Udaipur.
Es el centro regional del sur de Tripura. Fue la capital de este reino hasta que se trasladó a Agártala. La ciudad tiene templos antiguos y algunos estanques artificiales.
Voy a visitar el templo de Jagannath que recomienda la guía. Está rodeado de una valla y en obras pero ya que estoy allí entro. Siempre habrá tiempo para que me digan que no. Solo veo a un albañil que anda por allí y hablo con él. Bueno, hablar, hablar, nada. Es un mazacote de ladrillos en mal estado. La guía decía que recordaba a los templos de Angkor, pero quizás sea solo por algunas plantas que lo están invadiendo. No merecía la pena el desvío. Quizás hay otros templos o cosas interesantes en esta ciudad pero si me demoro no sé como irá la vuelta a Agártala así que cojo un ciclorickshaw y me voy a la estación de autobuses que me indicó el perito agrícola. Pienso entonces que Serrat también lo es. (No digo si Juan Manuel, Joan Manuel o Joan Manel, que luego alguno hace comentarios malintencionados al respecto. Y como soy medio catalán me duelen).
Llego a la típica estación llena de autobusillos y “sumos”. Encuentro el que tengo que coger. Me preguntan de donde soy: “Spain”. Nada, ni idea. “Madrid”. Tampoco ni idea y eso que tengo a mi alrededor a una docena entre conductores, cobradores, viajeros y desocupados. Al final digo como último cartucho “Realmadrid”. Tampoco. Pero me arrepentiré toda mi vida de haber llegado a ese extremo tan bajo. Para descender en la escala patriótica solo me faltaba haber imitado a un torero, que, aunque parezca mentira, lo conoce mucha gente. Pero como algo horrible. Y encima igual se creían que el torero era yo. Y a mí como a los hindúes también me parece algo horrible.
Sigo con el grupo a mi alrededor y pregunto cuanto cuesta el billete y me empiezan a vacilar. Saco un papel donde tengo escrito el trayecto y el precio. Lo que les impresionó que lo supiese. Se lo dicen unos a otros y a partir de ese momento ya me tomaron en serio.
Tengo que ir desde Udaipur a Melagarh y desde allí a Neermahal.
Neermahal.
Un par de jóvenes del coche también van a Neermahal. Y me dicen que vaya con ellos. Saben 3 ó 4 palabras de inglés pero son muy amables.
Gracias a ellos nos paran en el cruce desde donde sale el camino para ir al lago. Además me dicen que se puede ir andando, que sólo está kilómetro y medio.
El camino, como todos estos ambientes rurales es muy bonito y con casas bastante cuidadas. Vuelvo a encontrarme la pobreza que representa para mí un grupo de mujeres machacando ladrillos macizos. Pienso en que con la fuerza que tienen que darle y que no paran, seguro que se pillan los dedos alguna vez pues trabajan sin ningún tipo de protección. Yo me quedaría sin dedos, solo los muñones.
Llegamos al lago Rudrasagar. Visto que el estanque de Matabari se llama Kalyan Sagar, imagino que en tripuriano “sagar” debe significar estanque o lago y decir el “estanque de Rudrasagar” es como lo del “desierto del Sáhara”.
Llegas al lago y allí en medio te encuentras la maravilla de Neermahal: el palacio de agua. Lo llamó así Rabindranath Tagore y es el icono del estado. Como el rinoceronte para Asam. Fue construído por el marajá Bir Bikran Kishoce Manikya Bahaduir. Se comenzó la construcción en 1930 y se acabó en 1938. Está situado unos 50 kilómetros de la capital y fue utilizado como lugar de recreo de verano. Tiene, o tenía, 24 habitaciones en total. Aparte de ser el único palacio acuático de la región representa el lujo real y la arquitectura antigua de los tiempos pasados. O sea, que si fueses marajá al verlo dirías lo de “¡qué tiempos aquellos!”.
Al palacio se puede llegar en barco de motor o de remos, pero, como siempre, hay que esperar a que venga más gente o pagar el pasaje completo. Afortunadamente éste es un lugar muy visitado y enseguida somos los suficientes para pagar el billete oficial.
Al revés del templo de Guwahati en el Bramaputra aquí sería más interesante una vuelta por el lago que la visita del palacio mismo. Lo están pintando y arreglando un poco pero está vacío. Lo más sorprendente ha sido la habitación de los generadores de los que quedan solo los anclajes en el suelo. Y es que los palacios los relacionas con siglos pasados y éste es de hace nada y al marajá le debía gustar tener electricidad.
La segunda sorpresa es que uno de mis dos acompañantes resultó ser un fotógrafo en potencia pues le pedí que me fotografiase una vez para tener un recuerdo y cada vez que le gustaba algo me hacía poner para sacarme otra foto.
Al entrar en el palacio hay que pagar una entrada minúscula y, cosa rara, pago igual que los indios. Son solo tres rupias. Pero a diferencia de los indios a ellos les devuelve le cambio pero a mí me da una rupia y me escribe “1” en el billete, como una deuda. A la salida se la reclamo. No tiene. Busco y rebusco hasta que consigo el precio exacto. Esta pequeña picaresca de los cambios mira que me molesta. Además solo me lo hacen a mí. En los autobuses me tengo que quedar con la mano extendida cuando les doy el dinero dando a entender que espero el cambio porque siempre juegan al despiste.
Regresamos a tierra y los chicos dicen que vuelva con ellos. Decido quedarme un rato en el embarcadero. Es un lugar precioso con el palacio al fondo. Y además no hay nadie excepto un vendedor de cocos y otro de pepinos. Lo de los pepinos es algo habitual y además muy interesante pues añades algo de vegetal crudo a la dieta sin peligro sanitario si te lo pelan en el momento, que si no hay mucha clientela es lo habitual. El peligro es que cuando venden en mucha cantidad, por ejemplo en las paradas de los autobuses en las carreteras o pueblos pequeños, ya los tienen pelados para poder servirlos rápidamente y para que tengan buen aspecto les van echando agua de una botella que no es precisamente Vichy Catalán. El pepino pelado te lo sirven en cuatro trozos cortados siguiendo un eje cefalo caudal en cortes sagitales. O sea, como un melón (a no ser que seas de los atravesados que corten los melones según planos transversales). Le echan algunas especias por encima y, lo dicho, es refrescante, vitamínico y con pocas calorías. Pero yo me tomé un coco. O mejor el líquido que contiene. Y cuando lo acabas te lo cortan por la mitad y con un trozo de su corteza te hacen una especie de cuchara para que te puedas comer la poca carne que tiene pero que es deliciosa. Les hice unas fotos al coconero y al pepinero. Es curioso que en mi pueblo había gente con ambos motes, pero desconozco el origen.
Un rato de escritura. Y allí me habría quedado hasta que las hordas de mosquitos acudiesen al atardecer a buscar su ración diaria de sangre, pero como no sabía cuando era el último transporte para volver y estaba un poco lejos de la carretera decidí no apurar la cosa.
Al regresar hay arroz extendido por el suelo de la carreterilla para que se seque. Aprovechan el calor del suelo y no les importa, o lo buscan, que los vehículos pasen por encima.
Al llegar a Melagarh cojo un “sumo” para regresar a Agártala. Allí me entero que sentarse detrás es más barato pero que depende de la ocupación no siempre es más incómodo. Cuando yo subo toda la parte delantera ya está ocupada. En la fila de en medio, esa que con tres ya vas un poco apretado, van cinco tíos. ¿Cómo lo hacen? Pues los dos de los extremos y el del medio van sentados casi normal, con la espalda apoyada en el respaldo y entre ellos están los otros dos incrustados pero sin apoyarse en el respaldo. Un buen método. Además así no hacen falta air-bags. Detrás en los dos bancos corridos se van subiendo y bajando pasajeros y vamos más anchos. Se sube una chica guapísima. Luego otra también muy guapa. Y es que en Tripura son guapas. Los tíos, como en todas partes, no.
Hablando con la gente he descubierto que hay tres tipos de identificación en los habitantes de Tripura: los que se reconocen como bengalíes, los que se reconocen como tripurianos y los que dicen ser tripurianos pero que su familia vino de Bengala hace tantas generaciones.
Y llegamos a Agártala. Internet, cena y a dormir.
Hoteles.
Como no me gustaba mucho mi hotel, he dado una batida por el entorno y todos son igual. Así que al contrario de Silchar aquí los hoteles tienen una mala relación precio-calidad
11/01/2008 a las 12:49
Las fotos son muy significativas…
Ah, y me parece muy bien que reclames lo que es tuyo. A mi esos detalles tan «miserables» y encima tan selectivos no me gustan nada.