17. Lago Inle. Día 3.

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Ayer por la noche cortaron la luz en la zona donde está nuestro hotel. Pusieron en marcha un generador pero nos advirtieron que a las ocho se apagaba así que a esa hora a la cama. No nos fue mal porque hoy teníamos que madrugar para hacer la excursión prevista y aunque han pasado menos barcas a motor que ayer por el canal, a las cinco de la mañana ya ha empezado el desfile.

Hoy al desayuno han añadido un plato local: “him thaut”. Una masa hecha de patata hervida y cebolla. Muy buena.

La excursión vuelve a ser en barca de motor. La señora nos recomendó un mercado que estaba fuera de los circuitos habituales.

Cuando descubres un lugar muy especial, aunque no llegue a la categoría de paraíso, tienes tendencia a contarlo a todo el mundo. Y entonces deja de serlo. Creo que ya lo escribí: en el año 84 u 85 descubrí con un amigo, y luego recorrí muchas veces con mi familia, el hayedo de la Tejera Negra. Estábamos solos. Era un paraíso. Luego en El País Semanal salió un artículo descubriendo la belleza del paraje. Pues se jodió. Las últimas veces que fuimos en otoño, y de eso hace unos años, había que pedir permiso para entrar. Ya sé que mis cuatro lectores no se pueden comparar, en número, con los cientos de miles de EPS pero a veces te lee un robot y distribuye la información. Imagínate que llega al mercado chino de turismo y dentro de cinco años hay que pedir la vez para ir a ese mercado.

El canal por donde vamos con la barca acaba en un culo de saco donde había un montón de ellas. Imagino que por lo del mercado. Desde allí tienes que andar una media hora. El barquero me dice más o menos –o me ha querido decir, pues su inglés no es hasta allá y mi birmano se limita al “hola” y “berenjenas” – que “no tiene pérdida y si tienes dudas que le preguntes a cualquier intha por donde se va al mercado”. Tiene gracia lo de que le pregunte a un intha, como si yo fuese capaz de distinguir a uno de ellos de otra clase de birmanos, con la excepción de las señoras pa-o, porque ellas llevan un pañuelo rojo en la cabeza. A lo mejor es que consideran a los pa-o inferiores o quizás es que como en algún otro grupo étnico -¿dónde lo habré leído?- el nombre del grupo quiere decir algo así como “género humano” y quería decirme que si me perdía que preguntase a cualquiera porque todos saben donde está el mercado. Menos nosotros que también pertenecemos al “género humano” pero a la rama de occidentales ignorantes. Así una señora ha decidido erigirse en nuestro guía antes de que le preguntásemos nada. A mitad de camino me dice que un “present”. Yo le hubiese explicado que frente a un servicio no solicitado no hay “presente” pero solo me he limitado a sonreírle.  O es que tenía mucha jeta o es que algún imbécil que ha pasado antes por aquí pensaba que hay que dar dinero solo por preguntar o por sonreír. Que eso en nuestro mundo solo ocurre con los abogados.

Pasamos por una pagoda vacía pero que tiene al lado una estructura de obra enorme. La dueña del hotel me explica por la noche que es que hay una especie de romería una vez al año y se llena de monjes de toda la región y de muchísimos fieles. Por allí hemos visto una letrina en medio de un espacio asilvestrado que como debía llevar desde la última romería sin usar no estaba mal aunque por lo mismo era el reino de una araña tamaño cinemascope.

El mercado no tiene nada de especial excepto que es el primero en esta región que no tiene ni un solo puesto de artículos para turistas.  No es espectacular pero es auténtico.   No sé si se puede acceder en coche hasta allí pero solo había carretas tiradas por bueyes.

Y un puesto que es una característica de esta región: de venta de remos.

Casi todo eran productos que vienen a vender aquí la gente pa-o de los pueblecitos y aldeas de las montañas como patatas, alubias, té o cosas de uso que los pa-o vienen a comprar aquí a los intha.

En un extremo un grupo de hombres apostando dinero en una pelea de gallos. Solo he visto una una vez en mi vida, en Ecuador hace muchos años, y me parece un espectáculo terrible. Tan terrible como una corrida de toros. Así que no la hemos visto. En este mercado Marisa ha hecho alguna de las mejores fotografías de todo el viaje. O eso nos parece.

Volvemos a la barca pasando por un par de escuelas en el camino.  En una de ellas, de niños muy pequeños, se abalanzan para saludarnos contra una especie de tela mosquitera que recorre todo el perímetro. Para acceder a la escuela tienen que pasar por un puente hecho con 2 ó 3 cañas de bambú sobre el canalillo. En España los padres estarían aterrorizados y los niños llevarían chalecos salvavidas para atravesarlo.

Niños en el patio de la escuela.
De allí nos vamos Indein donde estuvimos el primer día. Lo más bonito de los paseos por el lago son los paseos mismos sobre todo cuando vas por los canales laterales. Pasas muy cerca de las casas que están pegadas al agua, por los caminos por donde va la gente, con muchas canoas planas donde van remando yendo o viniendo de un mercado…Y luego en el lago la gente pescando también en sus pequeñas canoas impulsándose con el remo abrazado a su pierna mientras que con las manos van echando o recogiendo la red. A veces cuando llevan el longyi, la faldilla birmana, parece que en lugar de remo sea una pierna asimétrica y larga que les sale de la falda y se mete en el agua. Otras veces son canoas también de remos pero mucho más grandes cargadas de algas que van sacando con unas largas cañas y que luego emplean como base sobre la que poner tierra y crear una isla artificial para tener una huerta.

Cosecha de algas

Y por la parte por la que van las embarcaciones a motor un continuo movimiento de barcas cargadas hasta los topes de tomates que van Nyaungshwe a venderlos.

Precio de la venta del tomate: 200 kyats el kilo. Menos de 20 pesetas. Unos 11 céntimos de euro.

El comercio del tomate ha creado una industria auxiliar: cajas de madera para embalarlo y enviarlo a Rangún.

Llegamos al embarcadero de Indein y no tiene nada que ver con el otro día: antes de ayer era día de mercado y hoy no. Los puestos de baratijas para turistas siguen allí pero no hay nadie para atenderlos y si en alguno hay alguien no te dicen nada. Pasamos por el recinto del mercado que recordando como estaba el otro día produce una extraña sensación: vacío y sin un puesto. Vaya, los puesto que son fijos sí estaban pero sin nadie.  En un extremo del mercado hay un árbol espectacular, el Nyuang Ohak, un ficus, que el otro día no vimos por el ambiente que había alrededor. ¡Lástima que le han adjuntado una caseta que impide verlo en su plenitud!

Hemos vuelto a Indein para volver a subir al Shwe Inn Thein, la pagoda que tanto nos gustó pero a la que fuimos con el barquero y como ese día teníamos que ver un montón de cosas más no pudimos dedicarle el tiempo que queríamos y verla a nuestro aire. Y es “nuestro aire” es muy lento. Pero mucho.

La subida “oficial” va por un largo pasillo de columnas cubierto. Muy largo. A ambos lados hay puestos con baratijas turísticas.  Sería algo espectacular si estuviese desnudo. Ahora solo hay una cuarta parte de los puestos con mercancía y una persona atendiendo a varios a la vez.  Imagino que en temporada alta y día de mercado puede ser horrible pero hoy estábamos nosotros solos.

Hay otra subida que bordea ese pasillo que va al lado de un torrente que baja muy fuerte de las montañas. Este camino que es por el que nos llevó el barquero el otro día atraviesa un bosquecillo y es el que yo recomiendo.

Hemos pasado al lado de una pagoda que parecía abandonada pero que ha resultado ser el monasterio de Nyong Oak, en el que había un viejo monje que nos ha abierto la puerta.   La guía dice de este entorno que recuerda a las junglas de Indiana Jones y así es. Todo está apunto de caerse pero tiene un gran encanto.

Templo Shwe Inn Thein.
Así llegamos a la parte superior donde está Shwe Inn Thein con su bosque de estupas, unas que se caen a pedazos y otras que se están haciendo nuevas o restaurando ahora.  También describe la guía el antagonismo que se presenta entre ese ambiente de estupas rotas que es el que buscamos los occidentales y lo que quieren los budistas birmanos que es tener un lugar de culto nuevo y en condiciones. Lo que ocurre es que en la restauración que hacen es como si cogiesen “La última cena” de Leonardo y su arreglo fuese que Warhol hubiese pintado encima otra “última cena”. No estoy de acuerdo en dejarlas que se deterioren y se caigan para gusto de los occidentales que necesitamos el pintoresquismo de los elementos y la selva comiéndose los monumentos pero lo que hacen aquí me parece horrible. Y no siempre son piadoso budistas, pues la gente coloca una placa con su nombre para que se vea de donde viene el donativo y hay algunos de europeos, recuerdo concretamente daneses y franceses. También de los países vecinos, véase el de un generoso donante tailandés.

El lugar nos ha parecido precioso y si te gusta la fotografía, espectacular.

El barquero nos lleva a comer a un restaurante sobre un canal. Está preparado para más de 80 comensales pero estamos solos. Más tarde la señora del hotel nos dirá que este año ha sido muy malo porque la gente no viene por el ciclón de la primavera aunque aquí no les haya afectado.

Una comida estupenda.

Comida birmana.

Volvemos al hotel y nos enteramos que mañana vendrán Lut y Walter, la pareja belga. Así les podré explicar las dificultades para ir a Sittwe.

Acabamos con un corto paseo por delante de una bonita pagoda que hay al lado del canal y enfrente del hotel. Está totalmente recubierta de trozos de espejos y vidrios y el sol de poniente le da de lleno.

Pagoda en Nyaungshwe.

Hoy tenemos luz eléctrica y puedo escribir el borrador.

Mañana hemos contratado una excursión a pie.

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Una respuesta to “17. Lago Inle. Día 3.”

  1. Luigi Says:

    que espectacular momento el del monumento. carpe diem.

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