4. La India 2012. De Delhi a Calcuta. Calcuta día 1.

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28 de septiembre.

El aeropuerto “nacional” de Delhi no es tan nuevo como el “internacional” pero no está mal.

Al llegar al mostrador de facturación de nuestra compañía hay una cola enorme y aunque las azafatas de tierra (¿se les llama así a las chicas que hacen la facturación?) son las más pequeñas y feas que he visto, también son las más eficaces y rápidas que me he encontrado y aquello va a toda velocidad. Y así también aunque el vuelo dura dos horas el capitán nos dice que lo haremos en 15 minutos menos.  ¿Será el padre de las azafatas de tierra?  Lo mismo pasa con el equipaje: los mozos que lo manejan deben ser los hermanos mayores de dichas azafatas   pues a pesar de que no hay procedimientos administrativos para el desembarque, ya que  venimos en un vuelo nacional y hemos salido muy rápido, cuando hemos llegado a la “recogida de equipajes” ya estaban las maletas en las cintas transportadoras.  No había visto nunca nada semejante. Y menos en la India.

Nota de toponimia para viajeros despistados.

El aeropuerto de Calcuta es conocido popularmente como “Dum Dum airport” aunque su nombre oficial sea “Netaji Subhash Chandra Bose International Airport” por el nombre  de un conocido líder del que ya he escrito algo,  pero es tan interesante el personaje que espero que el editor de elsoles le dedique una más amplia información.

Este aeropuerto, el de Calcuta, se parece más al de Delhi en nuestra primera visita. Por  viejo y malo. En el hall de salida hay una oficina del turismo de Arunachal Pradesh pero  está cerrada y nadie sabe cuando volverán los que la atienden.

Vamos al quiosco de “taxi prepaid” que aquí parece que lo gestiona la policía municipal de Bhidan Nagar.  Y estos “municipales” no podían hacerlo más complicado: vas allí; dices donde quieres ir, pagas lo que te piden y te dan un “receipt” con tu nombre, la dirección a la que vas y te dicen que en exterior la policía te dirá que taxi tienes que coger.  Y cuando sales lo primero que te encuentras es una pared humana  apretada contra las vallas metálicas  con los nombres de los que esperan. Y todos te miran con la esperanza que seas tú el del letrero y que les sonrías y reconozcas tu nombre, te vayas con ellos y así acabe esa espera. Que me dieron ganas de acercarme y decirles, que sí, que nosotros éramos Mr y Mss Andresw de Melbourne.  Pero salimos al exterior y allí estaban los taxis.  Y los taxistas.  Y los ganchos.

(Para los robots chinos que nos leen:  “gancho” además de “Instrumento corvo y por lo común puntiagudo en uno o ambos extremos, que sirve para prender, agarrar o colgar algo” también significa “Compinche de quien vende o rifa públicamente algo” y “rufián”. Pues a los que me refiero en este post y en los sucesivos es a una suma de la segunda y tercera acepción).

Y aunque apareces allí con el papelito que dice que ya has pagado el taxi ellos no cejan en llevarte a  otro vehículo. Y así sigues intentando encontrar a algún policía que te diga donde diablos están esos taxis que ellos controlan pero allí no hay ninguno.  Y los ganchos siguen acosándote y como es mediodía en Calcuta,  y aquí no saben que ya estamos en otoño, hace un calor de cojones. Y nosotros llevamos un montón de horas de viaje.

Al final un alma caritativa -que también hay, además de la madre Teresa y sus seguidoras-  te señala una caseta de la policía. Llegas allí, te cogen el papel y escriben a mano-que hasta ahora todo era de impresora de ordenador- “2998”. Que busques un taxi con ese número y que te subas a él: ése es tu taxi.

Lo que encuentras a continuación es una fila de coches amarillos, los antiguos “Ambassador”. Piensas si el tuyo será el primero, el segundo,…porque eres el único pasajero y tienes que esperar a que vayan viniendo. Además el número que llevan escrito en la puerta parece hecho con caligrafía de tipo gótico y apenas se lee. Y otra alma caritativa, en esta ocasión un taxista –que también hay taxistas buenos en Calcuta, pero pocos- nos señala un coche que se acerca cuya matrícula acaba en 2998.

El conductor es un joven que acaba de “coger” el taxi o es de otra ciudad porque no tiene ni idea de donde está nuestra calle   a pesar de que es una avenida muy céntrica y que tiene un nombre que todos en la India conocen: Nehru. Y eso que llevo un plano muy clarito que dice donde vamos.  Menos mal que el taxista compasivo que nos ha ayudado a encontrarlo le explica por donde tiene que ir. Y entramos en el taxi más sucio y cochambroso de la India; se parece al que cogimos en Delhi la primera vez que vinimos a este país.  Y encima Marisa me dice: “Tu amigo Luis no hubiese cogido este taxi”.  Como si yo hubiera podido elegir: porque mi amigo Luis se ha convertido en el epítome  de todo lo que yo no hago en la India. (Y quizás en la vida). Y de esta manera sirve como punto de referencia.   De referencia de lo que no debería hacer y hago.

Para compensar su maldad –la de Marisa, que Luis no tiene la culpa- el viaje hasta llegar al centro de Calcuta es horrible: grandes embotellamientos, un ambiente cargadísimo de polvo –claro, mi amigo Luis habría ido en una limusina con aire acondicionado y las ventanillas cerradas-   y los terrenos baldíos sin construir por los que pasábamos estaban llenos de aguas estancadas. Marisa se ahogaba pero como es muy sufrida no me dijo nada hasta llegar al hotel.

Lo único bueno es que pagamos por la carrera lo mismo que en el 2010 y solo un 6% más que en 2007. De todas maneras he escrito en esta crónica el número del taxi porque si vienes y te dan el mismo que te lo cambien a no ser que te guste sufrir. Aunque te aseguro que tendrás más ocasiones de hacerlo a lo largo del viaje. Les puedes decir que eres supersticioso y que en tu religión ese número está asociado a la lepra. “Leprosy” en inglés y algo así como  “kuṣṭhabyādhi” en bengalí.

Dejamos el equipaje en el hotel y nos vamos a intentar conseguir el permiso para ir a Arunachal pero como eso cuesta pasta lo primero es cambiar. El cambio está como en 2007, pero mejor que en 2010 aunque la inflación fue en este país casi del 10% en 2011 y del 7,5 en este año. O sea que peor.

Según la guía el lugar para obtener el permiso es el FRO (Foreigner’s Registration Office) y hacia allí nos vamos con el metro.

En las taquillas del metro, que tiene  el precio en función del recorrido,  hay bastante cola. Pues una ciudadana se la salta y va directamente al taquillero, le mete un billete de 20 rupias por el pequeño agujero que tiene en el vidrio y le dice la estación a la que quiere ir.  A pesar de lo claro de la situación él coge el billete, pero una joven que estaba en la cola   esperando se acerca y le dice con un grito que “without line”. Yo también le doy un grito y el taquillero le devuelve el dinero pero ella no ceja en su empeño de colarse. Es algo increíble  lo de no respetar la cola –como muchas otras faltas de respeto a los demás- aunque por primera vez veo a alguien rebelarse contra esta situación.

Llegamos al FRO, nos envían a una habitación donde hay sentados  8 ó 10 señores funcionarios mirándose la cara los unos a los otros. Por la atención que nos dedican deduzco que ninguno de ellos quiere que me dirija a él así que me acerco al primero:

-Queremos conseguir el permiso para entrar en Arunachal Pradesh.

-¿Damos aquí los permisos para ir a Arunachal? –pregunta al de al lado como si aquello fuese una charcutería y les preguntase por el precio de los meteoritos y ellos no tuviesen que ver nada con esta situación.

Esta pregunta se la transmite al otro. Al final uno dice que no, que ellos no, pero que sí lo dan en el  “Arunachal Bhawan”, que es algo así como la sede de la representación de ese estado en Calcuta. Pero es viernes y son las 4 de la tarde; me dicen  que seguro que ya no están  y que vaya el lunes.

Desde allí nos vamos a la oficina de turismo de la India y un joven amable y eficaz me dice lo mismo, que en el “Arunachal Bhawan” y que lo conceden en el mismo día. Le pregunto por la forma de tarificar de los taxis de esta ciudad pues antes te proporcionaban unas tablas en esa oficina. En lugar de cambiar los taxímetros cambian la norma pero debes saberla pues si no jamás te dicen el precio real.  La verdad es que el empleado es jovencito y no sabe ni que existiesen esas tablas pero al final logro que me explique la fórmula. Por si vienes a Calcuta: multiplicas el precio del taxímetro por dos y le añades dos.   Le digo que quiero ir al Bhavan y me dice que hasta allí quizás tenga que añadirle cuatro, así que muy exacto no es. Claro que también puedes arreglar el precio antes pero eso es conveniente solamente si lo sabes previamente. Y en el caso de la carrera a algún destino importante como las estaciones de ferrocarril suelen tener un precio fijo, excepto para los extranjeros a los que intentan cobrarnos dos o tres veces más.

Hacemos una comida-merienda-cena y nos volvemos, casi rotos, al hotel.

Y a las 7 de la tarde, hora india, a dormir. Porque creo que ése es el mejor método para cambiar la hora de tu cuerpo: el primer día aguantar sin siesta y acostarte muy temprano y muy cansado. Y cansados lo estamos mucho.

Mañana, sábado, Calcuta turística.

NB.
En la terminal nacional de Delhi, en el control de equipaje de mano, te hacen sacar el ordenador de la bolsa y colocarlo separado en una bandeja. Te dan un número y cuando pasas al otro lado tienes que  entregarlo a cambio de tu  PC. De esta manera evitan que dejes un 386 y te lleves un i7. ¡Buena idea!

PD.
Cuando llegamos al aeropuerto de Calcuta Marisa va al lavabo y cuando sale me dice: “¡Ahora sí que estamos en la India. En la de verdad!”. Parecía un presagio de lo que iba a suceder luego pues la frase la hubiese podido repetir en el taxi, en la cola del metro y en la oficina del FRO.

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