21. Japón 2016. 11 de marzo, viernes. Undécimo día de viaje. Hakodate. Día 2. Segunda parte.

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Esta tarde con el frío hasta lo más profundo del ser… No, demasiado “profundo”.
Esta tarde con el frío hasta lo más profundo de lo más profundo… Tampoco.
Bueno, esta tarde con mucho frío en el cuerpo he pensado que era el momento adecuado para irnos a un “onsen”. Pero Marisa ha declinado la oferta, así que me voy yo solo y al mismo en el que estuve la vez anterior: el onsen de Yachigashira, al que se llega fácilmente con un tranvía pues además está cerca del final de la línea.
Esto de la etiqueta del onsen es un problema dada mi ignorancia pues con esta será la tercera vez, así que me fijaré en lo que hace el resto del personal:
1. Nada más entrar zapatos fuera, que dejas en una taquilla con llave. Y los calcetines.
2. Así, vestido pero descalzo, vas a la recepción donde pagas tras enseñarte la/el recepcionista un papel en inglés con una serie de puntos. La/el recepcionista, por supuesto, ni una palabra de inglés. Así que no esperes resolver allí las dudas que te plantea la información que has recibido.
3. Subes vestido y descalzo por una escalera que se acaba en una T: hay unas grandes telas muy artísticas con bonitos signos japoneses que imagino indican que un lado es para el baño de los señores y otro para las señoras. Espero para ver adonde van unos y otros. Afortunadamente es un momento de tráfico porque si voy cuando hay pocos bañistas me tengo que esperar allí 10 minutos. Hace años fui a un baño turco en una ciudad del interior de Turquía y un letrero advertía algo así como los días de la semana para los hombres y las mujeres. Y por lo visto ese día no me tocaba aunque intenté entrar. Así que ahora soy más cuidadoso.
4. Entras en un gran vestuario donde un empleado del onsen al ver mi torpeza me explicó cuidadosamente que metiese la ropa en una taquilla (de unos 50×50) y que la correa con la pulsera de goma con la llave me la colocase en la muñeca. Y allí ya había una docena de caballeros “à poil” vistiéndose o desnudándose o descansando en algún sillón.
5. Y entonces entras en una sala de altos techos donde están los baños, que aquí son muy grandes. Y todos llevan un cestillo de plástico con sus objetos de aseo personales y una toallita diminuta.
¿Para qué sirve esa toallita? Pues algunos la llevan en la mano y de esa forma andan sin más y otros más vergonzosos (o quizás emasculados) se la ponen pudorosamente delante del escroto como quien no quiere, pero tapándose de esta manera las vergüenzas. O las glorias.
6. Y lo más extraño es que cuando entran en la piscina-baño los unos y los otros se colocan esa toalla doblada encima de la cabeza. Pues eso hice yo sin saber porqué lo hacía.
7. Ahora llega el momento de elegir la piscina en la que quieres entrar. Si eres japonés (o sea todos menos yo) hay un letrero en la pared que dice: “Piscina mediana 40ºC. Piscina grande 42ºC. Piscina pequeña 44ºC”. ¿Y si no eres japonés? Pues entras en la primera que encuentras: la de 44ºC ¡Joder como quema! Y como estaba convencido, sin razón, pero convencido, de que era la menos caliente y que qué me pasaría cuando cambiase a la más caliente aguanté allí. Claro, cuando al final cambié encontré la de 40ºC bastante fría.
8. Sales de la piscina, coges tu cestillo y te sientas frente a un par de grifos donde te lavas a fondo e incluso te afeitas. Eso si te has llevado jabón. O te duchas sin más pues el agua de las piscinas de este onsen viene directamente del centro de la tierra y es de color marrón oscuro.
9. Vas a tu taquilla y te vistes. Y yo no sé si era por lo del baño a 44ºC o porque no había comido y eran las 6 de la tarde pero me costó un gran esfuerzo hacerlo. Y no dejaba de pensar en que me pasaría si me desmayaba en aquel sitio. Y Marisa esperándome en el hotel para ir a cenar.
Una experiencia que recomiendo a todo el mundo.


Cuando llegamos a Hakodate no pudimos ir a comer donde recomendaba la guía, “Daimon Yokocho”, pues solo servían cenas (¡a partir de las 5 de la tarde!) así que iremos hoy. Son dos callejuelas estrechas con restaurantes minúsculos a cada lado, tan pequeños que suelen tener solo una barra donde caben unos 10 comensales, así que si va un grupo de amigos lo llenan. O sea que están que no cabes o están vacíos. Damos con uno donde solo hay una pareja y ha sido un acierto: por la comida y porque los dos camareros han sido de lo más simpáticos. Y más al saber que éramos de España. Porque de entrada te preguntan si eres canadiense o australiano. Sobre todo porque no saben inglés y no se percatan de mi chapucero acento y peor sintaxis. Pero al conocer nuestro origen abren los ojos como platos (licencia poética) y la sorpresa da paso a la simpatía. La joven camarera estaba muy interesada en saber cosas nuestras y ha echado mano de un traductor del teléfono: “¿Cuánto tienes aquí?”. Le habría contestado que ”aquí solo a mi señora”, pero no puedo explicarle la diferencia entre ser y estar, haber y tener. Que me hubiese gustado.


Rápidamente me dice: “Antonio Gaudí”. Bueno, quizás me dijo “Antoni” pero mi formación nacional-sindicalista traduce los nombres, aunque quizás lo bautizaron como “Antonio” antes de la Wikipedia.
Después dijo “paella” y luego “ajillo”. O sea un curso acelerado de español en tres palabras. Nos preguntó si comíamos paella todos los días. Le debía parecer que era como aquí la sopa de miso o el arroz hervido. Que no. Y sobre el ajillo no tenía ni idea de que se trataba. Entonces le di una lección de “ajillo”. Más o menos. Porque allí nadie hablaba inglés. Y digo “nadie” porque en la conversación estábamos todos. Nosotros, los dos jóvenes camareros-cocineros del restaurante, la pareja de clientes que había cuando llegamos y una pareja de chicas que llegaron después.


La sorpresa vino cuando les expliqué los platos donde se ponía el ajillo: “chicken al ajillo”, “rabbit al ajillo”…Y casi salen todos corriendo: “¿RABBIT?”. Incluso uno hizo la figura del conejo con las dos orejas grandes. Es que no sabían siquiera que se podía comer. Para ellos debe ser solo una mascota. Al final acabamos con una sesión de fotos horrorosa y con el camarero aprendiendo a decir “La casa del cangrejo”, pues en la pizarra estaba escrito con grandes letras “Welcome Crab House”. Por cierto, prueba a que un japonés diga “cangrejo”. Verás que divertido.


Una gran juerga y un buen final para Hakodate.

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