17. Tashiding, día 2.

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Tashiding GompaHoy también he soñado. Es curioso porque no recuerdo haberlo hecho tanto  en mi vida excepto los sueños eróticos de la adolescencia. Por cierto que yo decía que solo había soñado en mi vida (adolescente, insisto) con chicas y con motos y hoy cuando transcribo esta crónica del borrador en papel al ordenador leo que las motos en los sueños simbolizan la sexualidad.  

¿Tendré que venir a la India para soñar? Pero no como el de hoy que ha sido muy duro.

Desayunamos en el hotel nosotros solos porque debemos ser los únicos clientes excepto la familia bengalí, que no debe madrugar.

Es una maravilla de hotel y nos da mucha pena dejarlo pero no hay nada más que ver en los alrededores excepto el monasterio del pueblo que vamos a visitar ahora.

El único punto negro es que la cena fue un poco escasa.

Pido la cuenta del hotel y descubro q           ue ayer nos sirvieron para cenar un solo plato en lugar de los dos que pedimos pues aunque habitualmente pedimos dos cosas diferentes, así una siempre es menos picante que la otra, pero como había poca elección pedimos dos de lo mismo. Habrán pensado que éramos muy económicos aunque la cerveza costó un 50% más que el resto de la cena.

La subida al monasterio es preciosa, llena de flores y banderolas. Yo recomiendo hacerlo andando pues además es una pendiente muy suave. No paramos de encontrarnos gente que nos saluda con el “namasté”. También bastantes niños que van al colegio después de los días de fiesta de Dussehra. Dada la cantidad de fiestas y festivales religiosos que hay en este país me gustaría saber cuántas vacaciones escolares hay en la India.

Nos encontramos con una señora de la etnia “gurung”. Creo que es la primera de este viaje. Si sucede como con los lepchas se llamará Tomasa Gurung, por ejemplo. 

El último tramo hay que hacerlo obligatoriamente a pie y nos encontramos con un joven turista occidental que baja y lo hace por el lado malo. Ya sabéis: cuando en el mundo budista te encuentras en un camino con una isleta  en forma de piedra, jardín, “chorten”, o lo que sea, hay que ir por el lado izquierdo, porque de esta manera vas en la dirección de las saetas del reloj, que es la correcta. Así que le digo sonriendo que va por el lado equivocado y que así irá al infierno. A pesar de que le he insistido que era una broma ha dado la vuelta y ha cogido el buen camino. Por si las flais.

A poco de entrar en  el recinto del monasterio oigo el clásico golpeteo de las picapedreras. Me asomo y veo a cuatro mujeres, cada una con su montón, haciendo grava. Es un trabajo durísimo e imagino que mal pagado y casi exclusivamente de mujeres (aunque el “word” solo admite la forma masculina de esta palabra). Y esta visión siempre me cabrea porque es algo que podría hacer fácilmente una maquina sencilla aunque en ese caso quizás se quedasen sin trabajo. Pero ¿tú te imaginas todo el día  pegando martillazos a las piedras para hacerlas más pequeñas?  Y encima no es para hacerte tu casa sino para las obras del monasterio mientras los monjes están haraganeando todo el  día. Ya sé que casi  ningún miembro eclesial de cualquier iglesia trabaja pero con los monjes budistas me molesta en especial.   

Monjes, que por cierto aquí no sé donde están. En mi viaje anterior coincidí con una especie de festival y estaba lleno pero hoy hay solamente dos mayores que pasean  -por supuesto en el sentido circular correcto- y que no me hacen mucho caso cuando les digo que la puerta del templo está cerrada. Es que deben estar con lo de  la impermanencia.  Entonces le pregunto a uno que corta hierba, por supuesto seglar, y algo hace porque al rato aparece un monje con las llaves.

Es un recinto muy interesante pero en el que está prohibido hacer fotografías en el interior.

Al pasar por delante de un altarcito donde hay algunos billetes me recuerda el monje portero que se pueden dar donativos.  Así que dono. Luego delante de unas lamparillas rellenas de mantequilla -¡cuánto les gusta la mantequilla a los dioses budistas!-   me dice que encender una grande cuesta tanto y  que es muy bueno hacerlo. No le he entendido bien si era muy bueno en general o si tenía algún aspecto favorable en particular pero a pesar de que me lo ha dicho tres o cuatro veces  no le he hecho caso. Si hubiese hablado más inglés le habría explicado que ni gratis, que eso es un derroche inmoral y desde el punto de vista de conservación de la naturaleza un despilfarro inútil, pero es que además ya tengo todo lo que quiero y que si hay alguna cosa especial que deseo para mis hijos o mis nietos eso lo pido en la noche de las  Perseidas.  Hombre, si fuese eficaz  lo de la lamparilla quizás lo hubiese hecho para pedir por las piernas de mi madre, pero dado que ella es católica quizás no le hubiese gustado mucho. Así que nada.

Aprovecho para preguntarle al monje algunas cosas sobre el monasterio. La primera sorpresa es que aquí no son 200 monjes los que hay sino 320. De todas maneras esa manía de que sean siempre un número múltiplo de 10 me mosquea bastante. Porque tú vives en una comunidad y sabes si hay 318 ó 327, aunque claro, estos religiosos son muy nómadas. Así me ha dicho que hoy había muy pocos y que mañana vendrían todos.  También le pregunto por la fiesta a la que asistí el año pasado. Se llama “habab teechen”, o algo así, y que este año será el 29 y 30 de octubre, cuando llegan monjes de todos los monasterios. ¿Y el año que viene cuándo cae? Ni idea.

 

En el altar mayor hay figuras como las que vimos hacer en Lingdum y que aunque parecían de plastilina me aseguraron que eran de cera. Pues aquí son de mantequilla. Le insisto: ¿no son de cera? Pues no. Le digo que iguales a éstas en Lingdum las hacían de cera. Debe creer que soy idiota.

Acabo con la pregunta de rigor de estos días: “¿Aquí los monjes son lepchas y bhutias?”. Pues no, aquí solo bhutias. Me hubiese gustado poder explicarle que en Poblet el abad ni siquiera es catalán pero no sé si me hubiese entendido.

El joven bhutia reivindicativo que conocí en la primera noche en Tashiding me dijo que en la fiesta de invierno de este monasterio vienen monjes de toda la India e incluso de muchas partes del mundo y me nombró Alemania, Suiza, Francia y algún país más. Según él vienen a recoger el agua sagrada. Recogerla la recogerán pero no sé como se la llevarán  porque tendrán que facturarla con el equipaje pues no creo que los de los controles se traguen eso de “ya sé que no se pueden llevar 20 litros de líquido en el equipaje de mano, pero es que es agua bendita”. Por mucho que vayas vestido de monje budista.

Sí que he leído que en esa ceremonia según el agua hacen predicciones para el resto del año. Quizás al Sr. Rodríguez, nuestro presidente, le vendría bien darse una vuelta por aquí, por lo de la deuda. Al Sr. Rajoy creo que no, pues con su frase “Dios proveerá” no necesita nada más y le va muy bien.

Acabamos el recorrido dando un paseo entre los chorten pues aquí está ‘Thong-Wa-Rang-Dol’ que te lava los pecados con solo  mirarlo fijamente. Como no entiendo eso de “lavar los pecados” no hago nada. En la doctrina católica se diferencia la pena de la culpa pero aquí no sé como va. De todas maneras, al margen de las doctrinas, el conjunto de “chortens” y la pared de piedras grabadas que los rodea son una maravilla.

A pesar de la ausencia de monjes y de fieles, pues esta mañana somos los únicos visitantes,  se siguen construyendo nuevas edificaciones, Ahora están levantando un edificio bastante grande. Me sorprende que se empleen placas de fibra de cemento. En el suelo hay unas grandes vigas de hierro y me duele la espalda solo de pensar cómo las habrán subido hasta allí porque desde el aparcamiento hasta el monasterio hay un buen trozo y todo cuesta arriba. Y no creo que se les haya ocurrido a  los 320 monjes.

Justo cuando regresamos y llegamos al aparcamiento aparecen 4 jeeps con franceses, todos muy elegantes y muy puestos.

Recogemos el equipaje en el hotel y nos vamos al cruce de la carretera donde se cogen los “shared jeeps” que viene de Jorethang y que van a Yuksom, nuestro próximo destino.