27. Hsipaw. Día 2. Primera parte.

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Horario de trenesDesayunando en el hotel nos han dicho que se ha ido el austríaco así que somos los únicos extranjeros de la ciudad.

Esta mañana he visto pasar por delante un todo terreno lleno de soldados fuertemente armados. El primer grupo que veo así.

Les pregunto a los del hotel las diversas posibilidades de visitas para hoy. Sorpresa: hoy es “luna llena” y el “morning market” está cerrado. Y eso que habíamos madrugado para verlo.  A cambio nos recomiendan visitar un monasterio en el que habrá bastante movimiento por lo de la luna. Se podría llamar la “marea budista”.
Hemos decidido marcharnos mañana a Mandalay y hacerlo por tren. Las otras posibilidades son o coger un taxi compartido con otros turistas o el autobús. La guía dice que lo del taxi se soluciona en nuestro hotel porque se supone que todos los extranjeros estamos allí. Y es así.  Pero no hay con quien compartirlo en la ciudad. Además también advierte que “los taxistas tienden a intentar romper los records de velocidad en coches destartalados”. Y tampoco se trata de ir acojonado tres o cuatro horas. Que puedes acabar como San Dositeo y hacerte monje budista al llegar al destino. Y efectivamente hemos visto alguno taxis por la carretera que van como locos. De los autobuses la guía dice que “las tres compañías prestan un servicio que no es alentador”.  ¡Qué bien explican los defectos los ingleses! Nosotros, en castellano, como el Sr. Chávez, diríamos que son “una mierda”. De una línea dicen que los del pueblo la “desprecian”. De otra que sus vehículos tienen buena presencia pero que se estropean mucho. De la tercera que son “uncomfortable” pero que no se estropean tan frecuentemente como los otros. ¡Un bello panorama! Además he preguntado y hay que estar a las cinco y media de la mañana en la parada, lo que quiere decir levantarse a una hora inhumana. Así nos queda el tren.  Uno de los más lentos del mundo. Los 200 kilómetros tarda en recorrerlos once horas si todo va bien. Pero la experiencia al venir ha sido grata así que repetiremos.

Vamos a la estación para hacer la reserva. Camino de ella pasamos por la calle principal con el atasco de tubería más fotogénico que hemos visto nunca. Es realmente espectacular.

Tubería atascada

Pasamos también por correos que por ser el día que es está cerrado. En su fachada han dibujado un buzón de correos muy gracioso alrededor de la ranura por donde se echan las cartas aunque luego vemos por la calle un verdadero buzón.

O eso nos imaginamos porque todo está escrito en birmano. También nos encontramos en el camino con una mezquita bastante grande. ¿Cómo llevarán los musulmanes lo de las fiestas lunares budistas? Y muy cerca de la estación vemos a un par de monjas budistas muy jóvenes, casi unas niñas, con sus fiambreras. Siempre vemos monjes o novicios pidiendo pero no monjas. ¿Cómo se las arreglarán para su mantenimiento?

Llegamos a la estación. Allí nos encontramos con uno de los cuadros de horarios más claros que he visto nunca. Así nos enteramos que nuestro tren llega a las 9:25 y sale a las 9:40, pero hay que estar a las 8:00. Según ese horario llegaremos a Mandalay a las 22:00. O sea 13 horas. Insisto: para los 200 kilómetros. A algo más de 15 kilómetros por hora de media.

Vemos algunos de los “jack fruit” como los del viaje de venida. Marisa aprovecha para hacerles una foto utilizando mi pie como “martillo de geólogo”.

Frutos del árbol del jack

Las vías del tren son como las de Pyin Oo Lwin, llenas de hierba y con vendedoras de piñas esperando que llegue el tren, así como grandes montañas de la misma fruta, que imagino cargarán en él.

En el edificio de la estación hay un montón de despachos y encima de cada uno de ellos está escrito en caracteres latinos “MR”. Ni idea de su significado. Así que entro en uno que ha resultado ser el bueno. Me dicen que el tren sale a las nueve pero hay que estar a las ocho. Y como en el tren de llegada solo hay “ordinary class”. ¡Qué se le va a hacer!

La estación está en el límite oeste de la ciudad y al salir vemos gente que se dirige a una pagoda cercana, más al oeste, donde solo hay campos, y decidimos ir allí. Es un conjunto pequeño, como “de pueblo”, situado en medio de los campos. Dentro del templo principal hay muchísimos fieles sentados. Solo unos pocos hombres en las primeras filas y el resto, como siempre, todo mujeres. En el exterior hay algunos hombres más pero sin participar en la ceremonia. Hay un cura sentado cerca del altar que habla de vez en cuando por el micrófono. Por el tono de su voz no logro saber si reza o les da consignas a los fieles tipo “sentaos de una vez”. Casi todas las señoras, que están sentadas siguiendo la norma budista de no apuntar con los pies hacia delante, llevan como dotación una bolsa de plástico como la que suelen llevar cuando bajan al río a lavar y lavarse. Un niño reparte ramilletes entre los fieles. Un novicio nos dice que nos sentemos  dentro del templo. Imposible para mis piernas. La gente ofrece paquetes de galletas y otras ofrendas que van colocando sobre una mesa.

Monasterio de Mahati en la luna llena de julio.

Nos aborda un monje que habla un poquito de inglés. Tienen 63 años, o sea que somos de la misma quinta. Pienso que me gustaría decírselo con esa misma expresión, que en España creaba un sentimiento de fraternidad entre los que compartían esa circunstancia. Pero ni idea de cómo se dice en inglés. Ni sé si en Birmania hay leva obligatoria. Cuando puedo busco en internet lo de “quinta” y me parece que los británicos se perdieron esa maravillosa costumbre ancestral de lo de “ser quintos de tal año”. ¡Pobre gente! (Realmente yo también me lo perdí).

El monje “quinto” me dice que aquello es un monasterio, el Mahati, donde viven  nueve monjes y catorce novicios. Parece que después de rezar, el personal picará de unos platillos muy apetitosos que están preparando por allí. A nosotros nos ofrecen un desayuno ligero a base de té y galletas. En estas situaciones siempre pienso que tengo que aprender a sentarme como ellos con las piernas dobladas porque lo paso fatal. Estamos un buen rato viendo a la gente rezar.

Después nos vamos al centro de la ciudad. El mercado central está cerrado totalmente. Camino del “morning market” pasamos por una calle donde hay muchos trozos de limón sobre esteras en el suelo secándose al sol. Ni idea qué hacen luego con ellas. Este mercado también está desierto. Afortunadamente la tienda donde ayer había unas señoras clasificando té, está abierta aunque solo está el dueño. Iba a decir que hace como los chinos en España que siempre tienen las tiendas abiertas.  Pero resulta que es de padre chino y madre shan. ¿Será algo genético eso de no respetar el tercero de “Los Diez Mandamientos de la Santa Madre Iglesia ”? Recuerdo mi sorpresa infantil con ese precepto que nos enseñaban los padres escolapios (y antes las hermanas de Santa Ana): “Santificarás las Fiestas de Guardar”. ¡Fiestas de guardar! Pues no lo entendíamos pero las “santificábamos”. Pues los chinos no.

Volviendo al dueño de la tienda: nos explica que solo hay té verde en esta región y que hay de tres clases. Realmente cuando te las enseñan las tres juntas ves que son diferentes pero si te ponen una no creo que las distingas. Ni tampoco con las tres juntas cual es la mejor. Así compras la más cara pero te da lo mismo una que otra.

Cerrando las bolsas de te.

Para cerrar las bolsas de plástico emplea una técnica oriental muy curiosa pero muy extendida en estos países. Enciende una velita de esas de las tartas de cumpleaños y calienta algo metálico. Luego con el calor de ese objeto pega los bordes de la bolsa. Y les queda perfecta.

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Una respuesta to “27. Hsipaw. Día 2. Primera parte.”

  1. Luigi Says:

    Lo de que los hombres no entren a las ceremonias religiosas me recuerda a las bodas católicas a las que muchas personas nos vemos obligadas a ir pero a las que no entramos durante su oficio. En este caso sin distinción de género.

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