Katha.

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Desayunando en Katha.Cuando nos fuimos a dormir se veían todas las estrellas del firmamento, pero esta noche ha caído un buen chaparrón. Estamos teniendo una suerte increíble con el tiempo.
Desayunamos en una “tea-shop”, uno de esos lugares donde se puede comer algo a lo largo de todo el día. Está lleno y hay mucho ambiente por la calle. Vemos grupos de monjes pedigüeños a la búsqueda de su comida. Pienso en la palabra “pedigüeño” y si debería haber escrito “mendicante” en su lugar.Monjes en Katha pidiendo. Porque el primero es por ejemplo un drogadicto que te pide un cigarrillo y los monjes pedían para comer. Pero ¿si es el drogadicto quien pide para comer? ¿Es un drogadicto mendicante? Y si el monje pudiendo trabajar decide pedir, ¿es mendicante o pedigüeño?

A las 8 estamos en la estación. Que no hay billetes para el tren de las 4 y media de la tarde. Sólo para uno que sale a las 12 y media de la noche, y solo “upper class”, no hay literas. Y cuesta tanto como el trayecto entero de Mandalay a Myitkyina aunque ahora sea la mitad del recorrido. A los extranjeros nos crujen. Quizás es que sea mejor tren. Vaya, en plan de lujo, como el Talgo. Le pregunto por un tren que sale a las tres de la tarde. Tarda más de 20 horas pero lo malo es que solo tiene “ordinary class”, o sea la “tercera” de los asientos de madera que no habéis conocido en España. Pues nos iremos a media noche aunque el problema sea el pasar las horas de calor sin hotel. El buen jefe de estación tarda 30 minutos en hacerme los tres billetes además del tiempo que hemos estado “hablando” sobre otras posibilidades de otros trenes. O sea media hora desde que le he dicho “de acuerdo, quiero esos tres billetes” hasta que me los ha dado. Pero ya los tenemos. O mejor copias porque el original se lo ha quedado él y a mí me ha dado la copia con papel carbón. Este era más pequeño que el formulario y lo tenía que correr a mitad de la escritura. Mercado de KathaDe regreso entramos en el mercado y nos encontramos con Hiro. Le encanta Katha. Y a nosotros. El mercado no es muy grande pero es muy interesante y la gente muy amable. Llegamos al hotel y gestionamos la tarde. Nos dejará la habitación hasta las 8 a mitad de precio. Luego el recepcionista nos indica un recorrido turístico-literario-orwelliano y nos busca un tuk-tuk para los tres. A nosotros nos da el recorrido en inglés y al conductor en birmano, de esta manera cuando llegamos a un sitio, si no está claro, él saca su papel y yo el mío y nos dice donde estamos. Lo más interesante de Orwell ha sido la visita al “British Club”. Molino de aceite en el “British Club” de Katha.La guía dice que está ocupado por una cooperativa agrícola, y así es, pero había dos jóvenes trabajando con una maquinaria del comienzo de la industrialización y nos han hecho entrar para enseñarnos lo que hacían: fabricaban aceite de cacahuete. Hemos probado los cacahuetes, el aceite y el desecho final. Después de probar éste me han dicho que lo utilizaban como pienso para las gallinas. Menos mal que solo me he comido un trocito por cortesía y no nos hemos dado un atracón. Después hemos ido a un pabellón que ha resultado ser el auténtico club. La parte superior está ocupada por las oficinas de la cooperativa pero con un aspecto de ser todo de la época colonial. La parte inferior era una escuela de fin de semana. Hemos hablado con un profesor. Daban los grados sexto y séptimo, o sea niños de 10 a 12 años. Cuatro profesores y 60 alumnos. Realmente los 15 ó 20 que había allí parecían tener 7 u 8 años. Escuela en Katha.El horario de clase es 8:30 de la mañana a las 12 del mediodía y de 4:30 a las 6 de la tarde, de lunes a viernes. ¿Qué hacían allí un sábado? Pues es que los sábados y domingos iban a la escuela de 8:30 a 12. O sea que sin ningún día de fiesta semanal. Lo que no logré saber es si eso seguía siendo parte de la escuela pública donde enseñaban o eran unas clases extraordinarias para redondear el sueldo. Tienen vacaciones en marzo, abril y mayo. Al final cuatro niñas nos han cantado el himno de Birmania. Total que entre lo de los cacahuetes y la escuela ha sido de lo más interesante. Dentro del recorrido orwelliano hemos visto la pista de tenis adjunta al club que sigue existiendo como tal pista y que en este país debe ser una excentricidad. El hospital, por el que hemos dado una vuelta por el exterior de los pabellones, también sale en la novela, lo que no sé si son de aquella época en que Orwell estuvo curándose del dengue que pilló. Al llegar a la puerta de la cárcel le he preguntado al conductor si también se podía visitar, dando por supuesto que iba a decir que no pero ha parado y ha ido a preguntar a la señorita cancerbera que con una sonrisa le ha dicho que no. Imagino que no es la primera vez que se lo preguntan y debe pensar en lo raros que somos. Hemos ido a un campo de golf que no recuerdo si sale en la novela pero que estaba desierto. Una de las visitas no-orwellianas, pero interesante, ha sido la de la “pagoda de la colina”. Subiendo por las escaleras de esa colina nos hemos encontrado con un monje que nos ha dicho que debíamos subir descalzos, pero él iba calzado. Le he preguntado que por qué. Es que él como era monje podía ir con las chanclas pero nosotros no. Las religiones siempre tan igualitarias y justas. Arriba un gran complejo monástico con muchos niños que estudian allí. Monjes en el monasterio de la colina.Nos hemos metido en una gran habitación que ha resultado ser el lugar donde estaba el jefe de todo el complejo. Ni idea de cómo se llama el cargo, ni el título y tratamiento que tiene. Le han llamado, le han puesto un sillón y una bacinilla y se ha sentado allí. Hemos sabido que era el gran jefe porque era el mismo de una gran fotografía que presidía todo. Realmente no sabíamos que teníamos que hacer ni que esperaba él de nosotros porque no hablaba ni una palabra de inglés. O quizás es que por el protocolo no podíamos hablar directamente con él. Ha aparecido un monje que se ha postrado ante él con una reverencia de esas de tocar el suelo con la frente. Este sabía un poquito de inglés y nos ha dicho que hoy era fiesta por algo de la luna llena budista. El abuelito seguía en su sillón pero no ha dicho ni una palabra. También muy interesante ha sido un paseo por un pueblecito kachin –ahora estamos en el la División Sagaing- que había cerca del monasterio. Todo muy cuidado, ni rastro de basura, casas de madera sobre pilotes con muy buen aspecto y gentes amables y sonrientes a las que les encanta que las fotografíes. En Katha, pero también en Bhamo y Simbo, las señoras y sobre todo los niños llevan toda la cara cubierta con esa pasta amarilla que se ponen en las mejillas en toda Birmania. Las mujeres de esta zona, en general, son muy guapas.

Comida en Katha.Hemos acabado la mañana con una comida estupenda y barata.

Descanso en el hotel durante las horas más calientes del día. Luego paseo por los alrededores del río al atardecer. La gente, como ayer, está lavando y lavándose. Los niños jugando en el agua. Es un rito diario. Las mujeres se suben la falda unisex, el longyi, que llevan todos los birmanos, por encima del pecho y se quitan el resto de la ropa. En el río Ayeyarwady.Cuando salen se ponen un corpiño con sujetador por encima del longyi y después una blusa, un longyi seco por encima y se quitan el mojado. Esto lo hacen en la orilla del río y aquí lo hemos visto hacer también dentro de la pagoda que está cerca, lo cual ha sido bastante chocante para nosotros.

Al otro lado del río se reflejan los últimos rayos del sol.

Se hace la hora de coger el autobús para ir a Naba desde donde cogeremos el tren. Solo hay tres autobuses en todo el día y el último sale a las 8 de la tarde. Es pronto para nuestro tren de medianoche pero el jefe de estación de esta mañana me ha dicho que Naba es un gran centro ferroviario y quizás sea fácil la espera. El bus es el más cochambroso que he visto en mucho tiempo, pero afortunadamente no va lleno. Los asientos están a más de 70 centímetros del suelo y los pies no te llegan y si tuvieses las piernas tan largas que sí lo hicieses entonces no cabrías en el asiento. A mí no me llega la pierna al suelo y además no quepo en el asiento. Son 20 kilómetros y tarda una hora sin hacer ninguna parada. Esto te puede dar idea de la calidad de la carretera.

La estación de Naba es bastante grande. Por suerte encuentro a un empleado que habla un poquito de inglés y que es un santo. Le pregunto por la sala de espera. No hay. Yo esperaba que fuese como en la India que además si llevas un billete más caro la sala de espera también es mejor. Nada. Me dice que me compre una estera y que nos tumbemos largos en el suelo como todos. Incluso me lleva aun puesto de esteras. Rechazo su oferta y me lleva a su cubículo para que nos quedemos allí. Gracias, pero tampoco. Al final nos acomoda en una galería al lado del despacho del jefe de estación y mueve un banco para que nos sentemos juntos. Dentro de la estación hay varios chiringuitos bastante grandes bajo lonas pero queremos comer fruta. Me acompaña a comprar mangos. Muy baratos y muy buenos: 50 kyats cada uno. Un duro de los de antes. ¿Os habéis fijado que nadie excepto periodistas y economistas dice lo de “tantas de las antiguas pesetas”? El buen samaritano se va y al poco también la luz eléctrica. Y de repente empieza a caer una lluvia torrencial. Una gran estación, sin luz, lloviendo a mares –pero qué suerte que siempre lo hace de noche- y teniendo que esperar tres horas que luego han sido cuatro. Y por supuesto sin letreros luminosos que te anuncien la llegada de tu tren Al final ha llegado y hemos conseguido entrar en esas circunstancias en nuestro vagón al primer intento.

La primera impresión no ha podido ser más deprimente: un vagón totalmente a oscuras con unos grandes asientos pero muy incómodos. Buscando nuestros sitios con la linterna cuando hemos iluminado el techo éste estaba lleno de moscas, mosquitos y mariposas nocturnas. Pero hay que dormir que es medianoche. O por lo menos intentarlo.

En aquel momento me acordé de la frase de “Las normas de la casa de la sidra”:
“Good night, you princes of Maine, you kings of New England”.

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