46. Japón 2015. Décimonoveno día de viaje. 17 de marzo, martes. De Kagoshima a Kanazawa.

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Hoy entraba un sol radiante por la ventana de la habitación: una putada después de los dos días que hemos pasado en la “sunny” Kagoshima; las condiciones meteorológicas nos pueden condicionar pero no dependen de nosotros. Ni siquiera de los dioses. Hablando de los dioses: ¿sabías que hemos estado en el monte Sinaí y en el Olimpo? Ni Zeus ni Jehová dieron señales de vida. Bueno en el Sinaí estuvimos a punto de perdernos al regresar andando desde la cima de noche y en el Olimpo pinchamos la rueda del coche. A lo peor sí que era una señal.
En este hotel el desayuno es una novedad cada día: hoy había unas bolas que no hemos sabido descifrar, pescado frito tipo salmón, tortilla francesa-japonesa, ensalada creo que de loto y macarrones con mayonesa. Nunca cojas estos últimos si tienes prisa: no sabes lo resbaladizos que son al comerlos con los palillos. Y por supuesto arroz y sopa, además de té verde y vinagre de manzana con miel para beber. La composición de esto último es una suposición de Marisa, pero igual es granadina con té verde.

Hoy nos vamos a ir en un largo viaje desde Kagosima, situada casi en el extremo sur de la isla de Kyushu, hasta Kanazawa en la parte central de Honshu, , incluyendo trasbordo de tren.
El primer tren es un “shinkansen”, un tren rápido, que va desde esta ciudad hasta Osaka. Cuando llegamos ya está situado en su andén pero todavía cerrado su acceso a los pasajeros. En un momento determinado abren las puertas de todos los vagones y en cada una de ellas aparece un empleado de limpieza con sus utensilios y se queda así en el exterior de la puerta mirando todos hacía delante y a una señal (imagino) se ponen todos a andar. ¿Has visto alguna peli carcelaria americana? Pues igual.

Se nota que esta ciudad aunque en épocas pretéritas estuviese abierta a influencias exteriores ahora no es un destino para viajeros occidentales pues las indicaciones que hay en el suelo de los andenes para mostrar el nombre del tren aquí aparecen solamente en japonés. De todas maneras hoy no es un problema pues solo hay un número: no se comparte el andén con diferentes tipos de tren.

En la espera Marisa aprovecha para fotografiar el morro de un bólido de estos pues en otras circunstancias es bastante difícil.

El vagón, como en todos”shinkansen”, es estupendo y los asientos con un espacio enorme.
A los 20 minutos de salir ya pasa una encantadora y sonriente señorita con un carrito ofreciendo bebidas y comida. Como estos trenes tan rápidos no se mueven demasiado y como además atraviesa muchos túneles o tienen vallas a los lados no se ve nada y aprovecho para escribir algún borrador pues llevo bastante retraso con las crónicas.
En la isla de Kyushu aunque sigue habiendo casas a lo largo del recorrido hay también espacios con campos cultivados que parecen de arroz y algunos invernaderos y por supuesto siempre bambú.
Y también como en todos los trenes el revisor, que pasa pero que no mira ningún billete pues debe saber por su relación los que están ocupados, al entrar y salir del vagón saluda con una inclinación de cabeza. Este hecho tiene más mérito al salir pues estamos todos los viajeros de espaldas a él. Pues igual lo hace: le he espiado.
En alguna gran ciudad y especialmente en Fukuoka aparecen grandes bloques de pisos y se llena el tren de pasajeros. Y a pesar de eso el ambiente es tranquilo y solo se oye el murmullo apagado de alguna conversación. Nada que ver con la algarabía de los teléfonos españoles. La frase que está en los respaldos de los asientos deberían grabarla a fuego en la palma de la mano cuando uno se compra un terminal de telefonía celular: “Please, switch your mobile phone to silent mode”.

Claro que a la velocidad con que cambiáis de terminal de teléfono vuestro cuerpo parecería un palimpsesto.
Entramos en Hiroshima y de nuevo hay grandes edificios que dan la impresión de no haber seguido ningún plan urbanístico. Además se siguen manteniendo pequeñas casitas entre ellos.
Y a partir de las 11:30 ya empiezan a sacar sus “bentos” y a comer. En nuestra diagonal un elegante señor con mascarilla higiénica hasta que no tiene todo a punto no se la quita; pensábamos que iba a comer con ella.

También alguna señora con traje tradicional entre los pasajeros del tren. Curioso. Me pregunto adónde y a qué irán así vestidas.
Llegamos a Osaka y aprovechando el tiempo de espera para el cambio de tren buscamos un restaurante para comer. Estas grandes estaciones tienen dos particularidades: que hay una gran cantidad de restaurantes y que los precios son como los de la calle. Y además a la hora en que hemos llegado había mucha gente comiendo.

Nosotros hemos ido a lo seguro: la sopa, que no sé cómo se llamaba aquí pero que era el plato único en este restaurante. Y como saben que el personal va con poco tiempo y además quieren que dejes pronto el sitio para otro comensal, el servicio es rápido y eficaz. Y todos jovencísimos, como los vendedores de billetes de la Renfe japonesa. ¿Qué harán con los camareros viejos? No quiero ni pensar en “Soylent Green”.
Nos han puesto un cuenco de sopa enorme. Pero enorme, enorme. Y todo está tan bien pensado y calculado que me da mucha envidia.
En el andén probamos una lata de café con leche de una máquina expendedora que aquí sirven caliente. He pedido ayuda a un viajero pues no sabía si daba cambio o no. Y el precio como si no fuese en la estación, que en España te cuesta más una bebida en una máquina que si te la sirve un camarero con pajarita.
Nuestro próximo tren ya no es un “shinkasen” pero tiene un nombre muy bonito: “Thunderbird”, como mi programa de correo, que por cierto recomiendo.

Este tren ya viene de algún sitio y al aposentarnos tenemos al lado unas señoras que están comiendo delicadamente “bentos”. Además llevan una cesta con algún bicho. Y digo “bicho” porque no sé si es un gato, un perro o un hurón. Por cierto, ¿habrá hurones en Japón?
Este tren es menos espectacular que el anterior y los asientos menos cómodos pero a cambio permite ver el territorio. Así que veo que siguen las casas y los bosques y el sol entra a raudales por la ventana. Y vuelvo a pensar en los días pasados: ¡qué putada lo de Kagoshima y su lluvia!
Primeras montañas nevadas cerquita aunque no muy grandes y más tarde, a lo lejos, verdaderas montañas totalmente cubiertas de nieve: los Alpes japoneses. Pero dentro del tren voy con camisa de manga corta y Marisa dormita al sol.
Seguimos con casas y bosques aunque atravesamos zonas claramente rurales pero sin los vacíos poblacionales de Aragón y Castilla.
El perro, era un perro el de las vecinas, es pequeño, blanco y feo y no ha dicho ni mu en todo el viaje. El pobre lleva un traje británico y la jaula con ruedas como una maleta, es azul y lleva la palabra “Renault”. ¿Será de categoría aquí por ser una marca francesa?
Llegamos a Kanazawa y la primera visita es a la oficina de información turística que está dentro de la misma estación. La primera señorita nos dice que la atención en inglés la lleva otra persona y nos lleva a otro lugar del gran mostrador. Hasta ahora todos los que nos han atendido han sido de lo más eficaz. Este de hoy el más atontado. Amable pero cortito. Y con un inglés que tampoco se pasaba. Nos pregunta (imagino que con fines estadísticos) nuestra procedencia y nos contesta “hola”. Menos mal que no hace como en la India con “Hola, hola, Cocacola”.
Marisa se queda maravillada, como me pasó a mí en el 2009, con la arquitectura del edificio de la estación. Habrá sesión geográfica.
Mañana visita a Kanazawa. Y que no llueva, por favor.

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