De Londres a Delhi. Llegamos a Londres y a pesar de que hemos pasado un control de pasaportes en Madrid, aquí la policía está situada a la salida del avión y para a todos los oscuros. Cuando vamos hacia la sala de embarque de Delhi casi todos son así, vaya, indios, con alguna mota blanquita e incluso pelirroja. En una escalera mecánica, una señora mayor india (como yo, como yo de mayor, no de india) no se atreve a subir y se queda sola asustada. Pienso que en España cualquiera le hubiese cogido del brazo para ayudarla.
En el avión la primera sorpresa: Ainoa (con alguna hache por en medio), joven de Vitoria que va a pasar tres meses a la India y viaja allí por primera vez. Se alegra de encontrarnos y decide que vendrá a nuestro hotel. Va a hacer un viaje muy espiritual: mucha meditación y yoga. Creo que podrá regresar levitando. Y otro feliz encuentro: a mi lado se sienta un americano fotógrafo profesional. Aprovecho para preguntarle cosas y obtengo algunas informaciones interesantes.
Y no sé si Iberia ha influido en BA o al revés pero la comida que nos sirven es solo vegetariana y muy flojita: una docena de garbanzos como perdigones (de duros, no de tamaño) y una barquilla con arroz y con un par de salsas. Es como si les hubiese sobrado de un desayuno indio.

El fotógrafo duerme y nosotros estamos vigilantes. Yo leo algo de nuestro viaje y en un apartado de transportes en Meghalaya, uno de nuestros posibles destinos, y adonde no se puede llegar en avión pero sí en helicóptero, dice que “helicopter travel in India has a poor safety record”. Bastante desalentador.
Estoy leyendo esto y por megafonía dicen que vamos aterrizar en breve y entonces el avión pega un rebote como si hubiésemos tocado el suelo y pegado un salto considerable. Hasta hizo el ruido de esa acción. Si en lugar de durar dos segundos dura 10 hubiera sido terrorífico. Yo creo que ha sido el mayor susto que he tenido en un avión. Por lo menos en intensidad. El americano dormido se despertó asustado pues creía que habíamos aterrizado aunque tardamos todavía 20 minutos. Una experiencia.
Llegamos al aeropuerto de Delhi y nos despedimos del fotógrafo no sin que este le diga antes a Ainoa que el lugar a donde vamos nosotros (y ella) en Delhi, es el peor de toda la India. Y eso a una persona que es la primera vez que viene aquí es un feo detalle por su parte pues no lo dijo en broma. Quizás intentaba que ella se fuera a su hotel.

Cogemos un taxi de los “prepaid”. Es más caro que otros años y se lo digo al quiosquero: hay un plus de “nocturnidad”. Si hubiese sabido más inglés le hubiese preguntado si también me cobraban el plus de alevosía porque para mí son dos palabras que siempre van unidas como San Cosme y San Damián.
El taxi es una minifurgoneta en un estado precario y la conduce un joven. Nada más arrancar pone el aire acondicionado y nos advierte que hay que cerrar las ventanillas. Nos pregunta el nombre del hotel, se lo digo y me contesta que ese hotel está muy mal, que él nos puede llevar a uno bueno. Que no, que vamos al nuestro. Entonces vuelve a leer el ticket y dice que no hemos pagado el AC. No veo por donde quiere llevar el tema así que no le digo nada, lo apaga y volvemos a abrir las ventanillas. Es lo que se llama entre los enamorados “ponerse de morros”. Desde luego no es el mejor camino para conseguir una propina. Recuerdo otra ocasión en la que el taxista me dijo que el hotel se había incendiado. Me encantó el intento de engaño porque lo mismo le había pasado a Octavio Paz la primera vez que fue a la India.
Llegamos al hotel y afortunadamente hay habitación también para Ainoa, lo que la tranquiliza y nos tranquiliza porque empezamos a sentirnos también un poco responsables de su bienestar.
Así que ya en Delhi y a dormir que mañana tenemos mucho trabajo.