Publicidad, voracidad e indignidad.

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El Gobierno venezolano subvenciona desde fin de Agosto el transporte público de Londres, para los residentes con subsidios estatales, con una rebaja del precio del petróleo destinado a la flota de autobuses londinense del 20% en el suministro de la empresa pública venezolana PDVSA (pedevesa) El acuerdo del Gobierno venezolano reune tres rasgos cada vez más frecuentes en la política cotidiana y en especial en los ayuntamientos.

La publicidad es el rasgo esencial. Es impensable que un acuerdo de cobrar a Londres un precio un 20% inferior al de mercado sea algo más que un acto publicitario, una promoción.

La voracidad recaudatoria, en especial la municipal ( o como en este caso su imagen especular de reducción de costes) es otro rasgo de modernidad. Que el alcalde londinense crea que «sus pobres» merecen recibir una subvención de los ciudadanos venezolanos es llevar la voracidad al extremo.

La suma de publicidad y voracidad acarrea a los munícipes una cierta dosis de indignidad habitual ¿Cómo puede un alcalde etiquetado de rojo anteponer los «pobres» de Londres a los auténticos pobres del mundo que necesitan mucho más que cualquier británico la subvención arrancada del presupuesto venezolano por la magnanimidad de su presidente.

Claro que estos actos menudos sirven a veces para extraer importantes corolarios, simples como anillos. La diputada laborista Diane Abbot ha afirmado sin rubor que el acuerdo «forma parte de la positiva relación entre el pueblo de Venezuela y la población de Londres. Demuestra que la globalización no tiene que ser negativa.» Véase la sutil distinción entre el étnico pueblo y el swinging población Lo de la globalización es un ejemplo por si alguien no se ha fijado en los artículos producidos en China que llegan a nuestras tiendas y a las británicas.