
Antes de llegar al mercado de San Telmo, pasamos por la iglesia de Santo Domingo y están en misa: está casi llena y pasan muchos fieles a comulgar e incluso había una feligresa con mantilla blanca.
De la sacristía, o similar, sale un cura bastante mayor (este no va vestido de dominico como el resto) se dirige a un confesionario y tiene cola esperando para recibir ese sacramento.
NB
Para los que no estudiasteis en colegios religiosos.
La confesión es uno de los siete sacramentos y estos producen la “gracia santificante”.
Algunos pueden realizarse una sola vez, como el bautismo o el matrimonio.
Vaya, parece que este no sea así, pero el matrimonio católico, el del sacramento, es indisoluble y si te casas más veces no será con el sacramento. O sea, que vivirás, quizás cojonudamente, pero en pecado.
Otros, como la confesión se pueden realizar tantas veces como se quiera, lo que no entiendo por qué los escolapios no nos hacían confesar todos los días y no solo una vez por semana, creo que los sábados, a no ser que hubieses cometido un pecado mortal y te fueses a confesar rápido no fuera que te murieses entonces y a pesar de haber llevado una vida piadosa y ejemplar fueses directo a la caldera de Pedro Botero, eufemismo (estúpido) para designar al infierno.
Pues en la iglesia de Santo Domingo cola para ese sacramento y además con los confesionarios “de obra” y con este bonito eslogan: “Noli amplius peccare”, “No peques más”. Estos latinos no se lo trabajaban demasiado.

En el exterior de la iglesia un magnífico monumento patriótico (¡pero mira que son patriotas estos argentinos!).
Tendré que averiguar a quién está levantado, pues en su base leo “El ejército de la nación creador de su gloriosa bandera”. (Todo en mayúsculas, por supuesto).
Y en el otro lado, además de la frase en latín (en latín de primero de bachiller) “Honorem deo et patriae liberationem”, dice que fue “Vencedor en Tucumán”. Aquí, para los argentinos, esta última frase debe ser como lo de “Covadonga” en España, que enseguida le pones el nombre de Don Pelayo.
En la puerta de la iglesia, que se llama “Basílica de Nuera Señora del Rosario” hay un letrero que informa de los conciertos de órgano. ¡Lástima que se nos ha pasado el de hoy!
Para compensar tanta espiritualidad, un letrero bestia en un bar: “DELOSCOJONES”. Escrito así, con mayúsculas y todo junto
Ya no se puede ser más imbécil y más en este país que tiene tantos letreros poéticos en todos los sitios.
En un restaurante anuncian “Mondongo a la española”. O sea, callos.
Y ya estamos en la famosa feria de San Telmo.
La guía dice del barrio que es uno de los más atractivos de esta ciudad con sus estrechas calles adoquinadas y casas coloniales.
De la feria dice que su calle principal está cerrada al tráfico y que es un mar donde los de aquí y los turistas echan un vistazo a los puestos de artesanía, esperando a los que venden zumo de naranja (no vi ni uno), haciendo algo que no he entendido en la Plaza Dorrego y oyendo las actuaciones de los músicos callejeros. Acaba recomendando que tengas cuidado con tu bolso.
Y seguro que tiene algún récord en el estúpido libro de los estúpidos récords, pues no creo que haya otra calle con tantos puestos y tan larga. No solamente ocupa casi toda calle Defensa, sino que también lo hace en algunas de las calles aledañas.
Y uno de sus alicientes es ver y oír a músicos callejeros, aquí por supuesto con acordeón, y a alguna pareja bailando tangos, aunque también pasan por allí algunos de los pobres cartoneros que los miran sonrientes.
Y no solamente tango, también un trío de flamenco con la bandera española, pero también la argentina.
En el recorrido por el mercado y con el afán de comprar regalos hemos dado con un señor muy gracioso que vendía piezas esmaltadas y le hemos comprado al ir y al volver. Esta segunda vez hemos charlado con su compañero de puesto, un tío de unos 50 años que parecía tener 80 o más y vestido de sadhú indio. Había estado una temporada en la India, de ahí su vestimenta y pensaba volver en breve. Una persona increíble, pues nos explicó que no hablaba ni una palabra de inglés, pero que había estado viviendo con sadhús.
No intenté averiguar donde había estado, pues me temo que me iba a contar un cuento, pero fue muy simpático. Quizás ni había estado allí.
Y al lado de ambos, una artesana de plata que no solamente conocía la existencia de Badajoz, de donde procedía su familia, sino también Teruel por sus forjados. Parece que sabía de ellos por un catálogo que había comprado y tenía ganas de ir allí para verlos. No quise desilusionarla, pero ir a la provincia de Teruel en su busca no es como entrar en el Prado para ver los Velázquez.
También nos encontramos con un mercado cubierto, seguramente un antiguo mercado de abastos, transformado, como en España, en un lugar de restaurantes, tiendas de “productos exclusivos” y algún anticuario tirando a chamarilero.
Un detalle de la “exclusividad”: “buñuelos de acelga”.
Y como no pueden dejar de ser argentinos inventándose frases ingeniosas, esta para la cerveza: “Más fría que abrazo de suegra”.
Y por supuesto lleno a rebosar, que es casi imposible tomarse nada.
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