Como ayer nos fue tan bien con el carrero le contratamos para hoy para otra “no-puesta-de-sol”. Nos dice que quedemos antes y nos enseñará alguna cosa más.
Nos lleva a través de pistas a un pueblecito donde hay un monasterio de madera con aspecto de abandonado. Es algo muy sencillo y aunque no merece mucho la pena sí lo merece el viaje hasta allí, pues Bagán te puede dar la impresión de que solo tiene templos y hoteles y gente que intenta venderte algo. Pues también hay aldeas donde vive la gente más o menos ajena a este negocio.

En el monasterio hay una placa que dice que el mismo y las escaleras están en construcción según las técnicas tradicionales y que la reconstrucción comenzó gracias al donativo de un huésped extranjero que estuvo aquí y donó 30 mil kyats. Y pone el nombre del donante, de USA. A lo mejor cuando la donación había paridad dólar kyat pero es que ahora esa cantidad son unos 16€. Y eso no es para poner una placa. O se han equivocado de cantidad.
De allí nos vamos a la pagoda de Shwesandaw, a la que la guía la define como “la más famosa pagoda para ver la puesta de sol”. Cuando llegamos pensábamos que íbamos a estar solos pero Maite y José se nos habían adelantado.

Ellos y un cielo negro como boca de lobo.

Así que cuando subimos a la terraza superior nos cruzamos en las escaleras, nosotros subiendo y ellos bajando -si no fuesen amigos hubiese escrito que “huyendo”- porque como iban con bicicleta temían que la lluvia los alcanzase. Y los coge. Nos coge. Porque en cuanto llegamos a la terraza superior tenemos que abrir el paraguas y aguantar un chaparrón durante una hora. Estamos preocupados por la suerte de la pareja pues tienen que regresar con bicicleta y hay unos 300 metros de pista de tierra antes de llegar a la carretera que ahora se ha transformado en un barrizal y ella no parece una ciclista muy experimentada. Mientras tanto aguantan en un templo al lado.
Cuando empieza a llover tenemos la nube encima pero a lo lejos hay algún claro y a través de él el sol se refleja sobre el río Irrawaddy y es un espectáculo precioso.

En cuanto deja de llover la pareja coge las bicis y se van. Compruebo con sorpresa que ella va montada y él con la bici en la mano. A veces las apariencias engañan.
Y allí estamos ya sin lluvia pero todo nublado. En un momento aparece el sol casi escondido entre unas nubes. Y volvemos a gozar de una gran puesta de sol. Marisa se vuelve loca haciendo fotos. Nos ha dado mucha pena que se hayan ido sin ver el espectáculo.

Cuando regresamos con el carro ya es noche cerrada. Por la carretera nos adelanta un camioncito de esos “imposibles” que hay en este país. Va un montón de gente dentro y el ayudante del conductor ilumina la carretera con una linterna de esas de “Todo a un euro” que saca por la ventanilla.
Nos encontramos con los vascos y nos vamos a cenar a una barbacoa. Nuevas charlas sobre viajes y nos vamos cuando van a cerrar el restaurante, pero es que son solo las diez de la noche.
“El caballero del salón”.
W. Somerset Maugham en este libro de un viaje por Asia dice:
“Pues la naturaleza es la más poderosa de las divinidades”.

Eso hemos sentido esta tarde viendo los jirones de nubes, el sol que se entreveía, los reflejos sobre el río, el olor a lluvia, los colores cambiantes del atardecer, la noche que se acercaba por el este…Y esa divinidad no te exige ni prácticas crueles, ni obediencias ciegas, ni reglas estúpidas. Solo tienes que subirte a la terraza de un templo de Bagán para contemplar la puesta de sol.
03/11/2008 a las 19:16
O tener unos amigos que te transmitan esa emoción con sus imágenes y sus palabras. Gracias Marisa y Ángel.