasadas al vacío. Pues le pasaría como al del whisky de Londres. Una vez en Argelia entramos con una panceta. El aduanero la encontró pero creo que le dio asco tocarla. Del calor y sequedad del desierto se quedó como la cecina. Pero eran otros tiempos. Además mi guía advierte que los de aduanas japoneses, o al menos los de este aeropuerto, son los más estrictos de toda Asia. Y que los mochileros que llegan desde países como Filipinas o Tailandia tienen que esperar a que les hagan muchas preguntas e incluso alguna búsqueda a fondo en su equipaje. Yo llevo mochila, pero no tengo aspecto de mochilero; soy un señor mayor y llego desde Londres. Nada que temer. Y sobre todo que no llevo nada excepto turrón de Alicante. Paso la inmigración y me dan un visado de 90 días. Además tienen el detalle de no emplear una página solo para él, pues empiezo a tener problemas de ocupación, sino que utilizan un hueco entre los visados de Turquía. Te registran las huellas de los dos dedos índices y te fotografían. Todo muy completo y muy rápido. ¡Viva la eficacia nipona! Recojo el equipaje y me dirijo a la salida donde estará esperándome mi amigo Hiro. Se pasa antes por la aduana pero de uno en uno y con el pasaporte en la mano. Hay varias filas y están unos 10 segundos con cada viajero. Abren una nueva fila y nos hacen ir allí a un grupo de la mía. Soy el segundo. El primero está 10 segundos. Llego yo con mis dos mochilas y empieza un interrogatorio como si fuese un control de los de inmigración y yo quisiese quedarme a trabajar allí en la economía sumergida: que a qué voy, que cuántos días, que en qué trabajo (menos mal que le he dicho “retirado” que si le digo la verdad oficial que es “desempleado” no sé que me hubiese hecho).Como veo que el interrogatorio se pone duro, cuando me pregunta si tengo algún conocido en el país le digo que no. Y no sé si por mi aspecto, si era porque había leído en el pasaporte los visados de los países que he visitado, o porque tocaba, me empieza con el capítulo de las drogas y las armas. Que no, que no llevo nada. Al final se va a un armario y saca unas hojas. Me entrega una. Está escrita en castellano y en ella dice que no llevo armas, ni marihuana, ni opio, ni…vaya que no llevo ninguna sustancia prohibida. Que lo lea y que le confirme que lo he entendido y que estoy limpio. Que sí, que lo he entendido y que no, pesado, que no llevo nada. Así si te cogen con el alijo no puedes hacerte el tonto y alegar que no lo habías entendido y que la marihuana eran palitos de sándalo para hacer una ofrenda en un templo y el revolver era para un regalo pero que no ibas a liquidar a alguien. Pues después de la lectura que abra la mochila. Y me husmea en el equipaje. “¿Y esto?”. “Ropa”. “¿Y esto?”. “Jabón”. (Habrá pensado que era muy limpio pues era un tajo de lavar la ropa). “¿Y esto?”. “Turrón”. (¿Y si la he cagado y no se puede entrar turrón en Japón?). Y las pastillas para la tos y algo más. Al final me ha cacheado a mí a fondo. ¡Con las ganas que me tenía aquel pájaro no sé que hubiese pasado si llevo medio kilo de pernil en finas lonchas escondido entre la ropa!

Cuando se ha cansado de no encontrar lo que pensaba que debía llevar me ha dejado pasar. Le he preguntado que por qué me había interrogado y cacheado; si era por mi aspecto o por qué, pero no me ha entendido o no ha querido responderme.

Una vez en un viaje de trabajo a Londres llegué con la cara muy quemada después de un fin de semana de montaña. Debió ser ese aspecto el que encendió la alarma del aduanero. Me miró a fondo el equipaje y me hizo vaciar el contenido de mis bolsillos. Al final dedujo que lo peligroso que portaba era un talón de un banco y un décimo de la ONCE. Le expliqué por qué llevaba el talón pero fui incapaz de explicar lo de la ONCE. Yo le decía “blind lottery”. Y él me preguntaba “¿blind lottery?”. Así varias veces. Pero al final me dejó ir.

Ya estoy en Tokio, (¡libre!), y fuera me espera mi amigo Hiro. Grandes alegrías pero no grandes abrazos. Ya sabéis que los orientales son muy comedidos. Si en aquel momento sale el aduanero y nos ve nos encierra a los dos y nos dan una purga para encontrar la droga.

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4 comentarios to “6. Tokio. Día 1, primera parte.”

  1. yolanda Says:

    Angel, de nuevo nos sorprendes y deleitas con tus cronicas… te tengo que contar el truco para pasar la aduana de Argelia casi sin abrir la maleta… y con embutido y vino incluidos.

  2. Angel del Japón Says:

    Yolanda, mientras no se estabilice la situación no sé si volveré a Tamanrasset. Pero agradezco cualquier consejo.
    Gracias.

  3. Luigi Says:

    lo de “señor mayor” lo dices por los que no te conocen no? porque tienes un espiritu juvenil que muchos quisieran…

    y lo del pernil, ¿te suena de algo jl?

  4. AL Says:

    Yolanda ya me ha explicado el truco, que no voy a revelar, pero que yo lamentablemente no puedo utilizar.

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