30. De Hsipaw a Mandalay. Segunda parte.

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Y así llega el tren. Como cuando vinimos no hay primera clase, solo “ordinary”. El convoy lleva tres vagones. Un empleado nos dice cual es el nuestro y los asientos que nos corresponden. Al intentar abrir la puerta del vagón se cae. ¡Menos mal que lo hace hacia dentro!  Con el peso de una de esas puertas de hierro para tener una desgracia. Y además había un bulto en el interior que ha parado la caída. Así que la atan con unas cuerdas y la dejan abierta.

No es por un problema de prisas para subir porque está muchísimo tiempo parado en la estación pero es que el personal lleva tal cantidad de paquetes que puedes quedarte sin sitio para poner tus mochilas.  Cuando he sacado el billete le he pedido al empleado “left side” para ver el paisaje desde el otro lado al que vinimos. Debe ser un disléxico o como se llamen los que confunden la derecha con la izquierda (y no me refiero a la política, que esos se llaman “centristas”) porque me ha dado el “right side”.

Enfrente de nosotros una madre y su joven hija llevan 10 bultos, pero no pequeños. Encima durante el viaje compran dos “jack fruit” que pesan un disparate.  Al otro lado del pasillo una mujer grandona con nueve cestas de piñas. Algunas de ellas necesitan las fuerzas de dos hombres para levantarlas. Calculo que lleva unos 500 kilos de piñas.  Ocupan el pasillo y el sitio donde deberían ir sus piernas y como por el tamaño no caben debajo de los asientos sacan parte del contenido de un par de cestas y las colocan por el portaequipajes.Tren de Hsipaw a Mandalay

En este viaje han venido cinco revisores juntos. Cuando vine a Hsipaw dije que debía ser el mejor trabajo de Birmania el de revisor en aquel tren. Pues en éste aún es mejor. Porque además de que hay más vagones, van cinco y solo pasan una vez en todo el viaje.

Al cabo del rato vuelve uno de ellos. La mujer de las piñas ya sabe de que va y saca unos billetes antes de que llegue. Veo que son dos de 1000 kyats. Se siente enfrente de ella y empiezan a hablar. Le pide 5000. Vaya, me lo imagino, no es que hayan empezado a hablar en castellano o inglés: le enseña los cinco dedos de una mano y no creo que es que el revisor le cante lo de “cinco lobitos tiene la loba”. Ella le enseña los dos de mil. Hay una conversación y al final le da 2500 kyats. Por supuesto sin ningún tipo de recibo. O sea la corrupción ferroviaria. Imagino que los cinco revisores se van repartiendo los posibles clientes cuando pasan la primera vez. Este se va pero a mitad de viaje vuelve a aparecer otra vez y se sienta con ella. Curiosamente este revisor lleva zapatos y calcetines aunque se quita ambos y no se los volverá a poner hasta llegar a Mandalay.

En Kyaukme sube una joven pareja de occidentales. Resultan ser Amateina y José. De Bilbao. Han hecho un trekking en moto. Quizás semejante al que me ofrecieron en el viaje de ida. No pongo los detalles que me contaron por si me lee alguno de sus seres queridos. Pero ha sido muy interesante. Resulta que él es un fanático de los viajes y charlamos bastante. Parece dispuesto a comerse el mundo viajando, pero ella a veces parece un poco asustada del arrojo de él. Cuando me está explicando su viaje a Etiopía llegamos a Pyin U Lwin y “asaltan” nuestro vagón un grupo de jóvenes militares. Aparecen por las ventanas y suben lo que debe ser un petate birmano: una gran caja metálica en la que deben llevar todas sus pertenencias. Llenan con estas cajas gran parte del pasillo y dejan bloqueada a la pareja bilbaína.

De Bilbao

Uno de estos soldados, todos muy jóvenes, lleva escondida debajo de la camisa una botella que enseña a sus amigos. Acaba borracho. Hay alguna pequeña bronca entre ellos pero afortunadamente no llevan armas.

En el camino hemos vuelto a pasar por el espectacular puente de Gokteik y su maravilloso paisaje.

Gokteik

La parada en Pyin U Lwin ha sido de más de una hora, Estas largas paradas se van repitiendo a lo largo de todo el viaje.

La joven que está enfrente de nosotros lleva la mano izquierda con unas uñas que dan miedo de largas, pero la mano derecha las tiene tan cortas como las mías. Eso ya lo hemos visto en alguna otra ocasión.

¿Guitarrista?

El revisor, corrupto, sin calcetines y simpático, que está cerca de mí, tiene unos dientes como un demonio por culpa del betel; me va preguntando cosas personales y luego se las va explicando en voz alta a los demás.

Se hace de noche y no hay luz en ningún vagón. Afortunadamente no tenemos que ir al retrete porque por un lado están las cajas militares bloqueando el camino y por otro las cestas de las piñas. Además el poco espacio libre que quedaba lo ha aprovechado una joven madre para medio echarse con sus dos hijos –que se preocupa constantemente para que los vendedores que no paran de subir se los pisen- y gente mayor. Así si necesitas pasar lo haces andando sobre los reposabrazos.

Pasillo para no pasar

Llega un momento en que se ve Mandalay y crees que ya estás llegando. Entonces empiezas un zig-zag en la vía. Esto lo había visto en Cuzco, creo.   Y el descenso se hace eterno.

Cuando ya estamos en Mandalay, pero en una estación que no es la principal, se baja la señora de las piñas. Dicho así tiene nombre de virgen de un pueblo de Segovia: “Nuestra Señora de las Piñas”. El ferroviario y otro que estaba sentado con ella son los encargados de bajar las canastas por la ventanilla. El ferroviario le afana ocho piñas en el trasiego. O sea que no solo es un corrupto, además es un ladrón. Eso sí, muy simpático. Allí estamos parados más de media hora mientras pasan trenes con vagones con sillones reclinables y con luces en su interior. Son los que van o vienen de Rangún. Finalmente a las 10:00 de la noche entramos en la estación de Mandalay. Nos ha costado las previstas trece horas para los 200 kilómetros.

Nos despedimos de los vascos (y de las vascas) pero quedamos para cenar con ellos mañana.

A la salida nos capta un taxista. Nos pide un precio razonable y decido ir con él. Resulta que no es un taxista sino el conductor de un trishaw, una de esas bicicletas con sidecar. Pretende que vayamos los dos y las mochilas en un solo vehículo. Ni hablar, Me dice que en dos trishaw pero pagando el doble. Al final acepta el precio primero en dos triciclos. Creo que he pagado lo de un taxi pero tampoco se va mal. Empieza a gotear y el trishawero corre todo lo que puede. Volvemos al mismo hotel que el año pasado. Nos recuerdan.  Es agradable esa situación. Cuando estamos haciendo la inscripción aparecen Walter, Lut, su hija y Bruno. O sea “los belgas”. Gran alegría ya grandes besos. También es muy agradable ese encuentro.

Creo que no he viajado en un tren tan cochambroso y lento en mi vida –exceptuando el que iba a Darjeeling, que se llamaba “el tren de juguete”- pero el día ha acabado bien. Y además hemos conocido a una pareja estupenda.

Personal teoría de la relatividad desarrollada por el autor en sus viajes por Birmania.

Como no dijo Einstein “todo es relativo”. Por ejemplo la relación entre la distancia recorrida por un medio de transporte y el precio del billete.  ¿Por qué se calcula siempre así y por qué nos parece caro o barato en función de la distancia?

Porque eso es una convención económico-cultural. También podría considerarse en su lugar la relación tiempo-precio. Cuanto más tiempo estás más tienes que pagar. Claro que la distancia  es una constante como saben los teóricos de las dinámicas estáticas, pero el tiempo es una variable como también saben los teóricos de las estáticas dinámicas. Los que estudian los ciclos reproductivos y migratorios del acebuche leonado conocen ambos.

Un caso práctico: coges el autobús urbano en el que tienes que recorrer 4 kilómetros. Precio: 1€. Los 4 kilómetros son una constante. Has tardado 10 minutos. Coges el mismo autobús y tardas 78 minutos. Eso es una variable. Precio 53€.

Claro que si tienes un bono de transporte te da lo mismo. Eso es la relatividad.

Coda a la teoría.

El viaje de Hsipaw a Mandalay en el tren nos costó 3$ a cada uno. Considerando que solo son 200 kilómetros  y vas sentado en un banco de madera, no es barato. Pero si consideras que sales a las 9:30 de la mañana y llegas después de las 10 de la noche, o sea 12 ó 13 horas pues está tirado de precio.

Eso es la relatividad.

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Una respuesta to “30. De Hsipaw a Mandalay. Segunda parte.”

  1. Luigi Says:

    Joder-cáspitas, excellent!

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