
Hoy lo vamos a dedicar a Salta y además de una forma diferente: con un amigo salteño.
Es una cosa muy especial y no voy a contar como tengo ese amigo, pero lo tengo.
Quedamos con él para que nos enseñe “su ciudad” y empezamos por su plaza, que ayer ya descubrí que era muy bonita, pero que habrá que esperar a que acaben su restauración para verla en su verdadera dimensión.
Nos enseña la catedral y especialmente una imagen de un Cristo que tiene una historia muy interesante, pues procede de España desde donde fue enviada, pero que sufrió un naufragio en su camino.
Es una talla muy importante que algún estudioso sitúa en el taller de Montañés.
Y después de la parte artística, la gastronómica: nuestro amigo nos descubre las empanadas salteñas, una especialidad local (creo que reconocida en todo el país) y que, por lo menos estas, eran una delicia y más en aquel entorno de la Plaza 9 de Julio.
Y nos enseña la técnica para poder cogerlas sin quemarte, pues las sirven muy, muy calientes. Ahora Marisa y yo podremos pasar por verdaderos salteños.
Con él descubrimos que a la uve la llaman “be corta” (¿tendría que escribir “ve corta”?) y a la be, “be larga” y a la uve doble, “doble be”. También que a los soportales de la plaza les llaman “recovas”.
Le acompañamos a hacer algunas compras y así conocemos a unas bolivianas que venden fruta en un mercado tipo mayorista y luego a otro que vende gaseosas, que es como llaman aquí a los refrescos de forma general.
Lo curioso aquí fue el dueño del negocio, un sirio con el que sí pude utilizar mi desconocimiento del árabe con la única frase que conozco: “Yo no hablo árabe, ¿y tú?”
Nos contó una anécdota de otro sirio que tenía un negocio cercano y que según él había ayudado mucho a otros connacionales.
Un día le preguntó:
– “¿Cuánto ganas en la tienda?
-El 1% de todo lo que vendo
-¿Y cómo consigues mantener a toda la familia y tener a tus hijos estudiando con ese margen?
-Pues me cuesta uno y lo vendo por el doble”.
Sobre sirios y sus vecinos.
Leí que después de la guerra de la independencia (de nosotros, ya sabes) esta región entró en decadencia y solo se recuperó a finales del siglo XIX con la llegada del ferrocarril y la de inmigrantes españoles, italianos y árabes, sirios y libaneses especialmente.
Y esos árabes eran cristianos ortodoxos del rito antioqueño, de ahí la Iglesia de San Jorge de la que escribí cuando llegué a esta ciudad.
Quedamos con nuestro amigo para cenar en su casa y nos han gustado tanto las empanadas del aperitivo que decidimos comerlas de nuevo en un lugar que recomienda la guía del que dice que son “uno de los sitios con mejores empanadas de la ciudad, todas al horno” y sin “frills”, que quiere decir sin “chorradas extras”, aunque su traducción sería “sin lujos” o “sin florituras”, pero, aunque no conocieras la palabra, nada más entrar ya lo entenderías.
“Frill” también significa “vieira”. Por si acaso la usas.
Pues eran buenas, pero no buenísimas, aunque aquel cuchitril estaba siempre lleno y con clientes esperando.
Nos vamos a visitar la iglesia de San Francisco de la que solo conocíamos el sorprendente exterior.
En la puerta dos poderosas comadres están charlando y una de ellas porta el consabido capazo del mate. Imagino que dentro del recinto sagrado no lo beberán, pero nunca se sabe.
También en la entrada una curiosa publicidad de los que venden lo “misioneros franciscanos”: “Naturae Vegetalis” que significa “Cosmética Natural Activada con Productos Apícolas”.
Estos latinos eran unos genios.
Así que venden miel y todo lo de las abejas, incluyendo champú.

Lo que también me sorprende es que sean “misioneros”, pues vista la cantidad de fieles que había esta mañana en la catedral, no creo que esta sea una “tierra de misiones”, sino todo lo contrario.
La iglesia es preciosa. La guía dice de ella que es la más impresionante (o llamativa, no sé) de toda la ciudad y realmente desde cualquier punto en que la divisas te sorprenden sus colores, que “combinan terracotas y marfiles, que resaltan una compleja ornamentación” (Wikipedia dixit).
Todo es precioso, excepto un “Niño Jesús” al que la guía lo define como “spooky”, palabra que tuve que buscar en el diccionario, pero que al verlo te percata de que realmente es así.
También te sorprende dentro de la iglesia un gran Cristo colgado, o mejor, suspendido del centro del techo delante de la cúpula: es el “Crucifijo de San Damián”, como explica un letrero en la iglesia.
“Es un icono de Cristo glorioso, … pintado en tela en el siglo XII de estilo románico bizantino… y cuyo original se encuentra en el monasterio de las Clarisas de Asis”.
De regreso a nuestro hotel nos damos una vuelta por la tapia que rodea el solar que tenemos enfrente y que está decorado por bonitos y disparatados grafitis.
Y como no podía ser menos, uno de ellos es del glorioso y santificado Messi.
Claro que otros no son tan santificantes.
Acabamos el día, tardísimo, en casa de nuestro amigo, junto con otros amigos de él, comiendo “asado argentino”, que estaba de miedo. No recuerdo haber comido carne de vacuno mejor en mi vida.
PS
Hoy el “encuentro” más curioso y divertido ha sido el de tres ciudadanos salteños que dormían plácidamente en un banco de la Plaza 9 de julio.
Plaza donde acabamos nuestro circuito turístico con unos cafés maravillosos.














