Desayunamos y nos volvemos a encontrar con Maria Jesús. Despedida del hotel donde hemos estado francamente bien. Los empleados muy amables y eficaces y muy, muy limpio. Y barato. ¿Se puede pedir más? Pues con un poco más de desayuno y la sala comedor un poco más grande hubiese sido perfecto. En este hotel, como en el de Bhamo, había en la habitación un orinal pero sin asas. Imagino que será para que los que mascan betel lo escupan allí, porque si era para utilizarlo como orinal lo encuentro muy incómodo sin asa.
En un taxi-enano al autobús. En el camino veo dos taxis grandes y modernos conducidos por señoritas. Me sorprenden ambas cosas. Aquí casi todos los coches que hay –afortunadamente muy pocos- son Toyota Corolla traídos de Japón de segunda mano. Nuestro amigo Hiro se divertía mucho leyendo los letreros en japonés que seguían llevando.
El autobús es algo cochambroso. Sólo algo. Comparado con el último que hemos cogido, el de Katha a Naba, es algo así como “super luxurious and high standing”.En la estación veo uno como el de Katha y resuelvo el misterio: debajo de los asientos que están altísimos se pone la carga. Es incómodo pero ingenioso. En un autobús normal entre la cabeza y el techo queda un espacio inútil. Si subes el asiento 30 centímetros y quitas las patas exteriores de los asientos uniéndolos éstos por una barra horizontal de delante a atrás, te queda debajo un buen espacio para sacos y otras mercancías. Y además puedes poner las patitas encima. O bien te sientas como Buda.
A nuestro autobús, que es normal, sube un grupo de cuatro jóvenes rubias que creíamos nórdicas y que resultan ser polacas. Hasta ahora no se veían gentes del este de Europa viajando (excepto los que van a Alcalá de Henares) pero imagino que a partir de ahora habrá cada vez más. También aparece un cuarteto de tres andaluces y madrileña. Son un grupo encantador. Además uno de ellos tiene familia en Alcorisa. Y con el problema de meter el trozo de pierna, exactamente el fémur y la rótula, que no te cabe en el asiento, comenzamos el viaje a las 9 de la mañana que teóricamente recorrerá en 8 horas los menos de 200 kilómetros que nos separan de Bagán. El autobús va haciendo paradas y va subiendo gente que se va sentando en taburetes de plástico en el pasillo y en el techo. Como es un autobús chino de segunda mano tiene el volante a la derecha y la puerta de los pasajeros a la izquierda por lo que cuando paran en la carretera y bajan es muy peligroso. Bueno, lo sería si hubiese circulación porque no pasa casi nadie. Caen cuatro gotas. El terreno es mucho más seco que el que hemos recorrido hasta hora. Ya no hay campos de arroz. Más al oeste hay una zona de costa donde recomiendan no ir en esta temporada de lluvias. ¿Qué les impedirá a las lluvias llegar hasta aquí? Seguramente si un birmano ve un mapa de España tampoco entenderá por qué la lluvia de Galicia no llega a los Monegros. Llegamos a Bagán en unas 9 horas. Decidimos ir al hotel al que va el grupo de los 4 españoles pues a ellos se los ha recomendado el recepcionista de nuestro hotel en Mandalay. Afortunadamente hay habitaciones para todos. En la guía dice que el hotel está gestionado por Ms. Cho. Con ese nombre le pregunto si es china y me contesta que no, que es birmana. Significa “muy dulce”. Así que ya sabéis una palabra para decir con el café, “Cho coffee”, pero con precaución porque a lo peor en birmano puede sonar a otra cosa. También puedes intentar decírselo a una joven agraciada. También con prudencia.
La guía dice que Ms. Cho es “attentive” y es realmente atenta y eficaz. Me explica los transportes para ir a Rangún, nuestro próximo y último destino en Birmania. También como organizar nuestros días aquí. Es que con los 3000 templos como te equivoques en la selección y veas los últimos 20 de la lista…Para mañana nos recomienda una excursión en coche de caballos o en bicicleta. Pues será en coche de caballos. Cuando estoy hablando con ella aparecen las cuatro polacas como presas de un ataque: “¿Está bien el hotel? ¿Hay habitaciones libres?” Parece que al que habían ido ellas no les gustaba nada. Este está muy bien. La habitación estupenda. Una terraza para estar sentado, charlar, leer o escribir también estupenda. Y la guía y Ms. Cho dicen que el desayuno también está estupendo. Y encima barato.
Breve descanso y a cenar. Un restaurante con una bonita terraza cuya especialidad son las pizzas. Y además no hace calor. En la mesa de al lado uno de habla española con cara de viajero del siglo XIX, que quizás sea sudamericano porque ha dicho “acá”. Por cierto, ¿alguno ha oído decir “acullá” alguna vez en su vida? Hay palabras que sólo están en las gramáticas, pero si una palabra no se usa, ¿para qué sirve? Porque hay palabras que ya no se usan, como “cangilón”, pero que son preciosas. Anda, di en voz alta “cangilón” y verás que bien suena. Pero no grites mucho y no la repitas porque si no tus seres queridos y próximos se creerán que te has vuelto orate. Otra que tampoco se usa.
Escribo un rato en la terraza del hotel. Hay un joven fuerte angloparlante. Aparecen las polacas con una botellita de whisky o de ron, de un cuarto de litro. Luego viene otro joven. Un excéntrico que esta tarde ante el estupor de Ms. Cho, y el mío, le ha preguntado por qué no salía agua caliente por la ducha. Querría decir hirviendo y a lo mejor se quería hacer un té dentro de la alcachofa de la ducha y tomar una ducha-té como las extravagancias de los balnearios modernos: baño con boñigas de burra castrada. Y cosas semejantes, que cuanto más idiotas parecen mejores y más caros. Total, que aquí el agua fría sale más que caliente pero siempre hay gente para quejarse. Después el primer joven ha vuelto a parecer con una bolsa de hielo y han empezado la juerga. ¿Cómo se podrán entonar con 250 c.c. de una bebida espirituosa para seis? Tocan a 40 c.c. por cabeza. Pues se han animado tanto que me he tenido que ir a dormir. Quizás es que además de los 40 centilitros había algo hormonal. La juventud. Y el deseo.