0. Argentina 2023.  Me voy.  

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2008. Joven leyendo en Rangún.

Antes de emprender el viaje leo “Viaje a la Patagonia” de Chatwin, un libro y un autor al que llevaba tiempo queriendo conocer.

Y es un libro de viajes, pero es algo más.

Así descubro un estudio académico hecho por Isabel López Hernández, que parece como una tesina y que se titula “La obra literaria de Bruce Chatwin: disquisiciones en torno a su clasificación”.

2018. Shanghái. 上海市.
2018. Leyendo en el templo de Jing’an.

Su comienzo es estupendo, habla sobre el “instinto viajero del hombre” y lo relaciona con Pascal, según el cual (en el antedicho estudio) “la infelicidad procedía de la incapacidad humana de permanecer en una habitación sentados. No se puede afrontar la idea de la mortalidad y por ello se buscan constantemente distracciones que desvíen la atención sobre la única preocupación: la muerte. De esta forma, el hombre está condenado a cambiar de lugar constantemente con el único fin de evitar la pregunta existencial. Chatwin padecía las consecuencias de lo que Baudelaire denominaba “horreur du domicile”, el terror a permanecer en casa”.

2017. Viaje a Corea. Journey to Korea.
2017. Aeropuerto de Doha.

Y así la autora pone este sintagma, “horreur du domicile”, como una de las “palabras claves” junto a “homo viator”.

NB

Para los jóvenes (de menos de 67 años) que no estudiasteis latín en vuestra escuela: “viator”, “viajero”.

Y empieza con una frase clave: “¿Por qué viaja el hombre en lugar de quedarse en su hogar?”.

Y Chatwin, al que luego de leer este trabajo entiendo mejor, “sentía pasión” por los nómadas. A mí me interesan, pero “sin pasión”, aunque me hubiese encantado hacer la ruta de la seda con un grupo de ellos o la de la sal con los tuaregs.

1987. Viaje al Sahara.
1987. Dunas del Gran Erg occidental en Taghit.

Y por supuesto me interesa esa reflexión aplicada a mí mismo: ¿por qué viajo? Tengo algún amigo que lo achacaba a mi entorno infantil familiar: yo era un niño que viajaba a Zaragoza y a Tortosa (allí a veces solo) desde mi pueblo (tres horas en tren en cada caso), cuando mis condiscípulos no lo hacían o menos veces que yo y es que los familiares de ferroviarios (mi padre lo era) teníamos derecho a un “kilométrico” que nos permitía viajar 5.000 km al año y algún año de adolescente lo sobrepasé.

1987. Viaje al Sahara.
1987. Dunas del Gran Erg occidental en Taghit.

Lo curioso es que Chatwin emprendió su vida viajera con su recorrido a la Patagonia en los 70 del siglo pasado, cuando ya se habían acabado los grandes viajes de exploración del siglo XIX y comienzos del XX.

1987. Viaje al Sahara.
1987. Amanecer desde ermita del Padre Foucauld en Assekrem.

Y así “llega a la conclusión de que lo importante es el viaje en sí mismo, no el fin”, que me ha recordado el comienzo del maravilloso poema de Kavafis:

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias”.

Por si no lo recuerdas te dejo el enlace de un vídeo con la letra y un maravilloso recitado de José María Pou.

Y ya, para morirte, en griego y fondo de Bach.

Tuve una vez Ítaca al alcance de mi vista, pero no fuimos a visitarla, ¡cuánto lo siento!

Sigo con Chatwin.

Hay una frase del estudio que me ha recordado alguno de mis viajes: “Su huida constante hacia el lugar más remoto de la tierra…”.

A veces he ido (hemos ido, pues casi siempre lo he hecho con Marisa, mi fiel compañera) a lugares que, como luego he descubierto, y también Chatwin en su libro, su único interés residía en que era el fin, que no había a nada más allá, fuese un cabo, una carretera sin salida, un pueblecito en una frontera…

1987. Viaje al Sahara.
1987. Assekrem.

Pero Chatwin “Convirtió su pasión por el viaje en su profesión”. Que ya me hubiese gustado a mí.

Una vez calculé las casas, pisos y alojamientos en los que había vivido: 20 en 8 ciudades distintas. Y mis padres vivieron siempre en la misma casa desde que se casaron.

Como curiosidad descubro que Chatwin y Rushdie compartieron viaje por Australia en el 1984.

Y algo terrible para alguien que había hecho del andar el eje de su vida: murió en 1989 a los 49 años sin poder hacerlo: “Murió porque había dejado de ser nómada”.

¿Me pasará a mí lo mismo?

1987. Viaje al Sahara.
1987. Assekrem. Amanecer desde ermita del Padre Foucauld.

Una frase del estudio: “Para Chatwin, al igual que para Greene, el viaje constituye una metáfora de la vida y el modo de expresión religiosa más antiguo que existe”.

Y finalmente encuentro una frase de Melville en Moby Dick a propósito de Queequeg, que me recuerda los reproches (cariñosos) de mi amiga Carmen de que yo iba a sitios que no estaba en los mapas: “No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos”.

1987. De Assekrem a Arak.

En esta ocasión no visitaremos ningún Queequeg: todos los lugares estarán en los mapas y si encuentro alguno que no esté tampoco lo contaré como hice con una isla maravillosa que encontré en el Mekong.

Te dejo unas líneas del libro de Chatwin, para animarte a leerlo: 

Le pregunta uno de la fe Bahai al autor.

“-¿Qué religión profesa usted? ¿Es cristiano?

-Esta mañana no profeso ninguna religión específica. Mi Dios es el dios de los caminantes. Si caminas mucho, es probable que no necesites ningún otro Dios.”

1987. Viaje al Sahara.
1987. El-Goléa. Iglesia de San José. Tumba del P. Foucauld.

PS

Las fotos, de mala calidad, son de un viaje al Sahara con nuestro amigo Miguel, del que algún día escribiré la crónica.

Esta primera entrega es más larga de lo que serán el resto, pues no encontraba la forma de partirla en dos o tres.  

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