El maquinista del tren Alvia accidentado en Santiago ha dicho que se debió a un despiste y parece que todos, juez incluído, hemos dado por hecho que fue así. Creo probable que la simple aceptación de esa palabra bastante «inocente» creará una impunidad parcial sobre la responsabilidad de lo ocurrido, como si una falta de la ineludible atención en quien una gran parte de su trabajo consiste en prestar una gran atención a lo que ocurre aminorara la gravedad penal del suceso.
Y es que, de tan común, en España no nos apercibimos de la extrema gravedad de los despistes. Distracción es algo que aparta nuestra atención de nuestra tarea y a la vez es algo divertido y ya sabemos la superior importancia de «lo divertido» en España. LLevamos unos cuantos años con despistes en los que ponemos nuestra atención en superar a Italia y a Francia, en modificar la Constitución con urgencia para «impedir» los déficits de dentro de una década, en ver brotes verdes en la hierba alemana, en jubilar con EREs falsos a los amigos, en negar nuestra incompetencia con la situación heredada, en creer en la inocencia de sobornantes y sobornados, en negar los evidentes sobresueldos, en poner la mano en los fuegos inocuos…
Mientras tanto entramos en la curva, que en sí no tiene peligro si la tomamos apropiadamente, en la que sabemos que deberíamos haber centrado toda nuestra atención, sentimos ladearse nuestro suelo y desaparecer nuestra frágil estabilidad y crecer en torno a nosotros la muerte y el dolor.