El abuelo de mi abuelo era escriba en el Imperio Antiguo; escriba para los nobles, para el Faraón Dyedkara y para muchos de sus vecinos, pues con mucho sacrificio escribía historias de su invención en tablas de arcilla que él mismo hacía con habilidad. Debía ser un hombre muy estimado, porque mi abuelo decía que había sido el autor de la piedra de Palermo aunque nunca supo decirme qué era Palermo. Contaba mi abuelo que en muy poco tiempo el llamado papiro, hecho con tallos de una planta, logró que una nueva generación de escribidores sin prestigio, con menor destreza y más rapidez dejarán en la pobreza a su abuelo y a hombres como él, escribas en arcilla, en gneis y en basalto, copiando de nuevo las viejas y populares obras en el más barato y plebeyo papiro, para venderlas a quienes ya las poseían en arcilla por la ventaja de ser de más fácil transporte y manipulable con los dedos. Los escribas de aquellos tiempos se agruparon en la Sociedad Gráfica del Antiguo Egipto y expusieron su historia al gran visir quien la llevó al Faraón. El Faraón, apiadable y apiadado, ordenó que cada hoja de papiro llevara un pequeño sello real con un recargo real y se pagase así la sacrificada vida de todos los escribas reales y sus descendientes y también, Horus sea loado, la de los benditos fabricantes de sellos reales de la Sociedad Gráfica del Antiguo Egipto, que Osiris tenga en su gloria. Los que utilizaban el nuevo material para adornar las paredes de las mastabas, así en bruto sin escribir nada, acabaron por aceptar lo justo de la decisión y siguieron transportándolo con mulas.
14/06/2006 a las 12:04
Para que luego digan que la Civilización egipcia ha muerto, gracias a la Sociedad general de Autores y a El Sol que utiliza metáforas históricas todo permanece