
En la calle central de Pushkar un maniquí de una señorita que parece sacada de un serrallo de “Las mil y una noches”. No creo que nadie compre esa ropa para ponérsela, sino es un señor fetichista que se la lleve con maniquí y todo.
Y otro maniquí al que le falta un brazo. Lo curioso es que forma parte de un grupo de tres y lo han colocado el primero, si lo ponen detrás no se vería el desperfecto, pero… estamos donde estamos.
Por esta calle no paran de pasar grupos de señoras y es que conduce al templo dedicado a Brahma, que para un hindú después de bañarse en los ghats es otro de los motivos de venir a esta ciudad.
En el camino hemos encontrado a 3 ó 4 vestidos de santones con una vaca con 5 ó 6 patas, como la que vimos en Sambhar, pero estas más famélicas y con sus patas extras en bastante mal estado, intentado vender esa rareza como forma de… pues no lo sé, pero la gente les da propina para poder tocarlas.
Y como esta ciudad es una de las clasificadas como “santas” para los hindúes también encuentras “sadhus”. Estos según una web dedicada a la India son “asceta hindú que abandona toda su vida anterior y toma el camino de la penitencia y la austeridad para llegar a la iluminación. Por ello normalmente un sahdu ignora los placeres y dolores humanos y renuncia a las posesiones, pero vive en la sociedad”. Yo no tengo tan claro, pero como siempre habrá algunos que lo sean en este sentido y otros unos jetas que viven del cuento.
En un punto del recorrido todo el mundo está comiendo un platito de arroz y es que hay una pareja de caritativos ciudadanos con una gran cacerola que lo están repartiendo.
En esta abarrotada calle no pueden faltar los puestos de venta de brazaletes. ¡Mira que les gusta ese adorno a las señoras indias!
Y la llegada al templo de Brahma es un espectáculo de la India religiosa: mucha, mucha gente subiendo descalza aquellas empinadas escaleras, cada una con un cestillo de ofrendas, aquí una bolsa de anisetes, o algo parecido, que lo depositan deprisa y corriendo en la estatua del dios. Como correspondencia un sacerdote (quizás un sacristán, no sé) les da un trocito de algo con aspecto de dulce. O sea que pasas por delante de Dios unos 3 segundos lo que me parece que no te da mucho tiempo para pedirle nada.
¿Y qué harán con los anisetes y algún coco que también dejan allí?
Por supuesto no se pueden hacer fotografías, pero eso es algo imposible de controlar aquí con los teléfonos. Así que yo “cuando en Roma”…
NB
En plan culto, si eres joven y estás en una reunión de intelectuales: “Cum Romae, ut Romani faciunt fac”. Y si quieres sobresalir en una reunión de viajeros, la trascripción en cingalés: “Si vas a la boda de un murciélago, tendrías que colgarte boca abajo”.
Cada vez que te acercas a una de las escaleras que conducen a un ghat se te aproxima uno (siempre “uno”) que te da un crisantemo o un tagete, no sé, o unos pétalos de una flor para que vayas al lago y hagas una ofrenda. Siempre. Imagina lo que viene después.
En mi viaje anterior a esta ciudad uno le hizo esta maniobra a una americana y luego le pidió 100 dólares. La joven se quedó tan sorprendida que no me extrañaría que se los hubiese dado.
En uno de estos ghats una joven está haciendo una especie de grafiti, pero con tierras de colores en el suelo. Una maravilla.
Y otra particularidad, esta muy desagradable, es que a pesar de ser esta calle principal muy estrecha y con muchísima gente no paran de pasar motos. ¿Por qué no las prohíben? Un misterio indio. Y no será por falta de guardias, pues no he visto tantos policías como aquí. Si normalmente es un oficio de poco trabajo (y cuando trabajan los condecoran) los de Pushkar se llevan la palma de la molicie.
Visitados los ghats y al Dios Supremo nos vamos a la feria de los camellos con un rickshaw.
El joven conductor ha sido muy honrado, pues nos podía haber dejado en la entrada y no nos hubiésemos quejado, pero nos ha llevado hasta el final, donde está el ambiente y el recorrido es muy, muy largo.
Vemos a grupos de turistas occidentales montados en camellos o en carros tirados por ellos. No sé la razón quizás sea por el precio o porque son grupos que lo tienen “todo incluido”.
Los primeros animales que encontramos son caballos, algunos parecen albinos, e incluso uno con ojos azules, y todos con una estampa magnífica. Y es que, a diferencia de mi anterior visita en 2005, ahora hay muchos puestos de compañías que tienen que ver con los caballos y con bonitas instalaciones.
Marisa está más interesada en los camellos y los encontramos, pero apartados de esa zona más comercial.
Quizás esté confundido, pero creo que la otra vez había muchos más camelleros vestidos de forma tradicional que ahora. Imagino que debe ser que los jóvenes prefieren los pantalones vaqueros y una camisa que ponerse ese vestido blanco, “dhoti”, con el turbante.
Esta tarde, aquí, he visto más gente con cámaras fotográficas que en todo el viaje y no solo extranjeros, y muchos con grandes teleobjetivos. Vaya, que el lugar de los camellos lo hemos encontrado siguiendo a un grupito de esforzados fotógrafos de avanzada edad.
Especial éxito para ese gremio lo ha tenido un abuelo rajastaní que sujetaba a un cabreado camello al que le cortaba los pelos de las orejas, imagino que para algún desfile de belleza camellar, y todos los fotógrafos, incluida Marisa, enfrente del depilador.
En ese entorno apenas hay alguna mujer, pero aparecen dos niñas que van a buscar agua con los cántaros metálicos en la cabeza. Pues no, que era un “decorado” para que las fotografiasen y luego pedir dinero por ello.
Unos excéntricos que han aparecido por allí y han tenido mucho éxito con los turistas extranjeros, no con los indios, han sido un par de jóvenes sijs vestidos de azul y con sus armas correspondientes. Y es que me jode muchísimo que no me hayan dejado embarcar en un avión con una llave allen de 2×1 cm y que aquellos se paseasen por aquí con sus grandes sables y un hacha.
Con un rickshaw hasta la estación de autobuses y desde allí a Ajmer.
Cena en un restaurante que se llama “Sol” y que, ¡oh milagro!, tenían comida sin picante.
PS
Marisa ha leído algunas crónicas de viajeros en Pushkar y varios recalcaban lo tranquila que era esta ciudad y como iban allí a reposar de las multitudes de otras ciudades indias: hoy no habría sido el caso.

















