30. Darjeling, día 2, primera parte.

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Desayuno con diamantes (o casi)“Para ver amanecer hay que levantarse temprano”.

Parece una sentencia del Sr. Rajoy dando una fórmula para resolver la crisis financiera mundial, pero me la acabo de inventar.

Si  en Pelling el sol salía a las 5:35 aquí debe ser parecido y solo que hay que andar unos 15 minutos desde el hotel. Te crees que vas a encontrar una ciudad silenciosa y dormida. Silenciosa sí lo está pero debe hacer rato que está despierta. En la plaza Chowrasta ya hay gente viéndolas venir y empiezan a poner los primeros caballitos para que algunos niños se den una vuelta. A mí me parece bastante sucio y poco higiénico tenerlos allí. Claro está que por “caballitos”   entiendo “caballos pequeños” y no una atracción de feria. Porque los pobres animales se hacen sus necesidades donde les coge y quizás las boñigas las recojan sus cuidadores pero las grandes meadas se quedan allí en medio de la plaza. Y encima el establo de todos ellos esta pegadito también a la plaza. Vaya, que si los quitasen ganaría mucho todo el entorno.

En cuanto empiezas a andar por el paseo que te lleva a los miradores te encuentras  con todos los deportistas de la ciudad. Que no creo que haya en toda la India gente más saludable. Dado lo poco proclives a andar de los indios es que no te imaginas que haya tantos corriendo. Y también mujeres aunque no vestidas a la moda occidental de los deportistas, cosa que muchos hombres, la mayoría, sí hacen. Y en los lugares donde hay bancos gente haciendo flexiones, que sólo de verlos te duele todo el cuerpo. ¡Qué flexibles son estos orientales! Y además lo curioso es que todos van en la misma dirección, en el “sentido budista”. Menos nosotros que nos apuramos para llegar al mejor mirador antes de que salga el sol.

Insisto con respecto a los andadores, corredores y atletas de Darjeling: que eran poco más de las 5 de la mañana. Y encima como corren en el sentido correcto a lo mejor encima ganan gracia santificante budista.

Y mirando aquella majestad del Himalaya el sol empezó a iluminar el Kanchenjunga. ¡Qué maravilla!

Allí  estuvimos un buen rato. Apareció una extranjera de unos 40 y tantos. Iba con bastón y cojeaba mucho. Y en Darjeling, dada la configuración de la ciudad,  me parece una heroicidad increíble. Eso me emociona y no que un tío al que le pagan millones de euros (cientos o miles de millones de pesetas, no lo olvides) por pegar una patada  y meter una pelota en un rectángulo o por conducir un coche más rápido que los demás y que encima sean los héroes de niños y mayores. Para mí la heroína era aquella mujer. ¿Cómo habría llegado a Darjeling? ¿Cómo se trasladará? ¿Qué hará con el equipaje? Y además estaba feliz. Muy feliz.

Me pidió que le hiciese una foto con las montañas al fondo  para un trabajo escolar que estaba haciendo una sobrina suya. Me imagino el título: “Mi tía o el poder de la voluntad”. Con un par. Que no se cómo se dirá en inglés, porque le pregunté y me dijo que era inglesa. Y lo más gracioso fue que al ir a hacerle la foto sacó un folio cuidadosamente  doblado con un osito dibujado. Que me dio un pequeño susto porque echando mano al bolso  me dijo:”espera que voy a sacar el osito”. Y una mujer que es capaz de llegar  en ese estado físico a esta ciudad es capaz de pasearse con un koala enano. Por ejemplo.

Es una mujer increíble y valerosa, más que Juana de Arco, que estaba un poco pirada, pero no se lee las instrucciones de la máquina fotográfica.  (Querida Carmen, no me acuses de machista que puede que tú te leas las instrucciones de las máquinas, menos de las impresoras,  pero parece que está en el ADN femenino, o es que quizás las mamás al nacer niña les dicen desde pequeñas: “serás princesa y no leerás nunca las instrucciones de uso, ni siquiera las de los bolígrafos Bic, que eso es de niños”).  A lo que iba, que me deja la cámara, le hago la foto y ella sale perfecta pero el fondo, las maravillosas montañas no se ven nada. Se lo explico y le digo que se la vuelvo a hacer porque así ella podría estar en Darjeling  o en el mirador de la Alcarria de la N II. O algo semejante. Entonces me percato que en la máquina hay un cuadradito que pensaba que indicaba el enfoque pero resultó que era una endiablada máquina moderna en la que el enfoque sigue al sujeto  y no hace lo que tú quieres sino lo que ella decide: “oye, que así no puedo hacer la foto, que debes quitar ese tipo de enfoque automático”. “No me he leído las instrucciones”. Varios intentos y todos fallidos pero el osito salió perfecto.

Allí se quedó con su sonrisa de felicidad viendo el Himalaya y nosotros regresamos al hotel, esta vez sí en el sentido budista correcto.

Aunque eran solo las 6 de la mañana ya había fieles que subían a rezar al “Observatory Hill”.

Veo en el camino un gran edificio con el techo mucho más inclinado que el resto. Parece un chalet alpino y un letrero dice: “The Matterhorn”. Imagino que habría pertenecido a algún británico de la época colonial enamorado de los Alpes.

Cuando se hizo una hora prudente nos fuimos a la cafetería que tiene la mejor terraza para desayunar. Ayer lo intentamos pero primero estaba cerrada y luego completa. Hoy hemos sido los primeros en entrar y no hemos situado en la mejor mesa: otra vez la maravillosa vista de las montañas. No ha sido el mejor pero si el desayuno más bonito de todo el viaje.

Hoy, igual que ayer, había en la terraza un occidental con sombrero y un abrigo muy raído que se ocultaba la cara con un periódico; iba muy mal afeitado y parecía un lunático. Daba la impresión de que hubiese dormido en aquella terraza pues en cuanto la abrían al público se iba rápidamente. Me hubiese gustado conocer la historia de aquel hombre. Quizás era alguien que llegó aquí hacía tiempo y se había quedado varado. Un misterio.

Enfrente de la terraza, al otro lado de la calle, han hecho un restaurante en forma de barco en otra terraza.  ¡Qué ocurrencia y qué estrafalario!

Y me percato que ya no estamos en Sikkim pues en la mesa de al lado unos jóvenes occidentales  están fumando. Me he acordado de una publicidad contra ese feo vicio,  creo que portuguesa: un señor está sentado en la barra de un bar y se ponen dos a su lado y empiezan a fumar. Entonces el señor  se echa un sonoro (e imagino que maloliente) pedo. No recuerdo el mensaje final pero tenía la moraleja que puedes imaginar.

Se lo recuerdo a Marisa y (quizás pensado en la historieta de Yuksom) me dice horrorizada: “¡Ni se te ocurra!”.

Pero es que desayunas plácidamente, tienes enfrente al Kanchenjunga, y entonces…

Esta mañana vamos a romper nuestras habituales visitas religiosas  e irnos a ver una plantación de té y un jardín botánico.

Desde nuestro hotel una cuesta abajo interminable  nos lleva a la caótica y congestionada  estación de jeeps. Pura India.

En el descenso vemos edificios preciosos al lado de otros que son pura ruina. Todos también pura India.  Y cerca de la estación una fuente donde el agua mana de la cabeza de un león donde los vecinos van a buscarla. Parece mentira que en una ciudad como ésta tenga cortes diarios de energía eléctrica y que muchas casas no dispongan de agua.

A veces ves aguadores con unas carretillas enormes de ruedas macizas con bidones de plástico de unos 10 litros. Y llevan 16 de esos. No sé cómo se pueden manejar, pero la verdad es que, los que he visto, una vez llenos van solo cuesta abajo. Y como cuando llega uno de esos aguadores colapsaría el chorro central de la fuente emplean una técnica ingeniosa: una botella de plástico de un litro  que cortada por la mitad hace de embudo y de esta manera colocándola en el chorro de salida le “roban” un poco de caudal y llenan una par de garrafas, que es lo habitual de los vecinos que van a buscar agua. Para evitar los abusos.

 

Otro “negocio”  que nos sorprendió es el de recogida de botellas de plástico. Allí debía estar el que las compraba “al por menor” y luego las transportaba en un saco de más de dos metros y medio de largo por uno de ancho. Claro que debía pesar poco pero no sé cómo se movería por aquel entorno el porteador que debía llevarlas.

Buscamos el transporte que nos llevará mañana a Kalimpong. Después de tantas zozobras en los días anteriores un joven amable y con un inglés estupendo nos dice que no hace falta comprar el billete por anticipado pues salen continuamente “cuando están llenos”. El despacho está al fondo de un largo pasillo oscuro que solo puedes encontrar aquí. De nuevo pura India.  

Desde la “Chowk Bazar Bus/Jeep Station” otra larga bajada interminable te lleva hasta la plantación y factoría de té.  El camino pasa primero al lado de pequeños grupos de viviendas donde la gente, casi siempre mujeres,  están también recogiendo agua.  Volvemos a encontrarnos con otra gran fuente  con imágenes que imagino son de personajes religiosos y allí hay también señoras lavando. Por en medio baja un barranco canalizado con aguas residuales y basuras mil. Imagino que las fuertes lluvias  de los monzones limpiarán esto pero  ahora es un desastre. La vida en estos entornos es dura.

Nos sorprende encontrarnos con un grupo de casas que tienen todo el camino y lo que las rodea limpio, limpio. O sea que si quisieran todos podrían estar así.

En el patio de una casa dos señores están desmenuzando cajas de televisores  y seleccionando cualquier pieza metálica que encuentran: ¡cajas de madera de televisores! ¿Cuántos años hace que en España no hay cajas así?

Y de repente dejas ese mundo de suburbios de una gran ciudad y te encuentras   en una plantación de té. Es la más cercana a Darjeling y es interesante ver la factoría si te gusta el té pero en cualquier caso son muy bonitos los campos por los que pasas.

Por si vienes: la guía dice que un empleado te enseña la factoría y luego te reclama una propina. Pues no fue así en nuestra visita. Había un grupo de haraganes  a la caza del turista extranjero -el único capaz de llegar hasta allí andando-  para enseñársela. A nosotros nos “atacó” uno. Como quise dejarle muy claro lo que le iba a dar a pesar de que él, muy educado, solo decía que “la voluntad” y no nos pusimos  de acuerdo la visitamos solos.  Y es que hay unos pasillos con cristales para que lo veas sin problemas. Y además puedes luego entrar en la parte de fabricación y verlo de cerca. Y encima si preguntas algo a los que trabajan te lo explican encantados. 

No sé si será verdad o una fantasmada pero nos dijeron que aquel té se vendía en Harrods. Desde luego lo tienen poco montado para la visita turística así que si no eres fanático del producto no vayas.

Al regresar atravesando los campos de té había un grupo de cortadoras de hojas. Hablamos con una que nos dijo que todas las de ese oficio en Darjeling eran nepalíes.  Desde el camino un señor bajito les iba marcando por donde debían recoger las hojas o eso me pareció a mí.   Le pregunté a la nepalí recolectora por la función de aquel señor y como no me entendía le dije si “aquel pequeñito era el supervisor”. Yo en inglés no tengo claro cuando emplear lo de “short”, “small” y “little” y debí emplear la palabra inadecuada  y quizás llamarle “supervisor  enano” o “supervisorcito”  porque se organizó una juerga tremenda de risas cuando la nepalí “amiga” les tradujo a las otras lo que yo había dicho y no paraban de repetir “algo supervisor” y venga a reírse. Y yo me sentí fatal con aquel pobre hombre y le pedí perdón muchas veces. Pero  creo que lo dejé bien jodido.