Bangkok-Rangún.

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Esquema del aeropuerto Suvarnabhumi de Bangkok El aeropuerto de Bangkok está casi recién inaugurado. Pocos e incómodos asientos. Control de seguridad donde debes dejar la peligrosa botella de agua. Una vez leí un artículo periodístico, quizás de Marías, donde se quejaba del seguidismo de las autoridades civiles, o sea de nuestros gobernantes, de toda Europa, respecto a las medidas de seguridad de los aeropuertos. Yo añadiría que la mayoría de los que redactan las normas de seguridad no pasarían un examen de sentido común de nivel de segundo de la ESO. Una muestra: voy a visitar una exposición de Caja de Madrid. Llevo un libro tamaño bolsillo recién comprado en FNAC dentro de su bolsa de plástico correspondiente. Tenemos el siguiente diálogo entre la azafata-portera y yo:

A-P: “¿Qué lleva en esa bolsa?”.
Yo: “Un libro”.
A-P: “Pues el libro puede pasar pero la bolsa tiene que dejarla en consigna”.
Yo: “¿Y si llevo el libro en la mano y la bolsa la doblo cuidadosamente y la meto en el bolsillo?”.
A-P: “Entonces sí”.

Y si hay algo frustrante e inútil es intentar hacer razonar a un empleado de seguridad-portero de un museo o a una azafata-portera. Podéis hacer la prueba con el museo del Prado o el Reina Sofía. Pues los del agua son los mismos genios.

Pasamos al lado de una capilla de musulmanes. Un montón de zapatos en la puerta. En el interior la moqueta está cubierta de piadosos fieles largos durmiendo. No me extraña que aquello esté lleno dada la incomodidad y escasez de los asientos. La verdad es que también hay algunos rezando. Un 2,7%. Y un misterio: sólo hay hombres.

Lo dicho del movimiento y la incertidumbre: cuando llega la hora de coger el otro avión desaparece el número de la puerta de embarque de nuestro vuelo en los indicadores luminosos. El misterio se resuelve al poco rato: vuelo cancelado. Nos lo cambian por otro a la misma hora de una línea aérea desconocida: Bangkok Airways. Otro pequeño susto porque al comienzo sólo entiendo lo de “Bangkok” y creo que nos quieren llevar a la ciudad y coger otro vuelo al día siguiente. Y el visado esperando en Rangún.

“Bangkok Airways” resulta ser una compañía con un extraño subtítulo: “Asia’s boutique airline”. No entiendo eso de poner “boutique”, un sustantivo francés, como adjetivo de muchas cosas. Hay un pan que se llama “de boutique”. O sea “de tienda”. ¿Y donde venden al resto del pan, en los cementerios? Pues esta compañía también era de “boutique”. Pensé que quizás durante el vuelo nos intentarían vender cosas pero las atareadas azafatas apenas tuvieron tiempo de servirnos una ligera comida.

Rangún.
Aterrizamos. Todos aeropuertos deberían ser así de pequeños. Y se van resolviendo las incertidumbres. Primero un joven birmano eficiente y simpático nos saca de la fila de entrada y con nuestros pasaportes va a la búsqueda del famoso “visa on arrival”. Luego llega el equipaje. Lo único que no llega es el taxi que tenía contratado con el hotel. El joven del visado nos ayuda a buscar uno y en premio lo llevo hasta su barrio. El taxi tiene dos empleados que son socios. El taxista que no habla una palabra de inglés y el socio que habla un poquito y que intenta vender más servicios y viajes. Lo siento. Pero no es pesado y se rinde pronto. En el camino me explica que está prohibido tocar el claxon. Y las bicicletas. Y las motos. Vemos una y me dice que será un empleado del gobierno que tendrá un permiso especial. Y lo más extraño: no hay los motocarros que son el transporte colectivo más habitual en estos países. También prohibidos. Aunque en el centro de Rangún descubro unas bicicletas con una especie de sidecar con dos asientos espalda con espalda que parece que solo pueden circular por algunas zonas y con horario limitado. Con todas esas restricciones la circulación es bastante fluida.

El hotel lo contraté por internet y es del tipo de los que suelo ir y también de la clase que mi guía recomienda para evitar que el dinero del turista vaya a parar a manos de los militares que controlan muchas áreas económicas del país. Es una casa de madera con 8 habitaciones. Todos los clientes somos extranjeros. La dueña y los criados y empleados simpáticos. La habitación no es digna de un rey pero mañana me la cambiarán.

Paseo para hacernos con la vida de la ciudad, cambio de dinero en el mercado negro, cena y hora de internet. Y a dormir que con el cambio horario y los vuelos apenas hemos dormido.

N.B.
Compro la primera botella de agua birmana; precio razonable.

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