Bagán día 1.

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Paseo por Bagán.La guía anunciaba “desayuno excelente” y aunque me parece un poco exagerado el calificativo, no estaba nada mal. Sigue sin llover y el calor no es excesivo. Hoy hemos decidido ver un grupo de templos. ¿Cuáles? Pues los que nos ha marcado en un mapa la señorita Cho. Y vamos a ir en un coche de caballos. Veremos unos cuantos por la mañana, volveremos a comer y a descansar al mediodía y otro grupo por la tarde, acabando en uno de ellos para ver la puesta de sol.
Lo bueno de ir a caballo, aunque sea en algo tan poco heroico como un carro, es que puedes ver el paisaje con tranquilidad y además pensar.
Bueno, todo eso es más bien por ir en un carro porque si yo fuese a caballo no tendría tiempo de ver el paisaje ni menos de pensar en nada que no fuese no caerme del jumento. Solo he montado un par de veces a caballo, fue en la sierra segoviana y lo hice en un caballo que tenía mi amigo Felipe, medio asilvestrado y además sin silla. Fue divertido pero tenía que prestarle mucha atención y al final del recorrido me dolía el cuerpo en lugares que no sospechaba que pudiesen doler. Y encima olía a caballo que espantaba. Mejor en carro.

Joven orando.Nos hemos cruzado con señoras y señoritas con la cara de amarillo por la aplicación de tanaka y he leído que algunas se cubren el cuerpo con esa crema para irse a dormir. Y tú te acuestas tan feliz al lado de la birmana de tu vida y por la mañana te despiertas al lado de una señora desconocida al que le ha dado un ataque de ictericia y parece una marciana de la Guerra de las Galaxias. Mucho mejor las españolas.

También he recordado algo que leí de Andreu Buenafuente. Puede parecer una excentricidad pero no lo veo en la televisión sino que lo leo y lo oigo por la radio. Y lo que leí me hizo apreciarle más de lo que le apreciaba. Y era sobre un sentimiento como el mío con respecto a los controles de los aeropuertos, que como imagino que es un hombre muy ocupado no puede ir a las exposiciones de Caja Madrid, que si no seguro que también lo hubiese aplicado a esos controles.

Decía que no entendía que un líquido muy peligroso deje de serlo por llevarlo en una bolsa de plástico. Se acerca Bin Laden y le pregunta el de seguridad que qué lleva: “Ácido sulfúrico” (aquí Andreu demuestra también que sus estudios de ciencias no fueron muy lejos). Y le dicen que no lo puede pasar. “¿Y si lo meto en una bolsita de plástico?”. ”Pues entonces puede pasarlo señor Laden”. ¿Por qué no harán a Andreu Buenafuente comisario mundial de seguridad?

Y con el conductor, el caballo y el carro nos vamos a visitar unas fantásticas pagodas de nombres imposibles de recordar.

La primera fue la de Izagawna. Después la de Kyat Kan Kyaung, un monasterio con una gran cantidad de pasillos subterráneos de uso desconocido. Sólo había un viejo monje que dedujimos era el jefe por una fotografía que había en la pared. Parecía un poco ido pero quizás era el efecto de la beatitud. No había nadie más excepto tres niños pequeños. No creo que fuesen suyos porque el fin de esos monjes budistas es alcanzar el nirvana (“nibana” en birmano) y con tres pequeños que algún día se harían adolescentes es imposible alcanzarlo. Además ahora la adolescencia se prolonga hasta los 35 años o más. De este monasterio se cuenta la historia de que no hace mucho un monje se murió mientras meditaba y así estuvo un montón de días porque se creían que seguía meditando. La tercera visita fue a Nandamanya Patho, que está al lado y tiene pinturas importantes. Luego Payathonzu con pinturas murales del siglo XIII bastante estropeadas. Después fuimos a Tayok Pye Paya con magníficas vistas.

De regreso al hotel le pregunto al carrero si es el dueño. No, sólo es el conductor. Que un carro con caballo es muy caro: 1500 dólares.

Comemos en un restaurante del que la guía dice que es uno de los cinco mejores del país según encuesta con los lectores de esta guía. En Rangún ya comimos en otro de esa lista. Este es un restaurante indio. El dueño me dice que sus padres eran de Benarés. Lo dice así Benarés y no Varanasi. Y que su padre era militar con los británicos. Los indios que se quedaron tuvieron grandes problemas en 1966 y muchos tuvieron que irse casi solo con lo puesto. (Todo eso no me lo ha contado él, por si me lee algún censor birmano). Fue algo parecido a lo de Idi Amin Dada en Uganda. La comida ha sido exquisita. Es verdaderamente india pero pasada por el tamiz del sudeste asiático. Me dice que sólo trabaja cinco meses al año, de noviembre a febrero y en mayo porque vienen muchos japoneses. Nosotros estábamos solos.

La torre de los horroresTras un pequeño descanso volvemos al carro y vemos el Sulamani Kyaung del siglo XII y uno de los más bonitos. Y finalmente a otro a ver la puesta de sol. Esto de la “puesta de sol” es un rito en Bagán. Hay sitios famosos por lo bien que se ve y otros por lo solitarios que con la puesta de sol dejan de serlo. Además se ha construido una torre horrible que rompe el horizonte y que se ve desde todos los sitios. Los turistas occidentales que lo pagan pueden ver desde allí el espectáculo cómodamente por 10 dólares. Un disparate en este país. Y quizás lo más espantoso que he visto aquí. También me dice el carrero que hay una empresa que funciona solo en la temporada alta que tienes globos aerostáticos para ver la puesta de sol y que cuesta 250 € los 45 minutos. Imagino que te asegurarán el día despejado y que serán globos cautivos, porque si no, dada la red de transportes, según hacia donde sople el viento puede que tú pagues 45 minutos pero que tardes un mes en regresar al hotel.

Llegamos a la pagoda que es una pirámide de tres plantas. En la última estamos unas 20 personas. Dos chinos y el resto españoles. Todo nublado. Cuando faltan unos 15 minutos a que se ponga el sol aparece éste durante dos o tres minutos a través de una abertura entre las nubes. Los rayos del sol iluminan la llanura de Pagán y todas sus pagodas. Algunos zedis dorados brillan con fuerza. Marisa hace fotos. Muchas fotos. Todos hacen fotos. En otra pagoda lejana parece que ha estallado algo por la cantidad de flashes que se disparan en aquellos momentos. A los compradores de cámaras fotográficas deberían entregarles un papel amarillo con grandes letras negras, de ésos de “atención”, en el que se les explicase que un flash no es capaz de iluminar toda la superficie terrestre. Que para eso hace falta una bomba de hidrógeno. O dos. O el sol.

Atardecer en Bagán

La brecha entre las nubes se cierra y aunque todavía hay luz y el atardecer es precioso desparecen todos los espectadores. Ha pasado el momento del asombro -el orgasmo- y queda la placidez postcoital, pero parece que eso no les interesa. Nos quedamos los tres solos con el espectáculo. Empieza a anochecer cuando llegamos al carro. Regresamos ya de noche por caminos de tierra y una negra carretera.

Noche en Bagán

Cena en un restaurante birmano-chino-tailandés. Buenísimo. Hoy ha sido el día que, en su conjunto, hemos comido mejor de todo el viaje.
Mañana más templos.

Nota científica.
Hay tres tipos de crepúsculo según la iluminación del cielo y como inciden los rayos solares en el horizonte.
El crepúsculo civil: el centro del sol está entre 0° y 6º por debajo del horizonte.
El crepúsculo náutico: entre 6° y 12º debajo del horizonte
El crepúsculo astronómico: entre 12° y 18º debajo del horizonte.
Después viene la noche que si no hay luna se llama noche cerrada.

Pues hoy hemos estado en los tres crepúsculos y en la noche cerrada.

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