Un alcalde de un pueblo cercano a Madrid no ha aceptado repetir en la lista de su partido a las próximas elecciones municipales, a pesar de ir como cabeza y tener una elevada probabilidad de salir reelegido, porque, según dice, su partido le ha rodeado, en la lista electoral, de militantes de distinta sensibilidad. O el poder ablanda en exceso, lo que no parece, o sensibilidad se está convirtiendo en un insulto putrefacto en estos tiempos de simulada corrección y aterradora crueldad. Recuerda a un crítico retorcido que cuando ha puesto a caer de un burro al libro dice del autor que demuestra una «rara perfección formal» y se adivina que no le llama nenaza porque no se ha molestado en leer el nombre ni en ver la foto de contraportada y no sabe si es mujer o varón.
¿Quiere usted decir que los x mandamases de su propio partido han sido capaces de imponerle a unos x de x para que le hagan la vida imposible toda la legislatura, porque los partidos se han convertidos en una x de x que sólo saben x a los que tienen carisma y el cariño de sus conciudadanos? Pues dígalo, buen hombre, si quiere que le entendamos. Y de paso habría conseguido una pequeña venganza didáctica, porque los españoles en caso de enfrentamiento entre una persona y una institución se decantan siempre por la persona y su partido hubiera perdido por votos la silla de la que le ha descabalgado y hubiera recibido una lección. Pero nos sale usted con acusaciones ternuristas y a lo peor sale elegido ese enemigo suyo tan insensible, o tan sensible, que distinta sólo nos aclara que no son de la suya.
¿Y usted partidario ferviente hasta ahora mismo de las listas cerradas que igual catapultan a un roto que a un descosido o a tipos como aquel levantino que estaba en la política para forrarse con una sensibilidad destacada, ha sido incapaz en los últimos cuatro años de sensibilizar a esos insensatos o de infundir sensatez a esos insensibles?