6. La India 2012. Calcuta día 2.

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Lápida en la iglesia armenia de Nazareth.

29 de septiembre, San Miguel arcángel.

Nuestra habitación tiene un cierre en la puerta que es habitual en muchos lugares de este país: en lugar de una cerradura hay una especie de cerrojo con un candado;  no lo encontré y pensé que era para que pusiese el mío, cosa que es más segura. Yo siempre llevo uno, pues es muy recomendable no solo para estos casos sino también para asegurar tu equipaje en el tren, de lo que ya he escrito en alguna ocasión.

Así que hoy, después de dormir 12 horas seguidas en una de las camas más duras que recuerdo, salimos de la habitación, pongo mi flamante candado en la puerta y nos vamos a desayunar a un comedor enorme que hay en este, también enorme y destartalado, edificio.  No hacemos más que entrar y se me encienden todas las alarmas: me he dejado la llave dentro de la habitación y lo mismo Marisa que lleva otra copia.

Todos los viajes hago alguna jaimitada pero este año he alcanzado el objetivo en el segundo día. Se lo explico a un joven empleado que hay allí (no lo del objetivo de idiota, sino lo del candado), se sorprende de que haya puesto mi candado (luego encontré el propio de la habitación) y me dice por señas que hay que serrarlo.  El problema es que es sábado y además mi candado es muy robusto. Me veo durmiendo en otra habitación pero sin ninguna de mis pertenencias hasta pasado mañana lunes. Menos mal que aparece por allí un señor mayor y más sabio y nos dice que con un “screwdriver” se soluciona. Y así fue, porque ponemos un candado estupendo  pero con un destornillador ridículo se abre la puerta en dos minutos, pues toda aquella obra maestra de cerrajería se sujeta al final con dos tornillitos. Claro que a nosotros en todos nuestros viajes solo  nos han robado en un hotel y fue en Londres y con un método tan poco sofisticado como reventar la puerta y luego la maleta, así que cuando viajamos con maletas nunca las dejamos cerradas en la habitación.

Después del frugal desayuno nos vamos al mercado de las flores. Es una visita habitual ya que es uno de los lugares más fotogénicos de esta ciudad. Curiosamente hoy, que es sábado no está tan concurrido como otras veces.

Este mercado está situado en uno de los extremos del puente de Howrah y decidimos cruzarlo para ir a dar una vuelta por su famosa estación de ferrocarril.

Un paseo por este puente es un espectáculo por el personal que por allí transita y que según la hora del día lo hace en una dirección u otra. Hoy viene en dirección contraria a la nuestra y es un río increíble de gente. Y todavía más increíble son los fardos que transportan muchos de ellos en sus cabezas. No hay fotos de ese trasiego porque en el puente están prohibidas.

Llegamos al final del puente y para acceder a la estación del ferrocarril, y a una de autobuses que hay también por allí, han creado una red de corredores subterráneos   bastante intrincada. Andamos un poco perdidos (o mucho) buscando el que nos lleve a la estación. En un cruce subterráneo en uno de esos parajes veo como una cascada de gente que baja   las escaleras.  No he visto tanta gente y tan apiñada en mi vida. (La “mani” contra la guerra de Iraq no cuenta). Algo impresionante.

Paseamos por la estación donde el trasiego del personal es también increíble y acabamos al lado del río en un transbordador que nos lleva al “ghat de los armenios”. Parece que aquí hubo una comunidad importante de ese país y de la que queda todavía una iglesia que visitamos.  Dice la guía que es de 1707 y que es el lugar de culto cristiano más antiguo de la ciudad. Nada interesante desde el punto de vista artístico ni con el encanto de las iglesias armenias que visitamos en el este de Turquía pero impresiona pensar que todavía haya una colonia de esta gente aquí y que sigan con su fe. El amable guardia de seguridad que controla el recinto me dice que no hay “father” pero que mañana domingo habrá un servicio a las 9:30. Lástima que apenas hablaba inglés y que no fuese armenio para preguntarle sobre esta comunidad.  Esos reductos de creyentes me conmueven, y aunque el hinduismo, habitualmente,   no sea tan militante como el islam, no debe ser fácil.

Alrededor de la iglesia hay muchas lápidas de tumbas con nombres imposibles de armenios y el detalle enternecedor de una lápida pequeñita que corresponde a un bebé.

Desde allí nos vamos a la catedral católica  portuguesa de la virgen del Rosario: lo más kitsch que hay en el mundo católico. A la entrada un gran santo con una larga barba blanca y una gran espada. A pesar de mis conocimientos hagiográficos soy incapaz de localizarlo.  Espero hacerlo a través de internet pero veo a una monjita y se lo pregunto: San Pablo.

Por cierto, el señor que está a sus pies parece un discípulo que en vez de haberse caído de caballo se ha caído de una moto.

En su interior todo es blanco y azul y perfectamente pintado y dos señores limpian afanosamente un gran y estupendo candelabro de bronce.

Todo esto está situado en el “Barabazar” que según un señor que nos instruye  -¡cuánto agradezco esas ayudas desinteresadas!- significa “gran mercado”. Es un conjunto de callejuelas  a las que la guía las define como “most vibrantly chaotic alleys” de Calcuta. Y tratándose de esta ciudad ya te puedes imaginar qué significa. Impresionante.

Vamos a comer a un restaurante chino al que he ido otras veces y al que la guía recomienda.  Comemos muy bien y al salir  el dueño –el único chino del personal-   me para   y me dice compungido que hoy es el último día en que está abierto pues mañana cierra definitivamente: tiene problemas con el propietario del local y además él está enfermo del corazón. Lleva treinta y tantos años con el restaurante y hoy estaba lleno. Así que nos despedimos de él y de mi mejor restaurante chino de Calcuta. Una pena y qué cosas te cuenta la gente que no te conoce de nada.

¡Adiós al mejor “crispy chicken” que hemos comido!

Otra sorpresa: el mejor sitio que conozco aquí para tomar un té, el Flury’s, cierra a las 7 y media de la tarde   el servicio de meriendas y solo sirven cenas. Por si vienes por aquí.

Pasamos cerca del New Market y Marisa quiere un pomelo. Estos son enormes y suelen venderlos por la calle ya pelados y partidos en trocitos. Pregunto el precio y nos parece caro. En otro sitio lo encontramos mucho más barato. Luego descubrimos que hemos comprado un melón: problemas de comprar en un mercado callejero de noche.

Un rato de internet y a  dormir prontito, que en Calcuta no tenemos nada que hacer por la noche.

PD.
Calcuta en esta época, y más todavía en verano, es una ciudad ideal para los que tiene problemas de micción: sudas tanto que no te llega ni una gota de agua a la vejiga.

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2 respuestas to “6. La India 2012. Calcuta día 2.”

  1. Otramarisa Says:

    Todo está muy bien explicado, pero lo mejor: la post data.

  2. Al de la India Says:

    Marisa, que lo explico como una información para los interesados, no por un problema personal. Para que a los mayores no les de miedo venir aquí.

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