40. De Shillong a Guwahati.

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Ya se ha acabado el verdadero viaje. Ahora solo queda el largo regreso y los días locos de Delhi.

Ayer fui a la estación de autobuses de la Meghalaya Transport Corporation (MPT), pues cada estado tiene su propia compañía. En España sería divertido, sobre todo cuando algún político dice lo de ir contra Madrid por lo de las olimpiadas y otro contesta que no hay que beber cava catalán. Espero ansioso que salga alguno contra la locura de los Monegros. Aunque quizás como no solo “Teruel no existe”, sino que también “Aragón no existe”, no hay nadie al que le importe ese territorio. Y menos a los que viven en él.

Pues en la MTP me dijeron que hay un autobús cada hora, que es mediano y que solo se puede sacar el billete anticipado una hora antes como máximo. Ganas de facilitar las cosas.

Intento desayunar tortilla pero en Shillong no debe ser costumbre porque no la encuentro por ningún sitio, así que me paso al desayuno indio: “puri sabjee”. O sea, dos puris, esos panes planos fritos, en un plato de acero inoxidable con un vegetal en salsa. Y un té. Enfrente se me sienta uno y se santigua. Reza algo y se vuelve a santiguar. Pide un platillo de una especie de sémola dulce. Yo pido otro como el del cristiano.

Restos del incendio.La calle está muy tranquila a esta horas pues la gente no madruga. Paso por delante del edificio incendiado. Hay varios policías con chalecos antibalas en la calle delante de él. Pregunto en el hotel y me dicen que es para evitar que la gente entre dentro. No sé si es que son unos chafarderos y quieren ver qué es lo que hay o es que temen que entren para llevarse algo. Y lo que queda es un solar calcinado. Lo que no entiendo es que hacen con los chalecos antibalas y los enormes fusiles ametralladores. Deberían llevar material antidisturbios y no esa dotación. Debe ser para impresionar al personal porque si un grupo intenta entrar no sé como se lo impedirán si no es matando a los que lo intenten. Vaya, matando a los que lo intenten y a los que están cien metros a la redonda por la calle porque con esas armas liquidan a todos.

Casa colonial en Shillong.Me doy una vuelta y veo varias casas de la época colonial. Son una monada. Lástima que el resto de los edificios sean tirando a feos. Veo a una pareja del brazo. La primera en este viaje. Por su aspecto deben ser de alguna minoría étnica.

Como debo ser el primer pasajero que ha sacado el billete me dan el asiento detrás del conductor. Pensaba que estaría todo el viaje angustiado viendo las imprudencias del chófer pero éste, que es un señor mayor, ha sido el más prudente de todo mi viaje. Es la primera vez que veo que un vehículo empieza un adelantamiento y al ver que viene otro de frente aborta la maniobra. Lo normal es que sigan adelante obligando a los otros vehículos a parar.

Además de todos esos peligros los conductores indios paran en la carretera donde ellos creen que deben parar, que a veces es un arcén, pero que normalmente es en medio de su carril o del contrario, haya curva o no. O cambio de rasante.

Paramos a comer en una especie de estación de autobuses, pero sin autobuses ni pueblo. Ni donde comer. Al menos yo no lo veo. Todo bastante limpio excepto los servicios que están asquerosos. En la puerta hay un chaval para que pagues. No este cristiano por un sitio tan sucio. Hay una serie de puestecillos que venden fruta: un plato de dos rodajas de papaya, 5 rupias. Te las sirven en un trozo de papel de periódico. Pienso en las veces que sirven las cosas así y en que quizás sea muy higiénico pues en las pelis cuando hay una que va a dar a luz fuera del hospital, el héroe siempre busca un periódico para envolver al recién nacido. Y unos cordones de zapatos para atarle el cordón umbilical. Que no sé como lo hacen porque sólo esos personajes y yo llevamos zapatos de cordones. Que cuando voy por la calle o en los transportes públicos siempre me fijo y no he encontrado a nadie más, pero si algún día me lo encuentro sabré que es el protagonista de un film con parto en la calle. Yo por si acaso me los piden para una situación tan especial me los lavo con frecuencia y si empiezan a deteriorarse me pongo unos nuevos.

La papaya está muy buena.

Todo el terreno es una serie de bosques con algún pueblecito al lado de la carretera y alguna cabaña aislada en medio de la espesura.

El viaje dura cuatro horas y el bus no está demasiado mal. Así llegamos a Guwahati. La entrada ya es un adelanto del caos que te vas a encontrar. Embotellamientos, bocinazos, gente por todos lados,…Pero ya estoy en la estación de autobuses de la ASTC (Assam State Transport Corporation). Esta vez decido ir al hotel que me recomendaron en el hotel del turismo oficial cuando llegué y que estaba lleno. Es un hotel grande y con una recepción de hotel de verdad. “¿Tiene habitación individual?” Pues sí que tienen y el precio es bueno. “¿Me la enseñan?” Siempre pido ver la habitación antes de contratarla. Pues no entienden para qué quiero verla. Insisto y la veo. Me dejo la mochila pequeña allí y bajo a recepción a hacer la inscripción y a coger la mochila grande. No admiten extranjeros. Me quedé de piedra. O sea que me lo recomiendan en el turismo, hablo con ellos, y no poco, sobre el precio y la habitación, me la enseñan y al final no puedo quedarme. No entendí por qué, pero me cabreó bastante. De nuevo volvía a tener problemas en Guwahati. Por un momento me preocupé porque como estos días había tantos problemas en Asam, con huelgas, manifestaciones y toque de queda en algunos sitios, temí que a los extranjeros solo les dejasen estar en algún hotel controlado por la policía. Pues no. Después de otro intento fallido en otro por estar completo, volví al hotel de la primera vez. No me gusta nada pero es solo una noche.

En la calle hay más policía que la otra vez, sobre todo están más armados, pero ni rastro de problemas. Claramente ha sido en otras partes de este distrito.

Vuelvo a cenar al restaurante del primer día. Luego a internet y acabo tomándome un dulce y un té. Aquí encuentro al primer hombre justo de la ciudad: me dice que cuesta 13, entiendo 30 y eso le pago. Que no, que son 13, insiste y me da el cambio correcto.

De regreso al hotel paso (porque tengo que pasar, no doy una vuelta adrede) por delante del restaurante del ladrón, que está sentado en la puerta. Espero que me haya visto y que le hayan entrado ganas de clavarme una cuchara en el omóplato. Que no vi tenedores en ese restaurante.

Así que Guwahati está sin toque de queda pero sigue siendo el mismo infierno de siempre.

Las flechas.

En todo el centro de Shillong hay unos puestecitos con unas tablas con números escritos. Parecía como algo de apuestas. Pregunté en el hotel y me lo confirmaron. Es sobre un juego que se llama “siat khnam”. Parece que tiran flechas a una diana. Cuentan las que han acertado y ganan los que han apostado a los dos últimos dígitos del total de las flechas que dan en el blanco. Pues me he perdido eso.

Quizás los del arco que vi ayer en el autobús iban o venían de algún pueblo donde también juegan a eso.

Se puede buscar un método más estúpido de apostar pero hay que buscar mucho.

Otra piedra rosetta.

He puesto una foto hace unos días para que vosotros, fértiles investigadores, descubráis los secretos del lenguaje khasi.
Esta de aquí abajo todavía es mejor porque además del khasi, que imagino que es el de la primera línea, y del inglés, que está a continuación, también está escrito en hindi o quizás en bengalí. De nada.

Piedra rosetta en Shillong.

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