34. India 2012. Pelling. Día 2

by

El pequeño descalzo.

17 de octubre.

Hoy pensábamos levantarnos a las 5 para ver el amanecer a las 5 y media y así hemos hecho pero llevando despiertos un buen  rato. Primero, a las cuatro, un concierto de perros, pero algo importante.  Aprendí  el verbo ladrar en inglés por la advertencia que hacía la guía sobre un hotel de Gangtok pero de aquí no dice nada. Lo que ocurre es que esta ciudad se duerme a las siete de la tarde y no se oye absolutamente nada y en este silencio los ladridos son más ladridos. Pero no solo los perros: a las 4:45 una procesión femenina bastante nutrida en la que  las fieles iban cantando. Algo así como los “rosarieros”, pero es que además de pasar por delante de nuestra habitación dieron la vuelta allí mismo. Le he preguntado al de la recepción y me ha dicho que eran seguidoras de Sai Baba. Luego en la oficina de turismo me dijeron que era una fiesta hindú. La verdad es que no lo hacían mal, pero a esas horas…

Así que antes de las 5:30 ya estábamos Marisa y yo esperando que los rayos del sol iluminaran la cima del Kanchenjunga y las montañas vecinas. Un joven bengalí también  ha debido esperar lo mismo y lo ha hecho (al lado de nosotros) aprovechando para esputar todo el amanecer. Muy romántico.

Otros años había más gente en ese lugar o veías como salían a las terrazas de los hoteles, pero no sé si es que este año  hay, menos –que los hay- o tienen menos fe que nosotros y como lo ven nublado ya no se levantan.

Pues no hemos visto la gran montaña porque una maldita nube  la ha tapado pero sí otras a su alrededor.

Una cosa sorprendente es que en un campo de deportes próximo  ya hay niños entrenándose a esas horas.  Imagino a un papá español diciendo a su hijo preadolescente que  se levante a las 5 para ir a entrenar.

Después del desayuno, que es uno de los mejores momentos del día, nos vamos a ver el monasterio de Sangachoeling. De él dice la guía que es el segundo más antiguo de Sikim y en algún otro sitio he leído que es el que está a mayor altitud de la India.

En el camino de subida nos cruzamos con dos niños pobremente vestidos de monjes, no mayores que mis dos nietos más pequeños.  Lo que más me impacta y me cabrea es que el más pequeño va descalzo. O sea que estas órdenes monásticas budistas se gastan un pastón en disfraces  y gorros y para aquel niño, de unos 3 años, no hay para unas sandalias.

Desde un recodo del camino se contempla un valle algo más abierto y al fondo unas casas y unos campitos  de arroz; por el tamaño de unos y otros me parece que no bastan para mantener a esa población.  ¿De qué vivirá esa gente?  También me lo pregunto cuando en un claro del bosque se ven dos o tres casas. Allí ni campos ni nada.

El camino que conduce al monasterio solo lleva a él aunque  parece que al final están trabajando para llevarlo más allá. Y es  curioso porque siendo extranjeros nos encontramos con uno que nos pregunta de sopetón: “¿A dónde vais?”.    Como si hubiese muchas opciones. Y lo ha hecho uno que apenas sabe nada de inglés. O sea que no lo ha hecho par enrollarse con nosotros.

Llegamos al monasterio y como en otras ocasiones nos encontramos con un grupo de niños  limpiando las estupas que están  encima de un montículo.  Las tres veces que he estado aquí las tres veces los niños novicios las limpiaban.  La primera incluso lo hacían a las órdenes de un cabrón  (en 2006 escribí: «él lleva una vara de bambú en la mano y me dice que la vara es “Mr. Understanding” y me sonríe»); esta vez los vigilaba un joven monje.  Es curioso que una religión que parece tan  igualitaria (excepto en considerar a las mujeres individuos de segunda clase, vaya, como todas las religiones) haga que los niños trabajen y que los monjes no hagan absolutamente nada.

La puerta del templo está cerrada pero un monje jorobado, joven  y amable nos la abre. Charlo con él y me explica que en el monasterio hay 28 estudiantes y 70 monjes. Y como me ha sucedido en otras ocasiones me quedo sorprendido, creo que no mienten pero exageran o emplean  otra base numérica diferente de la decimal. Porque allí solo está él y el que vigila la limpieza y una docena de niños. Le insisto en que dónde están los 68 que faltan: en los pueblos de los alrededores y que solo acuden aquí para  el gran festival, pero hay fijos 10. Pues me siguen pareciendo muchos pero tampoco quiero putear al chaval.  Sí le pregunto que porqué los escolares no están en la escuela: porque hoy es día de limpieza.  Le iba a explicar la causalidad de que siempre vengo en un día así.

En una pared hay un dibujo de uno que parece Buda de azul abrazado en forma de cópula con una señorita blanca.   Y digo “que parece Buda” porque después de las enseñanzas de Celia  resulta que los que yo llamaba Buda pues no eran tales  y lo que a mí me parecía simplemente una pareja fornicando quiere decir otra cosa pues el budismo está lleno de símbolos. De todas maneras esa figura tiene el sugerente nombre de Samanta Badhra que imagino es el nombre  de la señorita blanca.

Parte del templo y algunas estupas han sufrido los efectos del terremoto del 2011, pero parece que ya se han solucionado.

En un edificio cercano está la escuela. Es algo que deberían ver  todos los escolares españoles: te llega al alma. Y más si lo comparas con el boato de las ceremonias como la que vimos en Ralang. Pero ¿alguien le pide a las religiones que sean  justas?

De nuevo me sorprende que dentro de la escuela haya varios grandes molinos de oración en lugar de pizarras y sobre todo varias figuras que creo que son del gurú Rinpoche, sobre todo una representación  femenina (será también del Rinpoche) desnuda con un par de buenas tetas y su sexo claramente visible.  Me imagino a mí, escolar con los padres escolapios, con una santa en pelota picada en la clase.  (Por si me lee alguno sin la adecuada  formación católica: cuando digo “santa” me refiero a una estatua que representa de forma convencional a una señora declarada santa por la iglesia católica).

En otro edificio separado hay una humilde cocina. El cocinero es un laico y está ayudado por un niño, un escolar. ¿Por qué no cocinará un monje y el dinero del salario del cocinero lo emplean en que el niño de esta mañana lleve chanclas o que otro con la cabeza llena de costras tenga la adecuada atención médica?  Quizás la respuesta sea la que me dio un católico sobre el lujo (discreto, pero lujo) de una iglesia del Opus Dei: “Dios es lo más importante de todo”. Pues sí, pero el niño sigue descalzo.

A pesar de todo estas suspicacias mías se respira una gran paz: claro que no hay nadie más que esa docena de niños, un par de monjes y el cocinero y estamos a 7500 pies.  Solo nos ha faltado, como en el amanecer, las vistas sobre el Kanchenjunga que hay desde aquí en un día claro. Hoy no.

Cuando bajamos encontramos a dos electricistas preparando la conexión a una línea de alta tensión. Están pelando los gruesos cables y estas son sus herramientas: uno con un machete quita la parte exterior  y el otro hace el acabado fino con un trozo de vidrio como de una ventana rota.

Recibo una nota de mi editor de ELSOLES en la que me cuenta que en mi pueblo ha caído granizo (“pedregada” le llaman allí)  del tamaño de pelotas de golf . Algo elegante. Es curioso  porque  cuando  cayó otro pedrisco que fue famoso porque destruyó el 90% de todos los tejados, también estábamos en la India y también cerca del Himalaya. A lo mejor es que cuando estoy allí tengo un efecto benéfico  y ahuyento las tormentas. ¿A ver si no van a dejarme marchar?

Etiquetas: , ,