Lo de Yuksom además del increíble «lugar donde se encontraron los tres lamas», me tiene en un sin vivir. No he logrado saber no como se pronuncia ni como se escribe. Justo en la entrada de Pelling hay un gran letrero que dice: a «Yoksum» tantos kilómetros. No entiendo como no pueden ponerse de acuerdo. ¿No hay una nomenclatura oficial? Una vez estuve en Dehradun en el «Survey of India», que es como el Instituto Geográfico Nacional de la India. Si vuelvo se los preguntaré.
Ahora estoy sentado en una terracita de Pelling tomando un té enfrente de lo que podría ser uno de los más bonitos atardeceres de este viaje, pero una vez más las nubes no nos dejan ver las montañas.
Esta mañana tempranito hemos dejado Yuksom. En estos pueblos pequeños el transporte siempre es un problema; sobre todo si no eres indio.
El otro día estando en Tashiding esperando el posible jeep que nos llevaría a Yuksom y viendo el problema que no sabía cómo resolver pensé en las muchas veces que me preguntan que porqué no voy a China: pues si en Tashiding teniendo los letreros en inglés -creo que Sikkim es el estado indio con mayor nivel de inglés- y la ayuda de dos jóvenes del pueblo, tuvimos tantos problemas ¿qué habría sucedido en un pueblecito chino sin entender ni un solo letrero y sin nadie que nos pudiese ayudar en inglés? Creo que nunca podré ir a China.
Ayer contraté de palabra el viaje de hoy pero no las tenía todas conmigo. Afortunadamente había dejado de llover después de hacerlo toda la noche. A la hora prevista ha llegado el «jeep compartido». En este caso con un señor y una señora -que no era la suya- y con un niño pequeño que compartían el asiento del conductor. Detrás una pareja de alemanes mayores y nosotros. Menos mal que la señora alemana no lo parecía y cabíamos los cuatro. Detrás un joven británico, una pareja joven canadiense y un francés de unos 50 años que les ha estado dando la paliza a los canadienses. Les ha explicado completamente el viaje que hizo de tres meses por Canadá y USA. También les ha preguntado si no hacían trekking en Canadá: «No, en nuestro país no se hace trekking porque allí es gratis». El francés no ha entendido la sutileza de la respuesta y se ha apresurado a contestar que en Francia también es gratis. Pero lo mejor ha sido cuando les ha preguntado si habían subido al monte McKinley. Pronunciado así «makinlei». Le han dicho que no lo conocían. El francés no se lo podía creer. Se los ha repetido varias veces hasta que al final el canadiense le ha dicho: «Ah, «makinli». Es que está en Alaska». A mí me pasa eso de confundir Alaska con Canadá y no vuelvo a hablar en todo el viaje pero ese francés era inasequible al desaliento. Y encima Marisa para zaherirme va y me dice: «así hablas tú el inglés». O sea horrible, horrible.
En Pelling vamos al hotel que la guía recomienda como «la opción más recomendable». Yo había estado en el viaje anterior en otro que me gustaba pero como ése lo ponían tan bien…pues nada, que la habitación que nos ofrecieron era bastante mala. A cambio desayunamos en su terraza teniendo enfrente por primera vez las grandes montañas. Solo ha durado 15 minutos pero al final Marisa ha podido verlas.
Y la ventaja del viaje independiente: no te gusta el hotel y te vas a otro. (Que quede claro: a cambio de esa libertad y de alguna otra pequeña ventaja tienes un montón de inconvenientes y problemas).
En el nuevo hotel nos dan una habitación frente a las montañas (con nubes incluidas) y con una terracita al lado donde poder tomar el té al atardecer.
Este hotel, en el 2006, era una especie de refugio de los mochileros que caían por aquí, principalmente el restaurante. En él conocí a Pilar y Robert y a una encantadora señora holandesa. Ahora lo están modernizando y aunque sus huéspedes son casi todos jóvenes occidentales mochileros -menos nosotros que somos «tercera edad occidentales mochileros»- creo que ha perdido ese carácter encantador de «guarida», e incluso hay alguna pareja de bengalíes jóvenes.
Cuando voy de un hotel al otro me llaman desde el interior de un jeep que estaba aparcado: es la familia de bengalíes del hotel de Tashiding que se van a Darjeling. Se han alegrado muchísimo de verme -yo también a ellos-, sobre todo el niño. Como les he contado que nosotros vamos a ir allí dentro de un par de días el niño me ha dicho que porqué no nos íbamos con ellos ahora. Ha sido enternecedor.
Pelling es una ciudad curiosa. O mejor un sitio, porque es simplemente una hilera de hoteles a ambos lados debe la carretera sin ningún centro de ciudad. Aquí vienen los bengalíes a ver las montañas y a pasar frío. Esto último se puede deducir por lo tapados que van aunque ahora la temperatura es primaveral y más hoy que por primera vez no ha llovido y ha hecho sol. Pero seguramente es una de las ciudades con menos encanto de la India.
Pero los bengalíes y nosotros cuando estamos en Pelling vamos a ver el monasterio de Pemayangtse. Ellos en coche y nosotros andando. 
Es un recorrido casi todo por carretera pero al lado de un bosque precioso. Vemos muchas orquídeas -los bosques de Sikkim están repletos de ellas- y con bastantes flores: ¡una maravilla! Es curioso lo que les gusta a esta gente las flores: casi todas las casas tienen sus ventanas llenas de ellas, generalmente en unos sacos de plástico negros en lugar de macetas y si es en el campo con muchas flores plantadas alrededor de las casas. En algunos restaurantes muy sencillos te sorprenden con un ramo de flores naturales encima de la mesa mientras que en los de más categoría suelen castigarte muchas veces con flores de papel o de plástico. Como al pobre Buda que suelen ponerle unos girasoles de papel. Quizás es que aquí esa flor sea un exotismo que solo se ve en las postales de Kansas.
Ahora caigo que aunque es sábado hemos visto a muchos escolares. O es que el sábado es lectivo o es que están recuperando los días de Dussehra.
Una particularidad de los escolares de Pelling, o de algunos de ellos, es que los chicos llevan pantalón blanco y las chicas falda plisada blanca. ¡Con lo sucia que es esta ciudad y el problema que debe ser planchar un plisado! Ah, y peor: las zapatillas blancas también.
Y en un corto paseo de unos dos kilómetros y medio llegamos al monasterio. En la entrada hay una serie de mástiles con las típicas banderolas de oración. La particularidad es que siempre son de bambú y aquí son de hierro. Los mástiles, no las banderas.
En este monasterio, como en el de Rumtek, hay que pagar una entrada «para la conservación del monumento». Al que hace de portero, que es seglar, le pregunto cuántos monjes hay: “más de 200”. Otra vez el «200» como término de referencia y eso quiere decir algo: o que es un número mágico o que en tibetano o en nepalí tiene un sonido especial y les gusta decirlo. Algo así como “caramelo”, “regaliz” o “almojábana” en castellano.
Este monasterio es una preciosidad. En el patio delantero están jugando al fútbol el portero –el del monasterio, no el del equipo de fútbol- y un joven novicio. Me dice que el balón es un regalo de unos turistas españoles que pasaron por allí. ¡Cada día me sorprende más el género humano! A mí que no me cabe ni un pañuelo más en la mochila y hay quien puede llevarse encima un balón de futbol. (Antes se les llamaba “de reglamento”). Cuando trabajaba en Barcelona cogía el tren todos los días para ir allí y un día me encontré con un pasajero que llevaba un balón de fútbol en la cabeza. Sí, en la cabeza. Y no se caía a pesar de los frenazos, paradas y arranques del tren. Al llegar a Barcelona se bajó con la pelota en la cabeza y se fue. Y no llevaba ningún letrero de esos de “Jesús te quiere” o “Si quieres adelgazar pregúntame cómo”. Pero a mí me hizo pasar un viaje de lo más angustiado pensando todo el rato en que se le iba a caer de la cabeza y encima me iba a dar a mí. Si me lo llego a encontrar otro día cambio de vagón.
Volviendo a la pelota española: a lo mejor el que les regaló el balón a los monjes de Pemayangtse era ése, el del tren, o su hijo. Que fue hace muchos años. Por cierto que para encargar el niño me imagino que se quitaba el balón de la cabeza, porque si no aún era más difícil que ir en tren.
Cuando regresamos a Pelling nos vamos a comer y eso en este pueblo si decides hacerlo fuera del hotel es bastante difícil. Y es que ésta es una de las ciudades más raras que conozco: una larga fila de hoteles a los dos lados de la carretera y ni una tienda ni un restaurante. Al final entramos en uno muy sencillo pero con buena comida.
El día se ha nublado y seguimos sin ver las montañas. Pregunto al mozo del hotel y me dice que amanece antes de las seis así que habrá que madrugar por si al final el cielo está despejado.