52. Tokio, día 1. Primera parte.

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Parece que la lluvia de ayer de Fukuoka ha llegado a Tokio. Ha sido un pequeño trastorno pero no se puede evitar. Un día así es ideal para ir a ver los museos de Tokio pues todavía no he visitado ninguno pero es lunes y están cerrados. Así que me dispongo a hacer un recorrido que recomienda la guía donde hay algo de calle y también de centros comerciales. Lo que pasa es que la parte de calle está tirando a barrio chino, pero no de chinos sino de puterío y un lunes así y por la mañana no creo que sea el ambiente “típico” que puedas esperar.

Hoy voy a coger el metro “normal” porque en esta ciudad está el metro que pertenece a la compañía ferroviaria, la línea Yamanote, que es como un tren con conexiones con las otras líneas de trenes, y luego están las otras trece líneas que pertenecen al Metro de Tokio. Están todas interconectadas y el precio del billete depende de la estación de origen y de la de destino. Cuando llegué aquí la primera vez fue muy fácil porque iba con mi amigo Hiro y ahora además de que ya tengo la primera experiencia de la otra vez, había comprado, cuando llegué al aeropuerto, dos pases de tres días cada uno y así el primer obstáculo que es saber el precio del billete ya está resuelto. No tengo que sacar billete. No es difícil, lo que ocurre es que hay media docena de paneles con esa información y solo uno está en inglés y a veces no lo ves a la primera. Aquí no es fácil, pero en cualquier otro país que no fuese Japón sería imposible manejarte en una red tan grande y complicada. Hay una estación donde se cruzan cinco líneas que con dos direcciones cada una te dan diez opciones a elegir. Y estaciones con cuatro hay varias. Añádele que algunas tienen también líneas de la compañía ferroviaria y aunque sea una estación distinta, cuando entras es una opción más. Por supuesto no he visto a nadie saltarse un torno de entrada, aunque hay un empleado en una caseta en cada salida para resolver las dudas. Un problema adicional es que si te has equivocado al comprar el billete o has cambiado sobre la marcha tu destino y es más caro el billete debes pagar un billete adicional antes de salir. Y finalmente otra complicación es que en algunas estaciones al cambiar de línea debes salir del perímetro de validez del billete. Para esos casos hay unos tornos especiales que pone “trasbordo”. Allí te devuelven el billete, cosa que los otros no hacen, y puedes volver a entrar en la otra línea. Pues está todo tan bien indicado y sobre todo tan bien diseñado que funciona perfectamente. Por supuesto los coches paran donde están las señales de las puertas y donde hacemos cola los que esperamos. Una maravilla.

El problema de la salida está resuelto si te han dicho previamente cuál es o si al que le preguntas te entiende. Si no, es una putada, pues te envía a la que a él le suena más parecido. Y ya me ha pasado a mí entre “Iriya” que es mi salida e “Hibiya” que es una línea de metro.

La lluvia es un problema, quizás el principal, para cualquier viajero. El editor del blog me había dicho que no te tenías que preocupar de llevar paraguas, que Japón estaba lleno de paraguas abandonados y que los había por todas partes. Eso es cierto. En Tokio no lo sé porque acabo de llegar, pero en el resto del país que he visitado hay paragüeros con paraguas en todas las estaciones de ferrocarril, en las entradas de los templos y en muchos sitios públicos. Pero eso es verdad cuando no llueve, porque esta mañana en Tokio todo el mundo llevaba paraguas pero no había ninguno en ningún paragüero. Eso es algo que también lo diferencia de España. En nuestro país los jóvenes no llevan paraguas aunque caigan chuzos de punta. No sé si lo consideran una minusvalía o una cobardía porque de ser una moda sería una gilipollez. Pues aquí no. Aquí llueve y todo el mundo lleva su paraguas. Gran cantidad de ellos son blancos, con la tela de plástico transparente y aspecto de no aguantar muchos tifones. Esos son los que se encuentran en los paragüeros. La verdad es que cuando los vi nunca pensé en comprobar su estado porque a lo mejor están bastante cochambrosos, pero no iba a dar la nota abriéndolos en un día espléndido. O sea, querido editor, que si vienes a Japón mejor que te traigas tu paraguas. ¡Ah!, y se ven muy pocos plegables.

En la entrada de muchas tiendas hay unas bolsas especiales para que los clientes metan los paraguas. Como unos condones. De esta manera no mojan el establecimiento. Y algunos lo hacen de forma automática: metes el paraguas y sale ya envuelto.

Así he llegado a Shinjuku, una plaza que esta mañana estaba bastante desangelada, con grandes edificios y con unas pantallas de televisión enormes en las fachadas de algunos de ellos. Recordaban a “Blade Runner”.

Shinjuku

El primer espectáculo de diseño urbanístico me lo han dado los “recogecolillas”. Como ya dije cuando llegué a Japón, en el centro de Tokio está prohibido fumar por la calle excepto en unos puntos donde hay unos ceniceros alrededor de los cuales se reúnen los que tienen el mono. Y así hay un servicio especial de limpieza de estos ceniceros callejeros. Sacan unas cajas cuadradas con agua donde están flotando las colillas. Es bastante repulsivo pero así ni se incendian ni huele tan mal. Los dos pobres operarios –porque eso es peor que trabajar en un crematorio hindú o preparándole los discursos al Sr. Rajoy– llegan con unas cajas limpias llenas de agua, pasan unos trapos por los ceniceros y se llevan la mierda. Sin embargo en los hoteles hay habitaciones de fumadores y de no, y las de “no” siempre están completas y las de “sí”, como en este hotel de Tokio, huelen bastante mal.

Recogecolillas.

El recorrido de la guía incluía una librería que tiene una buena sección de libros en inglés. Pregunto en la planta baja y la dependienta me dice que es en la séptima. Lo curioso es que para decirme “siete” con los dedos, haya abierto los cinco de una mano y los dos de la otra los ha puesto delante de la palma abierta de la primera. Tengo que preguntar porqué se hace así. Se lo hubiese preguntado a la chica pero no hablaba inglés y quizás habría creído que era un excéntrico. A mí se me ocurren dos razones: una, que es la forma de indicar el ordinal y que el cardinal sería con los dedos fuera de la mano, como hacemos nosotros; otra, que en este país los dos dedos solos además de indicar “me estoy haciendo una fotografía” tenga algún sentido sexual explícito y una señorita no pueda hacerlo.

Luego voy a unos grandes almacenes que tienen una fachada diferente de los otros pero igual de espectacular y que recordaba algo de Art Deco.

Isetan.

Me he dado un paseo por la zona de la comida y me hubiese quedado allí toda la mañana si no fuese porque los solícitos dependientes te está preguntando continuamente que quieres. Una de las tiendas más bonitas que he visto en mi vida. No la tienda en sí, sino los platos y las presentaciones que hacían de ellos. ¡Qué maravilla! La sección de tés no era tan espectacular como una que vi en Nagasaki pero le he echado una ojeada a los verdes, especialidad japonesa, y el amable empleado me ha hecho dos diferentes para que probase la diferencia. ¡Qué forma de tratar la mercancía y qué forma de tratar al cliente! El vendedor me ha dejado de piedra cuando le he pedido dos sobres de 100 gramos a granel, los ha llenado y al pesarlos la primera vez uno pesaba 101 y otro 102 gramos. Parece mentira que se pueda acertar en un gramo. O sea equivocarse en el 1%. Y era un chaval joven a pesar de la práctica que tenga.

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