12. De Sittwe a Rangún.

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Espinacas de agua y verdurasLa crónica de hoy tenía que titularse “De Sittwe a Mrauk U” pero se llama “De Sittwe a Rangún”. Y como subtítulo “Mrauk U o la decepción”.

Esta noche me he despertado con inquietud. La lluvia de ayer no ha parado en toda la noche e incluso ha habido momentos de lluvia torrencial. Pensaba en lo de los italianos ahogados y en que quizás cometía una imprudencia en marcharnos con este tiempo.

Pero hemos madrugado y desayunado y el dueño de la barca ha venido a buscarnos con un motocarro para llevarnos al embarcadero. Antes de llegar le digo que si el mar está mal o el barco no es el que nos dijo ayer no subiríamos. Fue como una premonición. Antes de bajar las mochilas del motocarro le digo que quiero ver el barco. Y efectivamente no era el que me dijo ayer, ni de ese tamaño. Menos de la mitad. El mar no parecía estar mal pero lo del barco no era lo acordado ni lo previsto. Entonces va y me dice que de acuerdo que iremos en el que me dijo ayer que era su barco. Pero que ha resultado ser de su hermano con el que ya estuvimos ayer en tratos y con el que no llegamos a nada por el precio. Y allí volvíamos a estar con lo que costaban los galones de gasoil y pagar a la tripulación y esto y lo otro. El verdadero dueño del barco me dice que su hermano era tonto y que merecía un par de tortas. Me ofrece otras opciones pero me da miedo por las condiciones atmosféricas, no solo por la falta de seguridad de los transportes sino porque si empeora el tiempo nos pueden dejar colgados allí una semana. Realmente no creí que corriéramos peligro pero sí que nos hubiese desbaratado toda la estancia en Birmania si además nos tenemos que quedar aquí un par de semanas. Y así decidimos volver a Rangún y no visitar Mrauk U a pesar de que era el único objetivo de nuestro viaje a Sittwe.

Creo que esta experiencia me servirá para evitar ir a sitios donde el gobierno limita el acceso porque si hubiésemos podido ir desde aquí o salir de aquí por carretera no habría habido ningún problema.

Hemos comprado el billete de avión a Rangún y poco después nos hemos encontrado con el chico de la moto. Nos ha preguntado por el viaje y le he dicho que nos íbamos hoy. Muy simpático me ha pedido algunos kyats. De la misma manera le he dicho que no.

Ha estado toda la mañana lloviendo con una intensidad que iba de abundante a fuerte aguacero. Cuando nos hemos cansado de no poder hacer nada nos hemos refugiado en el hotel.

En el paseo matinal hemos estado amparados en un par de sitios cuando la lluvia arreciaba y hacía imposible el andar por la calle. En el primero hemos visto a niños de unos 8 ó 9 años con un saco de plástico cada uno donde iban metiendo lo que encontraban. En otro momento estábamos en unos soportales del mercado delante de una tienda donde vendían entre otras cosas cebollas. Grupos de novicios, casi niños, de los monasterios budistas iban pidiendo. Como no llevaban paraguas, todos tenían el mantón empapado. El dueño de “nuestra” tienda le daba a cada uno una cebolla enana. Y he vuelto a tener la misma sensación que en otros sitios con abundancia de religiosos: para la familia puede ser una bendición, así dicen los padres de curas y monjas católicos pero debe ser otro de los misterios de la fe especialmente en el caso de monjas y religiosos que dejan a “su” familia para integrarse en una nueva; pues eso que para la familia es una bendición pero en el caso de los tenderos es como un pedrisco: cada mañana se desparrama por la ciudad una nube, o varias, pues son de diferentes monasterios, de decenas de niños que piden continuamente. El de las cebollas habrá dado una cebolla por minuto. Claro que eran enanas, pero ¿cuántas regalará cada día? Aquí en Sittwe solo piden novicios muy jóvenes, de no más de 12 ó 13 años.

Monjecillos mendicantes

Del refugio del hotel salimos un momento en que disminuye la lluvia para ir a comer. Además de la anguila crujiente, que en esta ciudad hacen especialmente buena con canela, yo he elegido “fried water convulvus”. No tenía ni idea de lo que sería pero lo de “convulvus” me sonaba a comida de cardenal, pero de los de la curia romana. Han resultado ser lo que en otros lugares llaman espinacas pero que realmente son “espinacas de agua” o “morning glory”. Ayer descubrimos que lo que aquí llaman “hojas de mostaza” en España son las “pencas de acelga”. Otra de las características de los tres restaurantes donde hemos comido en esta ciudad es que la carta es exactamente igual. Y ninguno tiene escritos los precios. Hay gente a la que le parece mal preguntar los precios cuando no los ponen. Aquí he tenido que hacerlo en cada plato. Hace años en algunos restaurantes elegantes españoles las cartas que les daban a ellas no tenían precios. Las de ellos sí.

Vamos al aeropuerto en un motocarro. Es menos que un taxi pero más que un trishaw pero con el equipaje hemos de coger dos de éstos y además no van cubiertos y el motocarro sí. La diferencia es que solo dejan entrar a los taxis en el recinto del aeropuerto y el resto de transporte te deja a unos 100 metros de la puerta. Afortunadamente ha parado de llover.

Este aeropuerto es uno de los más increíbles en que he estado. Somos los primeros y está todo vacío. Tememos que vayamos a ser los únicos pasajeros pero al rato la cosa se va animando y seremos un par de docenas. También van llegando los distintos policías y funcionarios y empleados.

Una de las rarezas de este aeropuerto es que no he visto ningún arma. Puede que las tengan pero no las lleva nadie.

Otra es que no hay la típica información de las cosas prohibidas en la facturación o para subir a bordo, pero en una página tamaño A4 hay un letrero como los que hago yo para la comunidad de vecinos que dice: “Drug trafficking is a serious offence which can get death penalty”. Acojona, ¿no? Vuelvo a leer lo recién escrito y parece que yo me dedique a escribir letreros para mi comunidad tipo “sociedad de vigilantes”. No. Yo aviso de las cosas del ascensor y semejantes.

Compruebo que trabajar en el departamento de aduanas de este aeropuerto debe ser una verdadera sinecura. Quizás no ganen mucho pero inspeccionar media docena de bultos tres veces por semana…

Marisa se percata de que aquí los hombres mantienen más la tradición de la faldilla, longyi, que las mujeres. Habitualmente suele ser lo contrario, como en la India o los países árabes.

Al final llega el avión que viene de otra ciudad, hace escala aquí y sigue vuelo a Rangún. Aparca a unos 30 metros del edificio y veo bajar a unos cuantos extranjeros. Si nos hubiésemos quedado aquí quizás hubiésemos contactado con ellos y hubiésemos podido ir a Mrauk U. Pero la suerte ya está echada.

El avión es del mismo tipo que a la venida. Se nota su antigüedad en que en el lavabo hay una ranura con la inscripción “used razor blades”. Aunque no sé si con el movimiento que llevan no te cortarías el pescuezo intentando afeitarte. Desde luego si había manchas de sangre en las paredes del lavabo las han limpiado.

Así llegamos a Rangún tras dos noches, tres días, que dicen las agencias de viaje. Y el 80% del presupuesto destinado a viajes para todo el mes gastado en éste. Y además inútilmente.

Tras un duro regateo cogemos un taxi a la estación de autobuses. A estas horas ya no hay ninguno que vaya hacia el norte a cualquiera de los destinos que nos interesan pero sacamos el billete para mañana al lago Inle.

Luego regresamos al hotel. Cena y a esperar un nuevo día. Que seguro que será mejor.

Billete de avión.

Billetes de avión doméstico

Cuando compramos el billete en Rangún para venir a Sittway la encantadora señorita que nos lo vendió y extendió solo puso nuestros nombres propios. Le expliqué que esos no eran nuestros apellidos pero me contestó que eso era igual. Luego he pensado que daba lo mismo para subir al avión pero que si te pasa algo a ver como lo reclamas con el nombre propio. Y no quiero pensar que pasaría si se estrella el avión. ¿Cómo reclamar a los seguros? Así que esta vez, en Sittway, he tenido cuidado en que escribiesen bien los apellidos.

Además es que en mi caso sería de chiste: se ha estrellado un ángel.

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