Hoy no madrugamos tanto pero nos queremos despedir con una última visión del Himalaya, así que antes de desayunar nos vamos de nuevo al mirador de ayer. El día no es tan claro pero estas montañas son tan impresionantes…
Intentamos desayunar en la misma terraza de ayer pero hoy no la van a abrir hasta mucho más tarde así que nos perderemos la vista aunque a cambio vamos a la cafetería que es nuestro lugar predilecto: desde aquí también se pueden ver las montañas mientras desayunas aunque sea a través de los ventanales. Para compensar tiene los peores camareros de toda la India.
En la calle están montando los puestos de venta: es increíble el montaje y desmontaje que deben hacer cada día.
Con la última vista del Kanchenjunga nos vamos a la estación de autobuses. Afortunadamente es una larga, larga cuesta pero hacia abajo porque con la carga que llevamos sería bastante duro hacerlo al revés.
Compramos el billete para Kalimpong y el vendedor me insiste que solo queda la última fila libre pero como siguen la táctica de “vehículo lleno” no sé si el siguiente tardará 20 minutos o una hora, así que decidimos irnos con el primero. Por suerte nos tocan al lado dos jovencitos del país que son delgaditos. Encima el que me toca al lado me pregunta que si voy confortable y no lo hace con sarcasmo como sería normal dado que nuestras anatomías ocupan algo más de la mitad.
La distribución del coche es: 3+chófer, 3 y 4. La segunda fila se completa al rato con una señora con niño así que nos quedamos: 4+4 (con niño) +4. O sea la mejor fila la nuestra que a priori era la peor, que nunca sabes cómo vas a acabar.
A pesar de que el viaje solo dura dos horas y media paramos a desayunar. Los jóvenes se toman unos momos y aparecen con unas bolsas con algo rojo dentro. Me ofrecen y les pregunto si pican: “Very hot spicy”. O sea que “nasty de plasty”. Y muy cuidadosos cuando se acaban la bolsa se limpian los pringosos dedos en la tapicería del auto.
Desde Darjeling a Kalimpong se pasa de 2 mil y pico metros a 1.250, o sea todo cuesta abajo, pero es que se cruza el río Testa a 450 metros. O sea que mucha cuesta abajo. Y nuestro chófer no se debe fiar de los frenos del coche porque muchas veces baja en primera.
Y así llegamos a la estación de autobuses de Kalimpong, que es una enanez comparada con la de Darjeling pero igual de caótica.
En esta ciudad tienes dos opciones de hotel: los que están cerca de la “bus stand”, que según la guía son malos y ruidosos, y los que están fuera, que son mejores pero con el inconveniente de estar lejos del centro. Elegimos de la segunda opción el más cercano: unos 15 minutos de paseo.
El hotel no está mal pero tiene sorpresa: la familia propietaria es tibetana y ferviente budista y está haciendo la “puja” anual: vienen unos cuantos monjes, creo que 8 ó 10, y rezan durante casi todo el día. Y lo más especial para nosotros: encienden 1.000 lamparillas. O por lo menos las preparan. Y deben estar por toda la casa porque en lo que sería el comedor del hotel hay unas 200 y en una sala adyacente debe haber otras tantas, pero mientras las primeras las encienden todas de las segundas solo un par de docenas. Nosotros oímos cantar a los curas pero no los vemos.

La nuera de la propietaria me dice que hacen eso una vez al año y a veces dos. Le pregunto si lo hacen para pedir por la salud y la felicidad de la familia: no, para todo el mundo. ¡Cómo son de buenos estos budistas!
El que no debe estar tan contento con todo el sarao espiritual es el que hace de recepcionista, cocinero y limpiador (con un ayudante). El pobre tiene unas ojeras enormes y se me disculpa un par de veces porque “hoy con la puja estamos muy ocupados”. Le digo algo de los monjes sobre lo de que no trabajan (me hubiese gustado decirle lo de “gorrones” pero no sé como se dice en inglés y quizás él tampoco) y me contesta que su trabajo es rezar. Le contesto que no es lo mismo pedirle algo a Dios que machacar piedras con un martillo para hacer grava. Y me sonríe.
Buscamos un restaurante para comer, le pregunto la dirección a un guardia de tráfico, me lo indica y luego me da la mano. Lo gracioso es que no me la suelta. Quizás sea una costumbre local (nunca me había dado la mano un guardia tras una pregunta de una dirección) y he sido grosero intentando soltarla tan pronto.
Esta ciudad es el primer lugar de este viaje en el que no he estado antes. Fue un centro de comercio con el Tíbet y perteneció a los chogyales de Sikkim pero pasó a manos de Bután en el siglo XVIII y más tarde a los británicos. De esta manera formó parte de la India. Parece que hubo una fuerte presión evangelizadora cristiana a finales del siglo XIX especialmente por parte de los jesuitas. Esto se nota en que vemos unas cuantas monjitas por la calle.
También es un importante centro político no sé si autonomista o independentista pero aquí asesinaron en 2002 al líder del movimiento “Gorkhaland”.
Pues no sé si es por unas cosas o por otras pero esta ciudad, tranquila fuera del “bus stand”, es el centro de comercio de los objetos budistas. Cuando tú ves banderolas de oración, thangkas, o cosas parecidas y preguntas dónde las han comprado la respuesta es casi siempre la misma: Kalimpong. Allí en una tienda hemos vuelto a ver una representación de la figura budista con muchas cabezas y brazos: “¿Es Buda, o no?”. Pues sí lo es. Es el Buda de la Compasión y se llama Awalokeshwara.
Buscamos un lugar con internet y la sorpresa de que cuesta el doble que en Calcuta y que cierran muy pronto. Así que cena ligerita y a dormir.