Al fin han aparecido las grandes montañas en el horizonte. No se veían completamente pero por lo menos no hay niebla.
A una hora tan prudente como las 10 de la mañana nos vienen a buscar para la excursión. Recuerdo con tanto agrado la de la otra vez que temo que ésta me pueda desilusionar sobre todo porque los dos guías de aquella vez eran unos chicos estupendos. Curiosamente también vamos a llevar en esta ocasión dos guías pues ayer con el que contratamos el viaje ya me adelanto que iba a venir un aprendiz.
La tripulación se compone de Pempa, el chófer, de la etnia bhutia, el guía Roshan, nepalí-bhutia, y Nolo, el aprendiz, que es sherpa. Parecen majos.
Observación lingüística: lo de “bhutia” a veces aparece como “bhotia”. Imagino que es una transliteración fonética de los ingleses colonizadores de la palabra tibetana original pues es un grupo que llegó desde allí huyendo de luchas religiosas en el siglo XV. Ahora son mayoría en algunos enclaves de Sikkim.
El coche es un 4×4 Mahindra, uno de los “jeeps” más habituales por aquí.
El plan previsto es:
Día 1: (o sea el 13 de octubre, después del puente del Pilar): De Gangtok a Lachen.
Día 2: De Lachen al valle de Tsopta y de allí a Lachung.
Día 3: De Lachung al valle de Yumthang y regreso a Lachung.
Día 4: De Lachung a Gangtok.
La primera parada es la típica que hacen todos los que empezamos este viaje: Tashi Viewpoint. Allí vemos a un grupo de cuatro occidentales jóvenes que veremos a lo largo de todo el día y a familias indias, casi todas bengalíes. Porque esta excursión la hacemos unos pocos occidentales pero muchos, muchos indios. El camino es un desfile continuo de “jeeps” con el letrero de “Tourist” ocupados por familias.
La segunda parada es otro clásico: “seven sisters waterfalls”. Que como su nombre no indica no tiene nada que ver ni con hermanas ni con siete. Puestos a darle un nombre de fantasía hubiese sido más bonito “Seven Brides for Seven Brothers”. O por lo menos más cinematográfico.
Y la carretera se va estropeando cada vez más aunque está llena de gente reparándola. Todas estas carreteras himalayas están bajo el control de la BRO, “Border Road Organization”, un organismo militar que controla los trabajos y a los trabajadores. En alguna ocasión puedes encontrarte algún militar de las BRO llevando alguna maquinaria pesada pero la gente que está con el capazo, el rastrillo, el pico y la pala es siempre más morena y más pequeña que los demás. Me dicen que por aquí suelen ser nepalíes.
Otra particularidad de esta zona es que está muy militarizada y no paran de pasar camiones. Me percato de algo que quizás sea obvio y que ocurre en todas las partes del mundo pero que no me había fijado hasta hoy: los camiones militares que pasan solo llevan dos ruedas en el eje posterior. Imagino que será una razón económica pues como van siempre casi vacíos o solo con algunas tropas llevan muy poco peso.
Paramos a comer en un restaurantillo donde paran muchos de los “jeeps” en ruta. Allí tengo mi primer encontronazo con el mundo budista. Bueno no sé si budista o sikimés. Y mejor que encontronazo, cabezazo. Porque al entrar en la letrina de ese restaurante me he pegado un testarazo terrible por la manía en esta zona –que imagino que es una práctica habitual budista- de hacer las puertas con los dinteles muy bajitos. Y menos mal que soy de estatura normal porque un alto se hubiese roto los incisivos. Porque además estaba en una caseta exterior y cuesta abajo por lo que he llegado con mucha velocidad.
Y cuando me doy con la cabeza tan fuerte como hoy y compruebo asombrado que no se mancha mi mano con mis sesos, ni siquiera con la sangre, siempre pienso en Trosky y como tuvo que darle de fuerte Mercader para liquidarlo.
Y de repente nos encontramos con la carretera cortada. Resulta que la están asfaltando. Por supuesto bajo la atenta mirada de tres militares, imagino que de los BRO. Allí nos hemos tirado más de hora y media. Y eso nos ha fastidiado el promedio. Porque esta mañana nuestro chófer iba tranquilo y cedía el paso a los que venían por detrás más rápidos pero ha empezado a anochecer y él a correr. Total que hemos llegado a Lachen a las seis y media de la tarde. Si quitas una hora entre comida y paradas nos ha costado siete horas y media.
Nos acomodamos en un sencillo hotel, cenamos y pregunto si podemos dar una vuelta por el pueblo: pues no, porque a las ocho la policía prohíbe circular por las calles.
Estamos a 2750 metros y el ambiente es fresquito. En la habitación, sin calefacción, por supuesto, unos 12ºC.
En la cena en el hotel hay un calcutano que ronda y le digo a Marisa que “éste está loco por hablar con nosotros”. Lo típico, que de donde somos y que si nos gusta la India. Al poco nos dice que lo que más le gusta a los españoles son las corridas de toros. No si nos gustan sino directamente “lo que más nos gusta”. Y el guía que estaba por allí aprovecha para preguntarnos por la “tomatina”. Les explico que lo que más odio de la India es que me pregunten por los toros y la tomatina. Quizás he sido un poco duro pues eran muy jóvenes los dos. Les he explicado que los toros les gustan a muy pocos, aunque hagan mucho ruido, y que lo que de verdad les gusta a mis conciudadanos -¿cómo se dirá “conciudadano” en inglés?- es el futbol. Y entonces el calcutano me explica alborozado que este año se va a ver la “Liga” en la televisión india. (Imagino que se refiere a la de fútbol, porque me hubiese gustado explicarle la polisemia de la palabra y de que hay otras “ligas” mucho más interesantes. Lo mismo con las “corridas”). Pero el pobre chico sabía más de España pues me ha dicho que su paisano Anand vivía en Madrid. Como creo que vive en Villalba, le he dicho que “cerca de Madrid”, para que viese que yo también estaba enterado.
Y prontito a dormir que mañana hay que madrugar.
Poesía.
Para compensar lo de los toros acabo la crónica del día con una poesía de las que os hable al comienzo de mis escritos:
“El infierno
le hace competición al invierno”•