17. Japón 2016. 9 de marzo, miércoles. Noveno día de viaje. De Ichinoseki a Hakodate.

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Hoy en el desayuno, además de albóndigas, hay una sorpresa y un enigma: huevos fritos. La sorpresa ha sido encontrarlos pues es la primera vez y el enigma saber cómo se comen sin pan y con palillos.
Marisa coge uno muy hecho con lo que no tiene problemas: lo parte y se lo come como cualquier sólido. Yo vigilo a otro comensal que veo que lo mete en un bol, con arroz y así lo parte en su interior y lo come perfectamente.
Luego observo a un tragaldabas: coge un trozo de pan de molde, lo unta con abundante margarina y le pone el huevo frito encima. Y con una cara de gran satisfacción lo coge con la mano y se lo come. Marisa que está de espaldas, pero a quien le relato la jugada, me pregunta que qué pasará si se le escapa la yema. Pues se le escapa. Entonces le cae por la mano y con la misma cara de satisfacción se pega un par de lengüetazos y así se la limpia. Debe ser una gran falta de educación pero no he podido observar más comportamientos al respecto.
Hoy vamos a ir de Ichinoseki hasta Hakodate, o sea desde el norte de la isla de Honshu, la más grande y poblada, donde se encuentran las ciudades más importantes y conocidas, hasta Hakodate en el sur de la isla de Hokkaido. Y para ello vamos a coger tres trenes, de nombres tan sonoros como “Hayabusa” y “Hayate”, ambos del tipo shinkansen y un “Super-Hakucho”” este ya no es de alta velocidad pero con el que cruzaremos de una isla a otra, pues hasta el día 26 no se inaugura la alta velocidad de Honshu a Hokkaido, acontecimiento este muy importante pues el resto de las islas grandes sí están conectadas de esa manera, lo que acortará considerablemente el tiempo del trayecto. Ni que decir tiene que esa fecha está anunciada profusamente con grandes caracteres en todos los sitios. Será interesante viajar ese día.
En Ichinoseki, como en todas las estaciones con trenes de alta velocidad, hay dos estaciones, que están juntas pero no son la misma. Parece una tontería escribirlo pero lo remarco para que no lo olvides si vienes aquí pues hemos estado a punto de perder el tren por ese despiste.
Conforme te vas alejando hacia el norte de Honshu la densidad de la población disminuye. Sigue habiendo casas pero ya no es como en el resto de la isla. Y también hay muchos campos que parecen yermos pero que imagino que serán de arroz.
Esa diseminación de la población no es comparable a los espacios vacíos que te encuentras en España. En las poblaciones importantes se ven algunos edificios de 8 ó 10 plantas pero en general todo son viviendas unifamiliares. A lo mejor viven 40 vecinos en cada casita pero el aspecto es de unifamiliar. A pesar del ambiente muy fresco vemos en las estaciones a “ejecutivos” con traje pero sin ropa de abrigo.
Llegamos a Morioka y allí está el volcán Iwate dominando el paisaje. Ya que no pudimos ver el Fuji nos tendremos que conformar con este. Aquí cambiamos a otro tren que nos llevará hasta Aomori; afortunadamente el nuevo está en el mismo andén al que hemos llegado.


Y asistimos a un espectáculo como solo se puede contemplar en Japón: en cuanto nos bajamos del tren, y dado que Morioka era la estación final de ese recorrido, apareció una brigada de unos 20 operarios que se pusieron a limpiar el exterior del tren. Pero lo hacen con una bayeta cada uno y dejándolo como seguro que no tienes la cocina de tu casa, pues aquí no solamente lo hacen a conciencia (¿qué tendrá que ver la “conciencia” con la limpieza?) sino que después pasa un supervisor (en tu cocina no), y nunca esta palabra se puede emplear en un sentido más exacto, que revisa cada centímetro de la superficie y la repasa si ve cualquier imperfección.


Pero es que aquí estamos hablando de un convoy enorme, quizás de 14 ó 15 vagones. Y lo curioso es que todos son hombres y la mayoría parece que están a punto de jubilarse. He pensado incluso si no serían penados de alguna cárcel que hacen esto para redimir condena. Me parece estupendo pero no veo yo a los penados concejales del PP y Convergencia haciendo esa tarea. Claro que como aquí llevan mascarilla higiénica no los reconocerías. Solo al Sr. Urdangarín por su porte mayestático y al Sr. Bárcenas porque sería el supervisor del grupo. Por el contrario el interior de los vagones los limpia una brigada de señoras. De estas no he podido hacer ninguna observación pues el tono oscuro de los cristales me impedía verlas.


Muy instructivo.
A poco de salir de Ichinoseki se veía mucha nieve en las montañas pero luego la nieve se ha ido acercando y la hemos tenido en mayor cantidad conforme íbamos hacia el norte.
Estos trenes tienen un completo servicio de lavabos: uno para señoras, (que no sé cómo es), uno mixto y para inválidos donde además de lo habitual hay un pequeño lavabo generalmente sin jabón, un mingitorio (solo caballeros) y un cuartito, este abierto, con un lavabo. El de hoy tenía encastrado en el mismo sanitario el jabón, el agua y el aire para secarte las manos. He pensado que solo le faltaba el fuego y hubiese sido como las leyes de la termodinámica en versión mitológica pero en lavabo.


Y como todos estos trenes de alta velocidad el espacio entre las filas es enorme: 95 cm de respaldo a respaldo. Así aunque te eches para atrás no molestas al otro pasajero.
Llegamos a Aomori y no solamente hay mucha nieve, es que además está nevando. Marisa me dice: “Me has engañado; me has traído al Ártico”. Y eso que todavía estamos en la isla de Honshu. No sabe lo que le espera en Hokkaido.
Así en esta estación hay una bonita máquina quitanieves con un grafiti de la misma compañía de ferrocarril: un bonito dragón. No sé qué relación tendrá ese reptil mitológico con la nieve.


Aquí dejamos la alta velocidad pero el vagón sigue siendo confortable. Este convoy tiene la particularidad de que con él atravesaremos el estrecho de Tsugaru por el túnel Seikan por debajo del mar. Y para estar bien informados tiene un horario con el momento en que entra en el túnel, sale y cuando está a la máxima profundidad, 240 metros de los cuales 140 son de agua y 100 de tierra. En total estaremos 26 minutos en el túnel.


En el respaldo de cada asiento hay un bonito bolsillito para dejar el billete. ¿Con qué fin? Pues lo he descubierto por un viajero que está cerca: se echa a dormir y el revisor no tiene que despertarlo.


Aparecemos en Hokkaido y hay más nieve todavía. Bueno, realmente no hay más que nieve. Además como dejan expeditos los aparcamientos, calles, carreteras,…pues amontonan la nieve que por el frío no se derrite y ves unos montones enormes.


Y al fin Hakodate.
Al bajar del tren compruebo que varios pasajeros fotografían entusiasmados la cabecera del tren. Yo hago lo mismo aunque sin saber el motivo. No había visto nada semejante pero no sé cómo me enteraré de las razones.


Vamos al hotel de nuestra cadena favorita y como hasta las 3 de la tarde no se puede acceder a las habitaciones (lo habitual son las 4, lo de las 3 es por ser cliente habitual) nos vamos a comer. Hoy va a ser el primer día que por no hacer vida de turistas podremos comer a una hora normal. Los días pasados lo hemos hecho a las 4 ó las 5, casi la hora japonesa de cenar.
Preguntamos en la calle a una señora mayor por un lugar que recomienda la guía donde hay muchos restaurantes. Ella va en dirección contraria pero da la vuelta y nos acompaña hasta la puerta y eso que estaba a unos 100 metros. ¡Mira que hay gente amable! Le he dicho mil veces “arigato” y he inclinado mi torso otras tantas hasta donde mi espalda (y mis dolores) lo han permitido.
El lugar estaba todo en japonés así que solos no lo hubiésemos encontrado pero es que además solo sirven cenas y están todos los restaurantes de aquellas callecillas cerrados. Al final hemos podido comer en una especie de El Corte Inglés, pero en antiguo. Nada que ver con la magnificencia de los grandes almacenes tokiotas. El restaurante estaba en el último piso desde donde había una maravillosa vista de las montañas nevadas y encima la camarera se ha alegrado mucho (yo diría que incluso demasiado para mis patrones sentimentales) al saber que éramos españoles. Y así se lo ha comunicado al resto de sus compañeras. Gran regocijo.


Regresamos al hotel y encuentro de nuevo a una recepcionista que sabe algo de inglés: como un alumno en el primer trimestre del primer curso. Casi esperaba que me dijese “My tailor is rich”, como en el famoso método Assimil. Intento explicarle mi problema con el “login” de la web del hotel que me impide modificar las reservas. Al final lo consigo gracias a una palabra mágica que quizás se diga también en japonés: “loginhelpdesk”: todo un éxito.


La joven se llama “Aya” e intento explicarle el significado de esa palabra en español: todo un fracaso.
Damos una vuelta por el “Red Brick Warehouse District” pero se hace de noche y el frío aprieta así que regresaremos mañana.


Marisa intenta hacer fotos pero los dedos no le responden.
Un letrero en la calle te avisa que tengas cuidado con la nieve de los tejados. Ha debido nevar muchísimo pero las calles están muy limpias.


Este hotel, y quizás todos los de esta cadena en esta isla, tiene una particularidad: te dan una cenilla de plato único gratis. Esto te evita tener que salir a la calle en estás gélidas noches. A cambio Marisa me hace observar que tiene más restricciones que otros: no se puede rellenar tu botella de agua del dispensador que está en la recepción por motivos higiénicos (con tu botella podrías contaminar el grifo), no se puede ir por las zonas comunes, pasillos y recepción, con las batas y las zapatillas que te proporciona en el hotel y algúno más.
Veremos que pasa mañana con el frío.

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