42. De Rangún a Bangkok.

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Esta mañana le hemos echado la última mirada a la pagoda de Shwedagon desde la terraza del hotel. El día estaba gris pero me he quedado con el recuerdo de ayer en que estaba espectacular al atardecer.

El desayuno del hotel se toma en la cafetería que vi ayer llena de niños bien ranguníes. No hay nadie más y el local es el más moderno que he visto en este país.  Parece de Bangkok. El desayuno lo hemos tomado mejor en otros hoteles más modestos pero la presentación es como la de un hotel europeo de categoría.

Ojeo la carta y veo que los precios son ligeramente más baratos que en una cafetería normal en España, pero ésta, aquí, es de lujo  y además estamos en Birmania.

El taxi nos lleva rápidamente al aeropuerto pues en esta parte de la ciudad se nota que es domingo. El aeropuerto parece que también está de domingo pero es que es el aeropuerto de capital de nación más tranquilo que conozco. Además nos vamos con la seguridad de no tener problemas a la vista, no como cuando llegamos con las inquietudes del visado.

En la sala de espera conocemos a una pareja de españoles. Han visitado Vietnam, Camboya, Birmania y ahora Tailandia. Y harán todo eso en dos o tres semanas incluida una que estarán en una playa tailandesa. Como no les he preguntado si podía citarles no voy a explicar su historia en este blog pero ha sido una sorpresa porque él vive en Andorra, Andorra de España, y conoce a uno que fue alcalde de Bellpuig y con el que compartí muchos días de trabajo en aquellos lejanos 70. Es algo increíble estas casualidades. Y que eso te ocurra en Rangún.

Aparte de esa capacidad de ver tantos países en tan pocos días, me dejó asombrado –realmente tendría que decir “acojonado”- la cantidad de equipaje que llevaban. Además de la bolsa de mano que debía exceder del límite permitido en tamaño y peso, llevaban varios sombreros cónicos, con lo incómodos que deben ser de llevar, sobre todo si no los llevas puestos, un tubo como de lanzagranadas y varios paquetes más en las manos. No he visto sus maletas pero debían ser espectaculares, visto el equipaje de mano, y porque pesaban más de 30 kilos cada una. Ya sé que es una tontería, pero así como hay quien se sorprende al ver el firmamento y la cantidad de galaxias que hay y la distancia entre ellas, a mí me pasa lo mismo con el equipaje del hombre blanco.

Subimos al avión y al pasar por la clase preferente Marisa exclama: “anda, un cura”. Y es que había un monje budista sentado allí. Mi desconocimiento del budismo me impide saber la relación entre riqueza, gasto suntuario, comodidad, lujo y esa religión. Lo curioso es que era joven y occidental. Quizás su papá es un adinerado industrial catalán y le ha enviado el billete y el “nen” para fastidiar al “pare” va vestido con su túnica azafrán y el pelo al cero. Claro que si las otras religiones lo hacen, ¿por qué iban a ser diferentes los budistas? El lujo y el boato hasta donde se pueda.

Marisa está mejor. Creo que hemos acertado con el tratamiento.

Llegamos al aeropuerto de Bangkok y es como llegar a cualquier ciudad europea. Hacemos cola para el visado de entrada y en un sitio también de inmigración pero separado del nuestro hay una familia musulmana árabe en el mismo proceso. No sé si están en ese lugar por su procedencia geográfica o porque las dos mujeres que acompañan al varón van de negro y tapadas como en los países del golfo. Porque en Tailandia al hacerte el visado también te hacen una foto con una cámara tipo webcam y claro, ellas tienen que destaparse la cara para la foto y de esta manera no hay nadie de las otras 14 colas que se las vea.  Recuerdo entonces la noticia de una señora musulmana que se negó a sentarse al lado de un señor que le tocó en el asiento contiguo del avión porque ese varón no era pariente suyo. (Por cierto, que a mí también me pasa lo mismo: cuando me toca un señor al lado en el avión tampoco es pariente mío). Al señor le cambiaron a clase preferente. Y a mí me parece un disparate. Como lo de hacerles una cola especial para el visado si ese era el motivo.  Claro que el hombre de ese grupo iba con un niqui, unos vaqueros y las gafas de sol en la cabeza, como los italianos.

El taxista que cogemos no para de hablarnos en los primeros diez minutos. Antes era marino mercante   pero se ha hecho taxista por la familia. Pero era mejor trabajo el anterior. Un buen ejemplo.

Tenemos suerte porque hay habitación en el hotel donde teníamos reserva pero desde mañana. Más tarde comprobaré que llegan bastantes viajeros y está completo. Y es que esto no es Birmania.

Llamo a mi compañía de seguros de viaje. Menos mal que no lo he hecho desde Rangún, porque me ha sorprendido su falta de eficacia y llamar desde allí es un problema. Al final nos mandan a un hospital que es adventista, no sé si por la cercanía, relativa, al hotel o por ser europeos. En la espera me percato de que hay cuadros con gentes dolientes y siempre aparece un señor con pelo largo que parece que les da consuelo y en el caso de una operación le explica al cirujano como proceder. No conozco la fe adventista y si tiene algún profeta particular como los mormones pero me parece que esa figura debe corresponder a Cristo.  Pero así como dar consuelo lo puede hacer cualquiera con buen corazón y discernimiento, no sé si me fiaría mucho siendo cirujano de los conocimientos anatómicos de un carpintero de Belén a la hora de meter el cuchillo al anestesiado.

El médico que nos atiende me confirma que la elección del antibiótico que le di a Marisa fue acertada y la cura también pero que tiene la herida infectada y debemos ir varios días a que se la curen y tomar otro antibiótico más. Nos dan la factura y decido que si un día quiebra la sanidad pública española, como algunas comunidades se empeñan en conseguir, me vendré a poner enfermo a Tailandia.

A la vuelta decidimos probar suerte volviendo en autobús. Nos ayuda a cogerlo un señor tailandés de padre chino.  Yo debo hablar con los personajes más singulares. Este, por ejemplo, tenía la misma enfermedad que el de la peli de Memento, pérdida de la memoria inmediata, que no recuerda lo que acaba de pasar, pero el del film se lo tatuaba y éste de Bangkok me parece que no. Me ha preguntado como seis veces donde había aprendido a hablar inglés, otras tantas veces cuántos años le había dedicado a ese aprendizaje y tres veces si él hablaba mejor que la señora del hospital. Lo curioso es que él sabía que veníamos del hospital porque me lo había preguntado en la parada del bus donde nos ayudó a coger el adecuado pero en el hospital hablamos con media docena de personas y él no estaba allí. Le he dicho que si, que él hablaba mucho mejor que la señora del hospital.  “¿Y me entiendes mejor que a la señora del hospital?” “Pues sí, mucho mejor”. ¿Qué iba a decirle? Y encima en el bus entre otras cosas me ha preguntado tres veces por mi edad y ha repetido mi respuesta en voz alta cada vez. Para compensar la vergüenza que me daba tanta publicidad me ha dicho que me echaba 20 años menos.  He estado a punto de recomendarle nuestro óptico de Bangkok. Se ha bajado con nosotros, nos ha acompañado un ratito y nos ha indicado el camino.

De vuelta a nuestro hotel hemos pasado por Khao San y vuelve a estar en plena efervescencia. Uno de los lugares más singulares de Asia.

Khao San

Cena ligera, internet y a descansar.

Antropología religiosa.

En los cuadros del hospital el que representaba a Cristo llevaba una melenita.

En la iconografía cristiana a Jesús siempre lo han representado con barba recortada y con media melena.

En la época escolapio-franquista ambos signos, la barba y la melena, estaban prohibidas entre los varones.  Se veía alguna barba entre algunos intelectuales, sobre todo cuando apareció la trenca, y algún legionario también. Y algún misionero. Pero de melena, nada. Al comienzo de la moda de las melenas   alguno podía oírse lo de “maricón” por atreverse a llevarla.

Y de ahí la paradoja: Cristo podía llevarla pero Rafael no.

Lo que es bueno para Dios, ¿por qué es malo para un joven?

Escatología.

Esta mañana en un retrete contiguo en el aeropuerto de Rangún he oído una exclamación de satisfacción.  Me ha sorprendido el grito y me ha recordado un sucedido de mi servicio militar.

En el campamento en el que estuve las letrinas estaban al aire libre formando unos cubículos contiguos sin techo y abiertos en su parte frontal. O sea en forma de “U”. Había dos largas filas y lo curioso es que estaban enfrentadas ambas por las inexistentes puertas. Buscabas uno que no tuviera a nadie enfrente te agachabas –eran de los llamados “turcos”- y siempre había alguno de los que no pueden estar callados ni cagando –lo descubrí allí- que se te ponían en el de enfrente a darte conversación.

Por la noche estaba prohibido salir del barracón, llamado “compañía”, donde dormíamos y entonces había que ir a los retretes que estaban situados dentro. Una vez un recluta estaba “haciendo el amor consigo mismo”, que diría Woody Allen, pero lo hacía de forma indiscreta con bastantes sonidos guturales de satisfacción. Vaya, un exhibicionista. Entonces un grupo de desalmados enterados del acontecimiento y dado que dichos retretes no estaban cerrados por arriba, le tiraron un cubo de agua por encima.

Creo que ha sido una de las bromas más pesadas que conozco.

El onanista podría haber acabado trabajando de “drag queen” en el Paralelo barcelonés después de la impresión.

Esos recuerdos me han traído lo que he oído esta mañana en el aeropuerto de Rangún.

Así que por razones obvias ésta será una de las crónicas con menos fotos de todo el viaje.

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