Después del magnífico desayuno que nos deja el cuerpo y el espíritu (ya sabes, las neuronas y las sinapsis) preparados para nuevas aventuras (un desayuno de “mohinga” ralamente ayuda) nos vamos al centro de Rangún.
Un señor “desmonta-motores” nos saluda afectuosamente, seguramente porque recuerda que Marisa le hizo una fotografía el primer día que llegamos. Creo que no hay otro país en el que a la gente le guste más que le fotografíen. Algunas jovencitas a las que les pedimos hacerles una foto posan encantadas pero además como si fuesen modelos profesionales. En algunas ocasiones alguno nos pide que le fotografiemos. Y casi siempre que hacemos una foto en la calle a alguien que está vendiendo algo o tiene algún puestecito casi todos sus vecinos y amigos le organizan una juerga. Pero nadie se enfada.

Como el año pasado nos sigue sorprendiendo que nadie toque el claxon. Ya expliqué que es una imposición de las autoridades y que solo rige en esta ciudad pero es una maravilla. Por la misma orden tampoco hay apenas bicicletas ni motocarros; solo trishasws en algunas zonas, pero pocos.Encontramos alguna casa antigua de teca incrustada entre los horribles bloques modernos. Son una maravilla pero están bastante deterioradas.
Y como todos los días pasamos por una gran manzana que corresponde a un edifico colonial precioso pero totalmente decrépito y que además está rodeado de un par de verjas. Es una verdadera pena.
Volvemos a pasar por el trozo de calle donde montan los periódicos. Seguro que en el lenguaje de las imprentas tiene un nombre especial esa operación. Lo curioso es que aquí lo hacen en la calle, en las aceras y a mano.

Vamos a internet a comunicar a nuestros hijos el cambio de planes de viaje pues ahora no saben por donde andamos.
Volvemos al hotel y con un taxi a la estación de autobuses.
Las carreteras que salen de Rangún tienen al comienzo dos o tres carriles en cada dirección pero todo el mundo va por el carril de la izquierda que es el que está en mejores condiciones. Así cuando alguno quiere adelantar lo debe hacer siempre por la derecha.
La estación de autobuses es enorme y caótica. El año pasado fuimos con una furgoneta que iba recogiendo viajeros por distintas agencias y tardamos un disparate. No sé si hay transporte público, al margen del taxi, para ir hasta allí pero si lo hubiese sería bastante difícil llegar hasta tu compañía de autobuses. Nuestro taxista tiene que preguntar dos o tres veces.
La primera sorpresa agradable es que nuestro autobús tiene muy buena pinta y parece confortable. Mejor así porque salimos a las 12:30 del mediodía y llegaremos a nuestra parada a las 6:60 de la mañana del día siguiente. O sea 18 horas.
Antes de salir nos dan una botella de agua, caramelos y un zumo.
Las dos sorpresas desagradables del viaje –no totalmente sorpresas- son que va a hacer mucho frío y que van a poner un DVD tras otro a un volumen muy alto. Afortunadamente, para esta circunstancia, no entendemos lo que dicen pero parecen muy malos. Generalmente son un grupo de cuatro cómicos y una señorita. Los cuatro tipos van cantado cosas y la gente se muere de risa. De vez en cuando la señorita baila una danza regional tipo sardana en birmano. Así hasta la hora de dormir. Lo del frío ha sido bastante duro. Por supuesto ni el chofer, ni el cobrador, ni sus ayudantes hablaban inglés pero en cada parada les he explicado por señas que hacía mucho frío. Solo una de las veces he conseguido que apagasen el aire acondicionado. Pero solo un ratito. Y es que los birmanos iban muy abrigados. A cambio las dos veces que hemos parado a comer y cenar han sido las comidas más baratas de todo el viaje y además buenas.
Durante el periodo diurno del viaje he podido leer algo de la zona que no pudimos visitar, vaya, Mrauk U.
En el apartado de peligros de la región pone que hay que tomar precauciones contra la malaria y en el apartado de “clima” dice que Sittwe y Mrauk U reciben más lluvia que el resto del país. Acaba diciendo que tormentas repentinas durante esta época de monzones hacen peligrosa la travesía entre las dos ciudades, aunque los ciclones y tormentas tropicales suelen ocurrir justo antes o después de la estación de lluvias. Como ha pasado en esta ocasión con las inundaciones de mayo. Marisa no acaba de creerse que todo esto no lo hubiese leído antes. Pero es así.
Duermo como un tronco pero el viaje nocturno es por una carretera que se ha transformado en una estrecha pista de tierra que hace que la velocidad sea lentísima. El autobús tiene que pararse cada vez que nos cruzamos con un camión y Marisa me dijo que había curvas en las que tenía que hacer maniobra para poder pasarlas.
Cuando son poco más de las cuatro de la mañana paramos a desayunar y al subir ya vuelven a poner música para despejar al personal.
Como nosotros nos bajamos una hora antes de llegar al destino final se lo he dicho a todos de la compañía que iban en el autobús. Así a las seis y media nos han avisado: Shwenyaung. Nos han dado el equipaje y nos han dejado en la carretera de ese pueblo. Ya sé que lo digo muchas veces, pero éste es un país donde la gente suele ser muy amable. Así han sido los del autobús, porque yo, por miedo de pasarnos, he sido pesado, pesado.
Oeste de Birmania.
La zona que visitamos estos días pasados, la de Sittwe, pertenece al estado Rakhaing. La guía dice que este estado forma la mayor parte de la zona oeste de este país y que tiene las mejores playas y la más grande ciudad antigua después de Bagán. Más hacia el interior se encuentra el estado Chin con zonas fuera del alcance de los extranjeros. Las poblaciones tienen que ver más con la vecina Bangladés que con Birmania. Debido a la cordillera de Arakan (nombre también dado al estado Rakhaing) esta zona ha estado más volcada hacia el mar que hacia el resto de la nación. Así hay los “arakanos” que son budistas y algunos consideran como birmanos con aspecto indio, los “rohingya” que son musulmanes y que en algunos casos han tenido que huir a Bangladés para evitar problemas y los chin que tienen una importante población de animistas relacionados con poblaciones semejantes del estado indio de Mizorán, uno de los que no pude visitar en mi último viaje al nordeste de la India el año pasado. Estos animistas tienen encima al movimiento CCOC (Chin for Christ in One Century) cuyo objetivo es convertir a todos los chin (¿será chines el gentilicio plural?) al cristianismo. La guía dice que a “la única fe verdadera”. He encontrado un documento en la web que dice que antes de la llegada de los misioneros cristianos a “Chinland” el pueblo chin y su sociedad estaban bajo la influencia de la “profunda oscuridad” y que la adoración de los animistas era una carga que los llevaba a una vida insociable. La luz le llegó al pueblo chin con los misioneros baptistas que portaban la buena nueva de Cristo a todos los chines. Y ahí siguen con el empeño.