Hoy hemos decidido ir a ver el amanecer sobre el Khangchendzonga desde un lugar que está a unos cinco minutos del hotel. Como desde la ventana de nuestra habitación se ven las montañas hemos comprobado previamente que estaba despejado y poco después de las 5 ya estábamos en la puerta del hotel, puerta que estaba cerrada y sin nadie por allí así que la hemos abierto y luego hemos saltado la cancela exterior también cerrada, como si nos fuésemos a escapar sin pagar.
Y de nuevo ha sido una maravilla, especialmente ese momento mágico en que el sol toca al Khangchendzonga y lo hace rosado.
Son unos minutos en que las montañas tienen unas líneas muy precisas, todo se ve con gran claridad. Luego al ir llegando el sol a los valles va subiendo la bruma de ellos y nada es igual.

En aquel punto hemos estado media hora con otra pareja de occidentales y un indio muy gracioso que parecía que se había puesto un mantel por la cabeza. Volvemos al hotel y desayuno rápido pues a las 7 tenemos el” jeep compartido” contratado que nos llevará a Jorethang y desde allí otro a Darjeling.
El medio normal para ir desde Pelling a Darjeling es coger un jeep hasta Geyzing, de allí otro a Jorethang y de allí a Darjeling, pero buscando, buscando, encontré uno que iba directo a Jorethang. Y así estábamos a las 7 en la puerta del hotel esperando pues como está de camino te recogen allí mismo.
Salieron los canadienses que también iban a coger otro transporte para ir a Siliguri y estuvimos charlando un rato. Son una pareja estupenda aunque para viajar por Asia él tiene un gran problema: debe medir cerca de dos metros. No sé cómo se las arreglará para sentarse en muchos transportes públicos. Y llegó su coche pero no el nuestro. Me temo que aunque lo hemos pagado por adelantado, para asegurarnos el asiento, nos dejen en la estacada. Pido al del hotel que llame a la agencia del transporte: “está en camino”. Llegó a las 8 y cuarto. ¡Viva la puntualidad india! En el jeep vamos: primera fila 3 adultos más el conductor, fila intermedia 4 adultos más un niño y fila trasera, la nuestra, 4 adultos y un bebé. Total son solo 2 horas.
El camino, como todos en Sikkim, es precioso y con más población que en el norte, aunque totalmente diseminada por las laderas de los valles. Y como a esta gente les encantan las flores a lo largo de la carretera no para de haberlas. Y los grandes arbustos de la flor de pascua que tanto me sorprendieron en mi anterior viaje por su tamaño.
Otra sorpresa es pasar por un túnel. Creo que es la primera vez que paso por uno en este país aunque es bastante pequeño. No he visto gente menos tuneladora que ésta. Aquí el Sr. Ruiz, alcalde de Madrid, se volvería loco. Si viniese a pasar unos días a Sikkim seguro que se transformaría en la obsesión de su vida: poder hacer cientos, miles de túneles en el Himalaya.
Llegamos a Jorethang a la estación de autobuses. Bueno en Sikkim no hay apenas autobuses, son todo vehículos todo terreno con falsa tracción a las 4 ruedas. Pues el nuestro no sale de allí -nunca es fácil la vida del turista- sino de una callecita donde un flamante quiosco dice que son el “Sindicato de los transportistas que van a Darjeling”. Sentados por todos los lados por la calle hay unas 30 ó 40 personas lo cual no es muy esperanzador. Voy al quiosco y le pido al amable empleado dos billetes. No le entiendo muy bien pero parece que me dice que no hay coches y que tengo que esperar. O sea menos esperanzador. Ya me veo luchando para tomar al asalto un vehículo cuando llegue, cosa que con nuestro equipaje lo hace totalmente desaconsejable.
Llega un coche y se lanzan a por él un grupo de viajeros que descubro que ya tenían billete para él. Vuelvo a la caseta y que nada, que espere.
De vez en cuando se levantan un grupo de los que están sentados por las aceras y se van al empleado del “Sindicato”, le preguntan algo y regresan a sus aceras. Veo que saldremos de esta ciudad pero no sé cuándo. Así que de tiempo en tiempo me acerco al quiosco. Y de repente, sin saber porqué, el personal se acerca con el dinero en la mano y se forma una barrera de unos 20 viajeros intentando darle el dinero al empleado sindical. Y allí me voy yo también al final del muro humano. El empleado me mira, me dice “200”, se los doy por encima de las cabezas de los demás y ya tengo los billetes para Darjeling. Marisa que ha visto la escena de lejos me pregunta que cómo los he conseguido: creo que es una mezcla de encanto –no se lo he dicho- y obstinación. Seguro que el vendedor estaba cansado de repetirme «wait, wait”. Total que el “wait” ha sido de una hora, pero lo peor ha sido la incertidumbre.
En el nuevo vehículo tenemos una distribución semejante al de llegada: tres más conductor, cuatro más dos niños grandes y cuatro, nosotros allí, con un bebé en el trasero.
La carretera es terrible, una de las peores aunque sin los precipicios de los del norte. Deben ser unos 20 kilómetros y se tarda dos horas. Además aunque la guía dice que cuando sales de Sikkim no te controlan, en éste, el de Ramman, por el que salimos es muy poco importante y nos han hecho bajar a nosotros para comprobar, por lo visto, que sí salíamos. Allí hemos coincidido con un grupo de 8 malasias que entraban y como apuntan todo nos hemos tirado un 15 minutos. Yo he aprovechado para charlar con la malaya que esperaba el control. Resulta que había estado en Madrid y que había hecho el camino de Santiago. ¡Qué cosas tiene la vida! Y yo estaba un poco molesto porque los compañeros de jeep no tienen la culpa de que seas extranjero y de que la burocracia india sea así de lenta. Que parece la hitita que escribían en piedra o en barro. Además del coche no se bajó nadie excepto el chófer. Así que al regresar mucho “sorry” aunque como ellos jamás lo piden les debe parecer una excentricidad.
Y ya estamos en Bengala Occidental. Las matrículas de los coches pasan de SK a WB y los letreros dejan de estar en inglés e imagino que estarán en bengalí. Y es que Sikkim es el estado con mayor nivel de inglés, incluso hay quien me decía que los idiomas oficiales eran el nepalí y el inglés. Y desde luego todos los letreros están en inglés. Y además también te percatas que esto ya es más India y que Sikkim lo es muy poco.
También aparecen las primeras plantaciones de té. Están en colinas muy inclinadas y en pequeñas extensiones al principio que se van haciendo más grandes conforme nos acercamos a Darjeling.
Se llega al “Chowk Bazar Bus/Jeep Station” y viniendo de Sikkim es como si de Soria te fueses a Calcuta: una calle de dos direcciones totalmente colapsada de coches, gente por todas las partes, los cláxones que no paran de sonar (en Sikkim se utilizan muy poco, casi exclusivamente para saludarse los conductores), una polución asfixiante y además estamos a 2.134 metros de altitud. Y ahora viene la búsqueda de hotel que en esta ciudad no es un problema en sí mismo pues hay muchos donde elegir pero sí por las distancias, no por su cantidad sino por su calidad: unas cuestas increíbles.
Después de probar sin éxito en el que la guía llama “nuestra selección” decido volver al que fui la primera vez: un edificio de la época colonial que entonces tenía mucho encanto pero que estaba un poco destartalado. Ahora lo han arreglado y está algo mejor.
Había dejado a Marisa en esa confusa, polucionada y abarrotada estación y volví a recogerla. Al comienzo es un contraste enorme con Sikkim pero luego llegas a la parte peatonal de Darjeling y aunque las cuestas pesan lo suyo, y más con todo el equipaje, la visión ya es más tranquilizadora.
En la habitación al lado de la nuestra hay una familia americana, lo cual no es muy habitual, y menos aún que ella hubiese estado en Madrid y el Prado le había gustado mcho. Y además le encantaba hablar de pintura.
Nos vamos a comer, a descansar, a tomar el té a Glenary’s y a internet, que no pisábamos desde Gangtok. Así nos enteramos por nuestro hijo –me apuesto la mano izquierda a que tu hijo no te escribe unas notas tan largas y cariñosas como el mío- que ha habido un cambio de gobierno y también lo del Nóbel de literatura. Este sitio de internet es el mejor de todo el recorrido: las pantallas son planas y los teclados nuevos; el único problema es que el joven dueño o encargado es un loco de Elvis y lo tiene a toda pastilla.