30. Estambul, primer día

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El Cuerno de Oro, Sultanahmet, TopkapiRegreso al mismo hotel y de nuevo el desayuno en la terraza cubierta. La mezquita azul muy cerca y un cielo negro, negro. Pero menos frío que ayer por la noche. Hoy es uno de los días peores del viaje: el día de las compras. Lo intentaré compaginar con el paseo por calles y bazares que es una de las cosas más interesantes en Estambul. Hay dos puntos clásicos para las compras: el bazar egipcio o bazar de las especias y el gran bazar. Son dos lugares preciosos, pero para ver, no para comprar. Sobre todo si logras esquivar la presión de los vendedores y los ganchos y esta vez lo he conseguido. ¿Cómo? Pues no respondiendo ni una sola vez a los “hello”, “bonjour”, “¿italiano?, “¿Cómo estás? Y varios idiomas más. Sin devolver ni siquiera la mirada. Como si no fueses de este planeta. A un niño que me ha machacado bastante le he dicho lo único que sé decir en árabe y ha desaparecido. No, no era una maldición. Ambos lugares tienen alrededor calles comerciales donde sí puedes comprar y donde además es interesante pasearte. Una imagen: voy andando despacio por una calle de tiendas. En una con aspecto importante hay un señor con aspecto aún más importante sentado en una silla de despacho al lado de un gran escaparate. En la calle hay aparcado un BMW, quizás del señor importante, mostrando el poderío del dueño. El coche tiene unas llantas especiales, de esas que parecen radios de bicicleta. Al pasar, en un momento preciso, se superponen ambas imágenes y el señor importante parece sentado en una silla de ruedas de un paralítico. Seguro que se os ocurre una moraleja.
Hay una zona cercana al gran bazar que está llena de tiendas de baratijas de bisutería y de plata. Debe poner en turco “venta al mayor” porque elijo una pieza en una y me dicen que cuántas quiero.”¿Una? No.” Seco y claro. En otra que están aburridos y sin nadie me dicen que sí. Y al saber que soy español me preguntan por los toros. Odio que me hablen de las corridas de toros, del “Barcelona number one” y del Madrid. ¿Cuándo me preguntarán por Don Santiago Ramón y Cajal? También me preguntan mucho por un turco que debe ser futbolista o ciclista en España. La próxima vez me tendré que enterar mejor. Total que no les compro nada. Acabo la mañana visitando la mezquita de Nuruosmaniye. Hay un abuelo con turbante blanco cantando, imagino que algo de rezar, y unos pocos hombres rezando también. Y en ésta sí hay mujeres rezando pero dentro de un corralico que hay detrás de unas celosías de madera. Será que como es sábado comen en un restaurante y no tienen que hacer la comida en casa. Porque ya es la una. A lo mejor tienen la suerte de que los hijos les han invitado a comer.
Las mujeres rezadoras son todas mayores, como en España. Pero me quedo con las ganas de preguntarles como solucionan el problema culinario hoy. Por la tarde, para acabar las compras, me voy a la zona moderna de Estambul. Allí hay una confitería en la que conozco al dueño. Me he tirado un buen rato explicándole como se fabrica el turrón de Jijona y el de Alicante. O sea que si algún día vais a Estambul y os encontráis turrón ha sido culpa mía. El de mazapán ya lo hace y muy bueno. Es un sitio muy especial que además no te cae de paso. Tienes que ir a propósito allí. Entre sus clientes gente mayor de la zona con aspecto de habituales. Pero me ha enseñado una edición de Marie Claire en español donde aparece su tienda con lo que me imagino que pronto será más conocida entre los turistas. Y allí cerca un mercado de pescado. Me parece carísimo. Los salmonetes a 30 liras y el rodaballo a 50. Eso por cien en pesetas la lira. En un restaurante cercano muy elegante de esos que exponen el pescado en la calle hay unos paquetes que pone “Anillas de pota”. Que a lo mejor, escrito así en castellano, en turco parece algo exótico y de categoría, como nos pasa a nosotros con la palabra “beluga”. Y ya con todas mis compras hechas me retiro al hotel pasando por el puente de Gálata y viendo de nuevo la maravilla de Estambul desde allí.
Enseñanzas del día. Hoy he aprendido tres cosas.
1-En el restaurante donde he comido, y del que soy un habitual, una mesa cercana está ocupada por una pareja. Imagino que son rusos. Él de unos cincuenta y muchos, una especie de armario. O mejor por su estatura no muy alta y su complexión, una especie de chiffonier -“sinfonier” en las tiendas de muebles del sur de Madrid-. Ella una princesa de unos 30. Maquillada, peinada y adornada como para una sesión de fotos de moda. ¿Cómo se puede comer con todos esos aderezos y pinturas? Y he pensado en algunas cosas que son difíciles de comer en esas circunstancias y con cuchillo y tenedor. Por ejemplo una pata de conejo. Y me doy cuenta que aquí mucho pollo y cordero pero nunca he visto conejo. ¿Habrá algún tabú? Tendré que enterarme.
2-La mejor calidad de cualquier producto es la primera clase. Pues con el turrón no, que es la suprema. Imagino que saldrá alguna directiva de la UE que lo prohibirá. Porque si en un banco en lugar de decirte que eres un “cliente de primera clase” te dicen que eres de “calidad suprema” pues parece que o es demasiada coba o que si no pagas van a hacer filetes rusos contigo. O vas a la RENFE y pides un billete de “clase suprema” pues pareces de la familia real. Está bien que las religiones reserven ese nombre para su dios pero para el turrón me parece casi una blasfemia.
Observación gastronómica: en la mili al “filete ruso” se le llamaba “filete imperial”. Que no me extraña que les encante lo de “usía” y “vuecencia”.
3-Soy un “negao” para la seda. Recorro unas calles que son todas de tiendas de textil. Quiero comprar un pañuelo de seda. En un escaparate hay expuesto uno precioso que tiene estampada la palabra “ipek”, “seda” en turco. Entro y pregunto el precio: una lira y media. Claro que no es de seda pero si en lugar de eso me piden 50 liras pues lo compro. Tampoco puedo comprarlo al precio de la oferta porque es una tienda al por mayor y me tengo que llevar un saco de pañuelos. Pregunto en otra tienda. Me sacan uno: “¿Es de seda?”. Como dice que sí le pregunto si está hecho en Turquía. Me enseña la etiqueta donde además de Turquía dice que es 100% acrílico. Si no veo la etiqueta lo compro. Conclusión: me venden unas alpargatas de suela de esparto, me dicen que son de seda y me las cobran como tal y las compro. Lo dicho, un “negao”.

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6 comentarios to “30. Estambul, primer día”

  1. Carmen Says:

    Lo de las tiendas sí que no me lo esperaba. desde luego yo sí que no sería capaz de comprar nada, soy como aquello que cuentan de un perro que se queda paralizado ante dos platos de comida…

  2. Al de Turquía Says:

    Carmen, lo que dices no es de un perro que es del asno de Buridán.
    Y seguro que comprarías. pero sin regatear.

  3. Chiqui Says:

    Dos cosas Al…
    – Si hay algo que te gusta, aunque sea 100% acrílico y no de seda… ¡¡da igual!!… Lo impotante es que te gusta, que te ha llamado la atención por algo y te atrae ese pañuelo entre 100… y si encima cuesta una lira y media más. 🙂
    – ¿qué le dijiste al niño para que se fuera corriendo?… estoy intrigadísima.

  4. Al de Turquía Says:

    Le dije al niño: “¿Hablas árabe?” Solo eso. De verdad. Claro que con mi pronunciación igual suena como “te voy a hacer eunuco de la corte del sultán”. Me has dado una idea. Tendré que aprenderlo para mi próximo viaje a Turquía.

  5. jose luis Says:

    Lo malo es llevarse el pañuelo malo y pagarlo al precio más alto. Aunque en este caso era un precio bajo.

  6. Al de Turquía Says:

    No Joseluis, lo malo es ser tan torpe de no distinguir una cosa de otra. Que eso me pasa, nos pasa, en muchas cosas de la vida.

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