27. Viaje al norte de Sikim, tercer día.

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Un hermoso rododendro.Valle de Yumthang. Esta mañana diana a las cuatro y media como estaba previsto. En el desayuno Alfred me da las gracias por hacer callar ayer por la noche a la ruidosa familia bengalí. O sea que estaba en la habitación y no decía nada. Ha desayunado sus gachas con agua y yo la tortilla más fea que me he comido nunca. A pesar de que el guía me decía el primer día que el “porridge” era muy bueno para el Himalaya ellos no lo han probado ningún día. A las 5 y media ya estábamos camino del valle de Yumthang. El recorrido es precioso, pero yo nunca le recomendaria a ningún cristiano que desayunase las gachas porque hay un montón de curvas. En el camino unos árboles altísimos que apenas tienen ramas con hojas. Me dicen que se llaman “Silver Fern Pine Tree”. Busco en Internet y el nombre más cercano es “Fern pine”, pero a lo mejor es el cedro del Himalaya. Como es otoño, de vez en cuando una mancha de colores. Es realmente bonito el paisaje. A veces hay grupos de árboles con las hojas totalmente secas casi amarillas. Me dicen que son los mismos que los árboles altísimos pero que los secos son los machos y los verdes las hembras. No sé si será verdad aunque desde luego tiene su lógica. Los árboles masculinos son muy pocos en relación con los femeninos. Estamos en otoño, lo que quiere decir que unos pocos árboles y además pequeñitos han tenido que fecundar a un montón de árboles enormes durante la estación pasada. Así se han quedado los pobres.
A pesar de todas las advertencias de que en el valle de Yumthang hace mucho frío ha resultado ser un lugar fresco, pero no mucho, pero sobre todo ha sido una maravilla. De esos sitios que cuando llegas te quedas con la boca abierta. De los que dicen las guías “merece el viaje”. La verdad es que cuando lo miras en un mapa no te lo puedes creer de lo lejos que está de todos los sitios, pero insisto, es una maravilla. Y como siempre llegas a un sitio en Sikim a partir del cual no puedes pasar y aunque no hay puestos fronterizos la carretera sigue hacia el Tibet chino. Me han dicho que ahora el problema para seguir son los desprendimientos que hacen que la carretera esté cortada. En todo el norte de la India hay dos tipos de carreteras, las que van hacia una frontera y las que no. Las primeras suelen estar al cargo del BRO y por tanto aunque ocurra algo siempre se soluciona en un plazo razonable. Las segundas no sé a cargo de quien están pero mejor que no tengas ningún problema en ellas o que se corten y tú estés en el lado malo. Pues ésta debía ser de las segundas y se dirigía hacia el pico Yumasamdong que se ve nevado a lo lejos.
Una de las atracciones del lugar es tomar un baño de aguas sulfurosas. Los guías nos lo han ofrecido pero Alfred lo ha rechazado diciendo que olía a “solfa”, que si no hubiese sido por el olor me hubiese pasado como con el “calastro” ayer. Los guías han decidido tomarse el baño y lo han dejado solo. En una casita hay una habitación con una pequeña piscina donde brota un chorro de agua caliente sulfurosa. Dentro del agua un señor muy mayor. Ellos se han metido en calzoncillos pero yo no iba advertido y no quería ir todo el día con la ropa interior mojada. Pero tenía muchas ganas de hacerlo así que pregunto si puedo meterme desnudo: los guías me han dicho que sí pero al hacerlo el señor se ha tapado los ojos, o sea que no sé si se podía hacerlo o no pero ha sido de lo más placentero. El señor mayor, con el que he trabado conocimiento dentro del agua, venía de Gangtok todos los años a pasar aquí tres días en un cuartucho que había al lado del de la piscina con un fuego bajo y unas mantas por el suelo. Tenía 89 años y era bhutia. El lugar está a 3564 metros y me imagino que si el día está nublado y con viento puede ser helador.
Una cosa muy notable de este valle, y que todos los folletos lo remarcan, es la cantidad de rododendros que hay, por eso lo recomiendan en primavera cuando están en flor. Lo llaman “Shingbha Rhododendron Sanctuary” por si algún fanático de las flores me lee y quiere buscarlo en la red. De regreso hemos vuelto a pasar por Lachung y después por Chungthang donde se une el valle de Yumthang del que bajamos con el subimos para llegar a Thanggu. Por el camino nos hemos encontrado con un grupo de gente lachungpa de una boda: habían montado una especie de carpa enfrente de una cascada donde hemos parado. Hacen este tipo de parada intermedia entre el lugar de la boda y el destino que es el pueblo de uno de ellos. Allí estaban con sus vestidos típicos como de reportaje de La 2. Ha resultado que un pariente importante era un señor que conocí en Gangtok haciendo cola y nos hemos vuelto a saludar. Me ha invitado a patatas. Es lo que tenían como aperitivo: un saco de las famosas patatas de aquí cocidas enteras. He cogido una para quedar bien pero ante la insistencia he tenido que repetir. Me ha advertido que se pelaban para comerlas pero así sin ningún aditamento. Ni sal. La primera me la he tenido que comer delante de él, la he pelado cuidadosamente y era realmente buena. La segunda como no me veía me la he comido entera. ¿Qué pensarían mis amigas teresianas?
En uno de los controles que hemos tenido que pasar había también un puesto de control de tráfico militar. Las ruedas de los camiones militares casi lisas y recauchutadas. Muchos militares sijs. ¿Por qué será? Se me ha ocurrido una razón pero imagino que habrá otras. Los sijs comen de todo. Yo serví en intendencia en Melilla y me ha debido quedar un reflejo. Imagínate que tienes que preparar rancho para varios millones de soldados. Y va uno y te dice que yo como soy brahmán me tiene que hacer la comida otro brahmán. No sé si las brahmanas cocinan. Yo como soy jaíno, no puedo comer nada que sea animal. Yo como soy de ese otro grupo la leche tiene que ser descremada. Yo solo pimientos rojos, nada de verdes. Y también los católicos: yo como es viernes de cuaresma no como de ese potaje que tiene morcilla y longaniza. Y así hasta donde se os ocurra. Y llegan los sijs y comen de todo. Pues tú que eres el general encargado de la recluta y bajo mano, para no crear problemas, les dices al coronel y éste se lo dirá al comandante, y a su vez al capitán, luego éste al teniente, al brigada, al sargento, al cabo primero, al cabo y al final al soldado Manolo, que es el que recibe las peticiones y decide quien se queda: que a los sijs sin ningún problema y a los otros que hagan mil flexiones y luego que reciten el “Yo pecador”. Pues claro, muchos no aguantan la selección, porque yo las mil flexiones aún pero del “Yo pecador” no me acuerdo de nada.
Paramos en Lachen, diferente de Lachung donde hemos estado los dos días pasados. Los guías buscan un sitio para comer y en una cabaña les dicen que sí. Una tortilla para Alfred y sopa de pasta para los demás. Aunque el británico dice que “it´s really tasty” la cara que pone indica otra cosa. Tashi, el guía lepcha, y el chofer tocan una guitarra que hay allí. Pienso que así como antes las almas bienintencionadas llevaban caramelos y bolígrafos a los niños de las aldeas remotas (aunque los bolis los cogían de las oficinas y no les costaban nada) ahora tendrían que llevar reproductores de mp3, visto como ayer Tashi se quedaba maravillado.
En la calle de este pueblo veo pasar una recua de caballos con provisiones. La austeridad de esa comida ya debía hacernos presagiar lo que nos esperaba después de la abundancia de Lachung. Y así llegamos a nuestro destino. Thanggu, un pueblecito con muchos militares, policías de Sikim y de la brigada indo-tibetana de fronteras. Está a 14000 pies, o sea 4200 metros y es la etapa necesaria para visitar el valle de Chokta o Chopta. El hotel lo lleva una jovencita bhutia y tiene cuatro habitaciones en la primera planta. A Alfred y a mi nos dan las que tienen cuarto de baño. Pero sin agua ni sanitarios. Es una habitación con un retrete turco al que se sube por dos empinados peldaños. Imagino que esa altura de unos 60 centímetros la han ganado para facilitar el desagüe. Y un grifo que sale de la pared. Claro que sin agua no sirve de mucho. Tampoco hay electricidad en todo el pueblo. Eso sí que es austeridad. E insisto: a más de cuatro mil metros de altura por lo que en cuanto se va el sol no apetece estar mucho por la calle. Y menos en la habitación. En la planta baja hay una especie de comedor con unas mesas bajas y unos bancos corridos pero como da a la calle y suele estar con la puerta abierta hace tanto frío que no puedes estar allí mucho rato y finalmente una cocina que ha sido nuestra guarida con un fuego bajo que llenaba toda la habitación de humo donde la joven bhutia nos preparaba la cena.
Aprovechando que estaban todos en la cocina me fui a dar una vuelta yo solo pues eso de llevar siempre alguien a tu lado llega a ser muy pesado. Anduve por la carretera un rato y me encontré a un grupo de niñas que venían de recoger leña y era la típica escena de los documentales: el haz colgando a la espalda sujeto a la frente. Les pedí permiso para hacerles unas fotos y aunque al comienzo son muy tímidas siempre dicen que sí. Una hablaba algo de inglés. Era tibetana y las demás bhutias. Al cabo de un rato me encontré a una de ellas con su madre y sus hermanitos. La madre con la cara totalmente tapada excepto los ojos. Nueva sesión de fotos.
Regresé al hotel donde Zigmee, el guía tamang me volvió a explicar toda su historia de amor por Oruna. Parece que su padre se enfadó porque no le había dicho nada de que se quería casar. Claro que tenía 16 años cuando se casó. Un tío le ayudó con el permiso paterno. Lo curioso es que a pesar de que eso ocurrió hace 6 ó 7 años se acuerda de todas las fechas y las horas en que sucedieron los hechos. Seguro que ha puesto algo de imaginación porque me parece imposible.
Intenté escribir algo ese día pero entre el frío y la falta de luz acabé con el guía en la casa de un tibetano que hacía como de taberna local. Lo curioso es que fui con la consumición puesta pues nos sugirieron una bebida local a base de mijo fermentado, que le llaman cerveza. Alfred la rechazó rápidamente. ¿Cómo puede uno desayunar todos los días gachas de avena con agua y no querer probar un producto típico y local? En una jarra hecha con caña de bambú de unos 10 centímetros de diámetro y 20 de alto ponen el mijo fermentado. La jarra la colocan encima de una fuente. Le echan por encima una cosa blanca que no supe que era pero muy poquito, unos pocos gramos y luego agua hirviendo. Parte del agua sale enseguida y va a parar a la fuente y allí la dejas. Esperas 10 minutos y ya puedes beber lo que queda del fondo de la jarra con una pajita de madera. Eso se repite 3 ó 4 veces. Y sabe a cerveza. El problema es beberla me imagino que las 100 primeras veces y luego ya aprendes pues al aspirar el líquido te suben los granos de mijo que son muy pequeños. Yo no sé si los de Thanggu se los comen o los escupen pero yo me los comí porque me daba vergüenza echarlos y salir a la calle a beberla con el frío…la verdad es que al final lo hacía mejor. Pues al bar del tibetano fuimos con la cerveza desde el hotel y el guía con un termo de agua caliente para ir rellenando. Estando allí alrededor de una estufa iba viniendo gente y se tomaba un té pero no vi a nadie que pagase. Igual tenían cuenta abierta. Estuve un rato hablando con un policía de Sikim que es el que nos controlaba los permisos. A pesar de que tendría unos 50 años no estaba casado. Le pregunté si venían muchos turistas: “many, many”. Pues es temporada alta y solo estábamos dos. Conté otros dos hoteles como el nuestro. Me dijo que estaban bloqueados cuatro meses al año por la nieve. Imagino que ellos sí tendrían electricidad.
Volvemos al hotel, a la cocina y cenamos bastante bien dada la precariedad del lugar. Nos ofrecen carne y decimos que no pero yo la pruebo, es de yak y sabe como la de toro de lidia. Mañana diana a las 5 y por segundo día en el viaje no hago la colada. Creo que estoy eximido de hacerla. Me lavo la ropa todos los días lo cual quiere decir que la mitad de la mochila me sobra pero cuando ocurren situaciones así se pueden solucionar de dos maneras: no cambiarte o echar mano de la reserva.
A dormir prontito. Afortunadamente la cama está bien provista de material.
Problema nocturno.
Debido a la gran cantidad de té ingerido durante todo el día me he tenido que levantar de la cama tres veces por la noche. La disposición arquitectónica del retrete ha hecho que estuviese a punto de descalabrarme las tres.

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Una respuesta to “27. Viaje al norte de Sikim, tercer día.”

  1. jose luis Says:

    Estar tan privado y aislado de todo sirve para luego venir y apreciar más lo que tenemos en el primer mundo. Qué dura la vida a esas alturas!

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