La Presidenta y los prejuicios.

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Ahora que ha pasado el ruido diré que creo que la Presidenta del Tribunal Constitucional ha cometido una falta de imprudencia, y como ciudadano que jamás tendrá amparo de ese tribunal me parece gravísimo que su presidenta muestre poco juicio aunque no tenga repercusión penal y aunque sus pares y el Gobierno la respalden en su proceder. Con todo, me parece mucho más preocupante que la aparente razón de su torpeza se haya instalado de tal manera en la sociedad española que ni siquiera se la reconozca.

Si a un personaje judicial importante varón le dice sin pruebas una amiga que a un hijo de un antiguo fontanero de casa de sus padres (es decir, a un desconocido) su esposa le ha dejado en la ruina, sin la custodia de sus hijos y que un juez le está perjudicando de forma sesgada, no se interesaría por él ni lo más mínimo, aunque fuese más sensible y caritativo que Antonio de Padua. Si, cambiando el género, a una altísimo cargo una amiga le dice sin pruebas que a la hija de un fontanero de casa de sus padres (es decir a una desconocida) su esposo le ha dejado en la ruina, sin la custodia de sus hijos y que un juez le está perjudicando de forma sesgada, la señora en cuestión le acepta el envío de documentación referida al caso, le dedica un tiempo a leerla con atención  a pesar de que su tribunal tiene un atasco de años (en el que podría utilizar ese tiempo de forma más rentable para los ciudadanos) y se preocupa de llamarla ella en primer lugar.
¿Hasta dónde pueden llegar el prejuicio, la asimetría y la ceguera de «género»?

Una respuesta to “La Presidenta y los prejuicios.”

  1. Avatar de Carmen Carmen Says:

    Hay un pequeño detalle que no sé si se debe a la ceguera de género y es que si a un magistrado varón le pide un favor una amiga que a él le interese, es decir, está buena le haría caso incluso con más premura. Por lo demás creo que, independientemente del género del magistrado, sí que existe una cierta inclinación a creer más en un varón depredador que abusa de mujer que al contrario, quizás por las estadísticas, pero las estadísticas no pueden ser óbice, cortapisa ni valladar para la ecuanimidad, sobre todo en el caso de un magistrado sea hombre o mujer.

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