
Cuando estamos cerca de la torre Isarlat nos han abordado dos veces con la misma propuesta: “no merece la pena, cuesta mucho subir hasta arriba y es mejor ir a ver un templo que está enfrente”.
Detrás de tanta preocupación por nosotros hay un claro interés mercantilista, vaya, que quieren llevarnos a alguna tienda o hacer de guía, pero si no son pesados no está mal.
Marisa no ha subido, pero esta torre tiene una particularidad bien rara: no hay ni una escalera, todo es una rampa, lo que facilita la subida, pero dificulta, y bastante la bajada.

Y como no podía ser menos, en las paredes de la escalera, perdón, de la rampa, pintadas ingenuas de esas de corazones adolescentes. Una decía ”Kukku-Nukku First Love”.
¿Tú serías “first love” de alguien que se hace llamar (imagino que es un apodo) “Kukku-Nukku”? Si es que parece una marca de tablas de surf y no creo que por aquí se practique mucho ese deporte.
En general son poco artísticas y con una caligrafía deprimente.

Desde la parte superior una gran vista de la ciudad, pero hoy con bastante neblina o quizás polución y solo con media docena de jovencitos que también han subido.

Es una pena porque en las fotos aparece un gran patio muy interesante que ahora está cerrado y abandonado.
Regresamos a comer a la tranquilidad y comodidad del hotel, pero no hay tiempo que perder, pues todavía hay un extraño museo en una estación de metro para visitar y me voy a verlo.
Resulta que cuando construyeron esa estación encontraron restos arqueológicos y decidieron preservarlos, pero no he entendido como lo hicieron, pues estaba situado entre los andenes y la calle.

Hay una serie de esculturas muy bien expuestas y estoy totalmente solo excepto unos policías que entretienen su trabajo con el teléfono.
Además, la utilización del metro ha sido una experiencia muy interesante, aunque me parece que es un medio de transporte infrautilizado. Jaipur es una ciudad de más de 3 millones de habitantes y esta red de metro tiene una sola línea, que hoy llevaba a las 5 de la tarde unas 30 personas por vagón.

El tramo que utilicé es aéreo con grandes y limpias estaciones y preparado para que vaya poca gente pues la policía controla a cada pasajero en persona y su equipaje. ¿Te imaginas, por ejemplo, la línea 6 del metro de Madrid las 8 de la mañana en Méndez Álvaro?
Es tan poco conocido que en el hotel no tenían ni idea del precio. Uno aventuró que 20 rupias y realmente me costó 6.
Y como siempre en este país hay gente que quiere hablar conmigo. A veces recelo pues acaban siendo ganchos de tiendas o guías no oficiales, pero otras veces son simplemente gente que quiere saber. Así en la estación de metro un joven profesor de matemáticas con sus hijos pequeños, a los cuales cuando se movían más de la cuenta les decía que yo era policía para que se estuviesen quietos. Como era de Gujarat se ha alegrado mucho al saber que yo conocía su estado.

Un letrero explica las recomendaciones para viajar y las prohibiciones, entre estas una especial: “No se permiten las sillas de ruedas”, vaya, las de inválidos y similares.
Y como no han puesto bancos en los andenes, el personal se sienta en las escaleras obstruyendo el paso.
Sí hay escaleras mecánicas, pero solo una, o sea que suben o bajan. Parece mentira en una red de metro tan moderna.

Al regresar al hotel vuelvo a pasar una vez más por la falsa estación de autobuses (o quizás no la he visto) donde en los vehículos con camas que partirán en breve están cargando la baca que no te lo puedes imaginar.

Pasamos el final del día en el hotel, pues es una pena que instalaciones tan estupendas no las aprovechemos.

Hay una “lounge” maravillosa donde una joven occidental habla por teléfono con tal volumen que no puedo dejar de decirle que no está sola. Luego una joven india que estaba también allí sentada, al marcharse me dice “¡Gracias!”. ¡Qué cosas! La pobre la estaba sufriendo igual que yo, pero no se había atrevido a llamarle la atención.
PS
Hoy en la calle nos encontramos con una profesión que solo puede haber aquí: un afilador de espadas y puñales.

Y otra que también me sorprende: un tintorero en la calle cerca de la torre.

19/06/2025 a las 12:09
Esas tiendas y los que empeñan estos trabajos son trabajos que todavía sigue siendo muy prometido. Cada casa tiene un cuchillo de hierro que requiere afilado, y donde lo lleva para que funcione toda la vida, un afilador.
las mujeres indias les gustan sus colores, pero haz de saber que las tintorerías sirven más cuando hay esconder la mancha de la ropa: por ej, una vez tenía un chal bello de pashmina de color Crema suave y tenía unos bordados de color naranja y rosa y por alguna razón al lavarla, se lo mancho a todo mi chal, la solución para seguir utilizándolo fue llevar a un tintorero para que me lo cambie el color bermellón, ya que negro no es mi preferido.
Además, cuando un oficio está designado en la calle, a pesar de hacer un trabajo de excelente calidad, se gana muy poco.
si recorres una partes de Nueva Delhi, como mercado de lajpat nagar,los encontrarás…
19/06/2025 a las 12:39
Smriti, para nosotros lo sorprendente no fue el oficio de afilador, sino que lo que afilaba eran puñales.
Gracias por tus comentarios que añaden tu visión india a nuestra experiencia personal.