44. De Delhi a Madrid.

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Miedo.

¿Quién ha dicho miedo?

Ni los terroristas de todos los estados del noreste, ni las “bandh” de Asam, ni el ciclón bangladesí, donde he pasado miedo de verdad ha sido en el taxi que me ha llevado de Delhi al aeropuerto, donde estoy escribiendo este borrador.

De tanto agarrarme con el brazo derecho, que es el que no me dolía antes de este viaje, y de “frenar” con las piernas he llegado al aeropuerto con una contractura en el brazo, en mis dos piernas y, porqué no decirlo, también en el culo.

Cerca ya del aeropuerto en una autopista de cuatro vías, se ve una moto en el suelo, luego un casco y luego un hombre tirado en los carriles centrales y en una posición que piensas que se ha roto. Y por supuesto nadie para, todos lo esquivan, pero con el tráfico que hay y que es de noche, imagino que alguno acabará arrollándolo.

El aeropuerto de Delhi sigue teniendo la limitación de que no puedes entrar antes de tres horas de tu vuelo. Y como el mío sale a las tres y media de la noche tampoco puedo hacer nada en Delhi, así que me voy a las nueve y media. Para solucionar esa restricción han hecho una gran sala de espera donde tienes que pagar 30 rupias para entrar. Y no sé si por esas 30 rupias o por algún otro motivo hay muchos indios durmiendo en el suelo alrededor de la sala. O sea como en los andenes de las estaciones.

Y cuando llegan las tres horas antes de tu vuelo te diriges gozoso a tu embarque.

Es tal el caos, la falta de normas en las colas y la cantidad de gente que nos vamos a esas horas que, con los controles de seguridad por medio, he llegado a mi sala de embarque con 20 minutos de tiempo solamente: joven que esperas hasta el último momento, en Delhi perderás el vuelo.

En la sala de embarque he conocido a una jovencita española que regresaba a Barcelona. Me he dado cuenta de que llevaba casi un mes sin hablar con nadie en castellano. Es su primer viaje a la India pero ha estado en las islas de Andamán.

El avión se retrasa bastante y pienso que eso me obligará a correr en Londres para coger el vuelo a Madrid.

Como he hecho la reserva de asiento por internet tengo uno magnífico, pero lo que no te permite el sistema, por ahora, es elegir el que te va a tocar al lado. A mí una pareja de más de 70 años sijs. El se sienta a mi lado. Es un señor pequeñito con forma de barril, pero de barril de gelatina, porque al sentarse se expande hacia los lados, por lo menos hacia el mío. Cubre todo el reposabrazos donde están todos los controles de mi asiento. Cada vez que tengo que encender la luz o tocar algo del sonido le tengo que levantar el brazo para acceder al interruptor. Como si fuese un peluche. Y al comienzo también he tenido una pequeña escaramuza con su pierna izquierda que invadía mi territorio. Además el pobre hombre tiene una movilidad complicada y ni se me ocurre que tenga que hacerle levantar para ir al lavabo. Así que estoy al acecho y lo hago cuando lo hace él.

Me tomo con la cenilla, que es mas bien una merienda, una botellita de vino de esas enanas de los aviones. Me he dado cuenta que para el tema bebida es mejor que te toque un azafato que una chica. Parece como si ellos estuviesen más en tu honda. No es que las de este vuelo, que eran chicas, me hayan dicho o hecho algo, pero tengo ese sentimiento.

Estoy escribiendo el borrador en el avión y en este momento estamos cruzando Afganistán y yo me estoy tomando un whisky. ¿Qué os parece?

Y tras un largo sueño y un desayuno hemos llegado a Londres.

Salimos con retraso y hemos llegado con él. Y por tanto con el temor de que pueda tener problemas en mi conexión con el otro vuelo. Corro, corro y además no hay apenas colas en los controles de seguridad y llego a tiempo. De sobra porque el avión a Madrid también se retrasa un poco.

Esta sala de espera para el embarque ya no tiene nada que ver con el ambiente delhiniano. Mucho “ejecutivo”, un par de “barbies” y un par de parejas con niños. El estar en un recinto sin indios me sorprende un poco. Y también el que no haya ancianos. Echo una ojeada al personal y creo que soy el segundo más viejo. Tampoco hay esos alegres grupos de sesentones españoles que ahora te los encuentras en todos los aeropuertos .Quizás es que Londres y en diciembre no sea una buena época. Desde luego al sobrevolarlo no tenía nada que ver con mi viaje de ida, que fue en un día soleado y Londres estaba precioso desde el aire. Hoy es un día gris y con poca visibilidad e imagino que esos grupos de los que hablo estarán en latitudes más benignas.

El vuelo de Londres a Madrid es de los que dan gusto. Hemos salido con algo de retraso pero el avión va medio vacío. Aunque en la India es hora de comer aquí es tarde para el desayuno y pronto para la comida así que nos ofrecen un bocata que me como muy a gusto aunque la mayoría de los “ejecutivos” lo rechaza. Quizás no tengan apetito o sea poco digno de su condición.

Todo el viaje nublado hasta que llegamos a España en que empieza a haber claros que permiten ver un trozo de costa por donde entramos.

En el avión leo “The Times” y veo que las situaciones extrañas no solo ocurren en la India: un donante de esperma inglés, bueno el donante era inglés y el esperma también, ha sido obligado a pagar el mantenimiento del hijo concebido gracias a él, después de que la pareja de lesbianas a las que donó –imagino que solo a una- rompiesen la relación. Los que donan (o donáis) esperma por medio de clínicas que tratan la fertilidad no son los padres legales del niño, pero las otras vías como acuerdos a través de internet -¡mira que la gente es osada!- son responsables de lo que hacen. La sentencia dice que los padres biológicos sois los responsables financieros a no ser que el niño haya sido adoptado. O sea que sé donante anónimo o atente a las consecuencias.

En este caso del periódico el donante está desesperado.

Y llegamos a Madrid y allí está esperándome mi fiel hijo.

Como decía Javier Rioyo, creo que citando a otro: “Como fuera de casa no se está en ningún sitio”.

No, es broma. (Aquí la coma es imprescindible).

Mañana el último artículo.