26. Viaje al norte de Sikim, segundo día.

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Porridge con leche. Lachung. He dormido como un tronco a pesar de los litros de té que bebí ayer. Como en todos los valles de montaña, hasta que no llega el sol al hotel el ambiente es más bien frío. El desayuno ha consistido en té y porridge. Lo había visto muchas veces en las listas de desayuno de los hoteles pero no lo había tomado nunca. Por lo visto el estándar aquí es con leche pero Alfred lo ha pedido con agua. Él sí que sabía que era porque me ha contado todas las excelencias del producto: bueno para el corazón, para la respiración, para los intestinos, para el cáncer de colon y sobre todo para el “calastro”. Y eso me lo repitió varias veces. Yo la palabra más cercana que conozco es “calostro” pero no entendía en qué podía afectarme el tomar porridge para el calostro. (Para las vírgenes y los que no hayáis sido padres. Calostro: dícese del primer líquido segregado por la glándula mamaria poco antes o después del parto, Y escribo “vírgenes” porque no conozco el antónimo de “madre”). Pues me ha repetido unas cien veces las bondades de aquella masa con el “calastro”. Una de las veces me ha explicado que si comías mucha carne roja, el porridge te limpiaba las venas. Y entonces he comprendido que era su forma inglesa de decir “colesterol”. Pero aparte de saber que les gusta mucho en Escocia e Irlanda no he logrado saber de qué estaba hecho porque tampoco conocía el significado de la palabra clave: “oats”. .Cuando he podido acceder a mi pequeño diccionario, con el que siempre viajo, ha quedado todo solucionado: “oat” es avena y “porridge” son gachas de avena. Me he apresurado a decirle que en España la avena solo se la comen las bestias. Y me ha vuelto a insistir que era muy buena para la salud. Por lo visto él no ha debido tomar mucho de esto pues lo veo bastante acabado. Uno de los guías me ha dicho en voz baja que era “un hombre débil”. Y eso que no fuma, ni bebe, ni come algunas cosas. Si hubiese sido español habría acabado la lista de prohibiciones con la del sexo, pero creo que los británicos no hablan de esos temas. Al final me he tomado mis gachas con miel y mermelada de mango y más té.
Nos hemos ido a dar un paseo los cuatro. Uno de los guías se ha empeñado en llevarme la mochila pues a Alfred se la llevan y además un trípode pero no lo he consentido. Eso sí, he tenido que ir con el guía toda la mañana a mi lado que me parecía que tenía un “valet de chambre” como el pobre príncipe Charles, que he visto que está estos días por Paquistán haciendo el panoli. Lo envían allí y el mismo día tiran una bomba en un colegio y matan a todos los que estaban dentro. Eso tiene la realeza que les obligan a hacer cada papelón… Hemos ido a visitar un monasterio budista que está en reconstrucción pero sin monjes. En el camino he visto una túnica abandonada. Mi acompañante al verla ha dicho que era “mala cosa”. No sé si en lepcha eso quiere decir que no valía nada o que el monje había salido corriendo hacia la vida secular y había dejado por el camino el hábito, porque es un chico buen budista que se santigua, sí se santigua, cuando pasamos por lugares de culto budista. El lugar del monasterio tenía mucho encanto. Se pasa para llegar hasta allí por un puente sobre el río Teesta que baja con una fuerza increíble. Algunas fotos de niños que suelen asustarse pero a los que las madres les obligan a posar. Después del monasterio íbamos a subir a un lugar más alto pero Alfred se ha rajado porque tenía que beber, así que hemos vuelto al hotel. Tras la bebida he sugerido otro paseo hasta la hora de comer.
Hemos hecho fotos de una madre y su niño y nos ha invitado a té. Como estaba salado Alfred no lo ha tomado pero un caballero español no puede rechazar una invitación y menos de una madre. Tiene 23 años y un niño de 3 y su marido es policía de Sikim. ¿De qué policía? Pues resulta que hay dos y éste es de la policía armada. Me ha pedido que le envíe la foto y siempre lo hago pero me temo que muchas veces no llegan y eso que las direcciones postales son larguísimas y dicen cosas como que “está cerca de tal tienda”. Imagínate si es en un pueblo que está al final de una carretera que está al final de la India. Por cierto, ella era “bhutia” que es otra clase de gente que hay por aquí. Habla bastante inglés pero me ha dicho que a Alfred no le entendía nada. Para que no se acomplejase le he dicho que yo tampoco. Y no ha sido una mentira piadosa, que nos decían los padres escolapios que eso no era pecado, es que es verdad. Me hubiese gustado explicarle la historia del “calastro” pero no tenía tiempo. Toda esta zona está militarizada y al pasar por delante de un cuartel uno de uniforme me ha saludado, presentado y dado la mano. Le he preguntado si era militar o policía. Pues ninguno de los dos, que era del BRO.
Aquí la gente es amable pero los que se te aproximan suelen ser de alguna otra parte de la India, pues los siquimeses son bastante reservados. He aprendido a decir “agua” pero no sé en qué lengua pues mi fuente de información son los guías y no son muy fiables pues unas veces te dicen una cosa y otras otra. Total, que “agua” se dice “chhu” (no sé para qué sirve la segunda ache) pero no sé si en tibetano, nepalí o lachungpa que es lo que hablan por aquí, pues hay otro grupo que se llama así “lachungpa”. De todas maneras igual es “puente” en lugar de “agua”. En el paseo hemos pasado por un molino de plegarias, pero molino de verdad. Se les suele llamar a esos cilindros verticales a los que los budistas al pasar dan vueltas y así la plegaria que tienen escrita se multiplica muchas veces. En algunos lugares, como en el monasterio de hoy, hay cilindros enormes e imagino que el factor multiplicador será mayor. Pero lo que he visto por primera vez era un molino de agua donde en lugar de aprovechar la corriente para moler grano se hacía para que girasen tres cilindros enormes con las plegarias. Eso debe ser algo como una máquina de energía espiritual continua. No entiendo como a la iglesia católica no se le ha ocurrido algo así.
Les pregunto a los guías de qué vive aquí la gente. En aquel momento estamos pasando por un campo y me contestan que de las patatas. Seguro que se les acaba de ocurrir porque son las patatas más pequeñas del mundo. Del tamaño de una nuez. Un hombre blanco se come un campo de esos en una semana, a no ser que tengan denominación de origen y se coman como las trufas, por gramos. No hay apenas agricultura, cuatro vacas (me sorprende comprobar que en este viaje es mi primer contacto con las vacas en la India), cuatro yaks y el turismo que hace que se construyan algunos hotelitos nuevos, pero que, a pesar de ser temporada alta, se ve bastante parado y desde luego todo turismo nacional. Cuando digo hoteles me refiero a edificios como en el que estoy de 6 u 8 habitaciones. Y como estamos en alta montaña, este pueblo a 9000 pies, 2.700 metros, se empieza a nublar y la situación cambia completamente. Mañana vamos a ir al valle de Yumthang, pero si sigue así no sé como nos irá.
He comido como no lo había hecho desde que estoy en la India. Por la mañana nos preguntan los guías que qué queremos comer y no es una cosa u otra sino una y otra. Lentejas caldosas, patatas con col, vegetales variados, espinacas y el sempiterno arroz blanco hervido. Y está fuerte pero en el límite que sí se puede comer. Muy bueno. Por ahora son dos puntos fuertes de este viaje: la comida y los guías. Alfred se ve que tuvo una infancia difícil y no tenía a nadie que le dijese que no se come de medio lado ni que hay que dejar el plato limpio. Hombre, a lo mejor no hay que dejarlo tan limpio como el mío, pero no con una buena cantidad de comida encima, que aquí se ve escasa. Después de comer hemos subido al lugar donde no hemos podido ir esta mañana por la sed del británico, aunque la mayor parte del recorrido en coche. Nos han acompañado un par de chicos del hotel y un policía. Al final, a través de éste, me he enterado de los dos tipos de policía autonómica que hay aquí: el “Sikkim Armed Police” y el “Sikkim Police”. ¿En qué se diferencian? El primero lleva la boina roja y el otro azul y en el tipo de tarea que desempeñan. Los plumeros cuando los llevan también son de diferente color. Así que en España aún podrían ser las cosas más complicadas. Al ver a Alfred subiendo con un guía con su mochila y a un empleado del hotel con su trípode, he pensado que si yo parecía el príncipe Charles, él la Reina Madre, por lo menos. Desde arriba la vista es preciosa. Si no hubiese estado nublado la puesta de sol podría haber sido algo fuera de serie. La verdad es que yo soy de un pueblo donde las puestas de sol son algo espectaculares habitualmente y es difícil sorprenderme. Ha habido un momento muy gracioso cuando Alfred ha decidido utilizar el trípode por primera vez y hacer una foto con él. Parecía sacado de una película tipo Mogambo donde el hombre blanco necesita tres ayudantes para cualquier actividad. Aprovechando la expectación me he apartado discretamente para hacer pipí. A los 10 segundos tenía a Tashi, el lepcha, a mis espaldas haciendo lo mismo, con lo grande que es la India. Tiene que ser de lo más incómodo lo de ser rey, o es que ya te has acostumbrado desde pequeñito a no hacer nada y a no tener intimidad. Antes de cenar nos explican el viaje para mañana. Nada que ver con lo que me dijeron el primer día pero bastante más parecido a lo que me dijeron en la agencia. Creo que no hay mala voluntad por parte de los chicos sino sólo un problema de falta de comprensión. Sí he entendido que la diana será a las 5 de la mañana, así que por primera vez en todo el recorrido esta noche no haré colada.
Yo, que después de lo de la Pasarela Cibeles, me preocupé por mi masa corporal, que aunque esté fuera de mercado la preocupación la tengo igual, y vi que me estaba pasando de “peso normal” a “sobrepeso grado I”, pensé que lo había resuelto con la dieta india. Error. Me temo que las comidas y cenas de esta excursión me van a hacer pasar la barrera. Por si te perdiste la fórmula. Multiplicas 24,9 (es una excentricidad científica lo de 24,9 y no 25, pero como lo vas hacer con una calculadora te va a dar los mismo) por tu altura en metros (con dos decimales) al cuadrado y ése será el peso máximo que puedes tener para no llegar al “sobrepeso grado I”, que es lo menos a lo que debes aspirar. Ya sé que la fórmula se plantea al revés pero ésta es la manera para que sepas no que estás rellenita, que eso ya lo sabes, sino qué peso deberías tener. Como no conozco a ninguna anoréxica no pongo el límite inferior. Por cierto que en la India empiezan tener graves problemas de obesidad en la población pero en este valle, y en general en Sikim no lo parece.
Antes de cenar se ha ido la luz eléctrica del hotel: la cocina con un par de velas y la luz de los fogones parecía sacada de “Barry Lindon” de Kubrick. Cena estupenda. Un beodo bengalí se aproxima al británico que está cenando con cara de pocos amigos, le extiende la mano por encima del plato para presentarse y le dice que él es de Calcuta y que de dónde es Alfred. Este le contesta que del planeta Marte. El beodo no se da por vencido y sigue dándole la lata. Luego se vuelve hacia mí y me acerca una mano y fumando. Entre lo que le digo y como le miro se va afuera a la calle. No sé si a fumar fuera o a buscar a un grupo de amigos para darme una paliza. Esto hace crecer mi prestigio entre los dos guías que me dicen que los de Bengala no son buena gente y que gritan mucho y que consideran a los sikimeses como inferiores. Claramente no les hacen mucha gracia los de Calcuta. Antes otro de ese grupo me ha preguntado en varias lenguas algo que no he entendido. Al final ha escupido toda la masa de betel con saliva que llevaba en la boca y me lo ha dicho en inglés: que donde podía comprar cigarrillos. A mí, en un pueblo en el que no hay ni una tienda y de noche cerrada. Eso se llama ser perspicaz. Después de la cena nos dicen que la diana será alas 4:30 y el desayuno a las 5. Que qué queremos para desayunar: Alfred se apunta a las gachas y a pesar de que vuelve a cantarme todas sus excelencias yo pido tortilla.
Cuando llego a mi habitación tengo en la de enfrente a una familia bengalí gritando mucho. Llamo de una forma descortés a la puerta. Aparece el padre y le explico con cara de pocos amigos que mañana voy al valle de Yumthang y que debo levantarme a muy temprano. Antes de que acabe la frase me dice muy amable que no me preocupe que ellos también irán y que ya me llamarán. Entonces acabo la frase y le explico que el problema es que gritan mucho y tengo que dormir. Entra, les dice algo y se callan.
Va a ser horrible lo de las cuatro y media.

Una respuesta to “26. Viaje al norte de Sikim, segundo día.”

  1. jose luis Says:

    Qué jodíos los bengalíes, se creen superiores a todos los demás indios. Me recuerdan a los israelitas de mi generación, tienen unos aires de superioridad inaguantables.
    Sobre las vírgenes y el calostro, menos mal que no ser virgen y en consecuencia tener calostro, no sea una fórmula matemática.
    El porridge no me gustó nada cuando lo probé, y eso que un australiano también me habló de sus propiedades. Estaba caliente y no me pareció nada del otro mundo. Prefiero tostadas, mermelada con mantequilla natural, y un buen café con leche.

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