El Pocero.

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En algunos periódicos ha salido mucho ultimamente un personaje llamado así en mayúsculas el Pocero, por el que parece que fué uno de sus primeros oficios, después de comenzar de niño como aguador por las obras del Madrid de los 50. Es un constructor cuya más famosa hazaña ha sido crear una urbanización de miles de viviendas en un extenso barbecho toledano en Seseña, un pueblo de 10.000 habitantes a menos de 40 kilómetros de Madrid. No tengo que defender a alguien a quien no conozco y cuya actividad general suena depredadora, pero el tonillo general de la prensa hacia el constructor me resulta intolerable. En modo despreciativo se ha escrito, entre otras perlas, que unta el caviar en pan de molde, que su esposa trabajó como costurera en Cortefiel y que convoca a sus invitados a comer los manjares más exquisitos al grito de «¡a jalaaaar!» y no le acusan de ser asquerosamente rico, pero se acercan mucho. Una acusación en toda regla de nuevoriquismo, un nuevoriquismo de mal gusto y , evidentemente, siempre de peor gusto que el de los periodistas.
Asoma así, bajo capa de crítica social sin datos probatorios serios, un clasismo despreciable, tanto más cuanto que no se ha oído nada parecido de otros muchos constructores, al parecer con prensa amiga y mejores cunas, que siguiendo el manido consejo de Deng Xiaoping refrito por Solchaga han pasado, en veinte años, de sueldos vulgares a grandes fortunas imposibles de obtener a tipos de interés que puedan teclearse en una hoja de cálculo sin sonrojarse. Sin mencionar que nadie menciona cómo ha sido posible levantar innumerables bloques de viviendas en medio de un páramo, sin gigantescas complicidades de personas que sufren despistes en el cuidado del bién común para el que han sido electos.