13. India 2024. 3 de noviembre de 2024, domingo. Sexto día de viaje. Amritsar, día 4. Segunda parte.

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Hoy tenemos que dejar la habitación, pero he llegado a un acuerdo con el encargado y nos dejará otra a un precio especial hasta que nos vayamos. Una buena solución.

Después del descanso en el hotel volvemos al Templo Dorado otra vez y al sentarnos para descalzarnos y llevar lo zapatos a la consigna lo hemos hecho al lado de un abuelo de esos que van vestidos de “típicos”. El señor nos habla y habla y al final me dice que quiere fotografiarse con nosotros. Creo que lo que quería era hacerlo con Marisa.

De nuevo en la entrada y antes de que me pregunten y me toquen los bolsillos en busca de tabaco y la mochila en busca de los zapatos le digo al vigilante que no llevo tabaco y le enseño la ficha de la consigna del calzado. Se echa a reír y me deja pasar.

Aquel entorno sigue siendo una maravilla y ahora hay algo menos gente que estos días pasados, aunque sigue habiendo cola en un lugar donde solo van las mujeres.

Aprovechamos para ver el último lugar que nos faltaba de aquel gran complejo, el comedor, “Guru-ka-langar”.

Un “langar” en el sijismo es una cocina comunitaria de una gurudwara donde sirven comida vegetariana gratuita a cualquiera sin tener en cuenta la religión, ni la casta. La gente se sienta en el suelo, uno al lado del otro (lo de la mañana era un templo hindú).  Los que trabajan allí son casi todos voluntarios.   

La web del templo dice que “En la cocina comunitaria del Templo Dorado, un promedio de 100.000 devotos o turistas toman el langar diariamente, pero la cantidad se duplica en ocasiones especiales. En promedio, se utilizan más de 100 quintales de harina de trigo, 25 quintales de cereales, 10 quintales de arroz, 5000 litros de leche, 10 quintales de azúcar y 5 quintales de ghee puro al día. Se utilizan casi 100 cilindros de gas licuado de petróleo para preparar las comidas. Cientos de empleados y devotos prestan sus servicios en la cocina”.

Por todo ello en muchos sitios aparece como el comedor más grande del mundo.

Así nada más entrar nos han ofrecido una bandeja metálica para recoger la comida, pero me he conformado con un bol de té con leche. Además que no podría sentarme con las piernas cruzadas como los indios y aquí solo se sientan en sillas los medio tullidos y similares.

Aquel ambiente es increíble pues el flujo de personas que entra no para y hay cientos de bandejas apiladas, miles de cubiertos, gente sentada en el suelo comiendo y al fondo, donde dejan la bandeja después de hacerlo, una cadena de una docena de hombres las recogen y las limpian someramente y las llevan a unos grandes fregaderos donde las dejan como nuevas.

Así hay un grupo de tres que limpian y cortan ajos sin parar.

Y todo ese tráfago con voluntarios. Y encima Marisa no ha tenido ninguna restricción en fotografiarlo, e incluso en algún momento se lo han pedido, como este padre e hija.   

Volvemos al templo y sigue habiendo grandes colas para acceder al Sri Harmandir Sahib.

Acabamos dando la última vuelta al gran estanque; la lectura del libro sagrado que hace uno de los sacerdotes se oye en todo el recinto y en un momento dado todos se ponen de pie como si rezasen.

Ha sido un bonito final de nuestra última visita con este templo más impresionante que nunca.

Regresamos al hotel para el último descanso antes de ir a coger el autobús.

Frugal cena en el hotel, pues es el único lugar donde se puede comer una tortilla sin que sea picante y a las 9 nos vamos al cubículo de la agencia pues, aunque la hora de salida es a las 9:40 hay que estar allí a las 9 y cuarto. Pero a las 9:40 no aparece el autobús sino un rickshaw donde nos meten a nosotros dos y a otros dos pasajeros y nos llevan fuera de la ciudad a un chamizo donde por donde se supone que pasará el autobús que por fin ha llegado a las 10:40 de la noche.

Marisa siempre dice que en la India no te pasará nada tipo atraco, robo, violencia… pero que te engañarán o, mejor, que lo intentarán y dependerá de la suerte y de tu astucia para que no lo hagan. Y hoy ha sido una de esas ocasiones.

Habíamos comprado una “cabina” que debía ser como un cubículo con una cama para los dos y según la web de la compañía te proporcionaban una manta, agua, wifi, lámpara… Y sobre todo un lavabo, casi imprescindible para un viaje tan largo.

Nuestro autobús procedía de algún lugar donde no se pasaba por Amritsar, de ahí nuestra espera en el quinto… (pon lo que quieras) e iba lleno, lleno de pasajeros, tanto que una de nuestras dos maletas no cabía en la bodega y hemos tenido que cargar con ella dentro del autobús. 

Este tenía el pasillo lleno de gente larga o sentada por el suelo y nuestro “departamento” completo, quizás una familia entera. El ayudante del conductor después de una buena bronca con ellos ha conseguido que lo dejasen libre, aunque no demasiado limpio y en general todo el vehículo tenía un aspecto bastante lamentable.

O sea que nos han engañado con publicidad falsa, pues aquello no se parecía en nada a la descripción, ni a las fotografías de la web.

Encima la pobre familia “desocupada” no paraba de gritar y charlar hasta que les ha dado un buen grito y se han refrenado, que no callado.

Teníamos por delante unas 10 horas de autobús y con nuestra cama encima de las ruedas traseras, con un aire acondicionado muy fuerte y sin saber si iba a parar en alguna ocasión para ir al lavabo excepto para el ”breakfast”, que fue la única palabra que logré arrancarle al conductor cuando le pregunté que dónde paraba a lo largo del recorrido.

Añade a todo esto que como estamos donde estamos, o sea en la India, el chófer no ha parado de tocar el claxon con ahínco en cualquier situación.

Pues he dormido casi toda la noche y Marisa casi nada.

Se ha hecho de día y el paisaje era bastante monótono y sin nada especial.

En ese recorrido diurno vuelvo a comprobar como este país, la India eterna no ha cambiado en todos estos años: construcciones sin acabar, construcciones acabadas, pero sin mantenimiento, las carreteras en muy mal estado….

No era la mejor manera de entrar en Jaipur, la joya de la corona del turismo de la India, pues lo que debía ser una estación de autobuses en realidad era un maremágnum de grandes autobuses como el nuestro, pero todos con mejor aspecto exterior, por lo menos, y rickshaw mil moviéndose por allí.

PS

En nuestra última visita al Templo Dorado no hemos podido evitar la petición de un grupo de jovencitas de retratarse con nosotros.

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