48. Fukuoka, primera parte.

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Ayer eché una ojeada a la tele para ver si me enteraba de la previsión meteorológica. En una cadena retransmitían un campeonato de patinaje artístico. No sé la categoría del evento pero era en Gotemburgo. Yo creía que eso era cosa de los americanos y los rusos, pero en el ratito que vi salió una coreana que se quedó la segunda, una japonesa que era la primera y otra que se quedó la cuarta de la clasificación. No sé si se considera deporte o no, pero es una cosa preciosa. Y las tres chicas que vi eran unas muñequitas orientales que se doblaban que daba dolor verlas. Pero me di cuenta que no era un espectáculo para mí. Es que me pongo muy nervioso pensando en cada salto que dan se la van a pegar. Así la que iba la primera se dio uno bueno. Lo pasé fatal. Además las veía tan poquita cosa que pensaba que se podían romper. A pesar de que habría sido el único programa que habría podido ver en un mes pues se entendía todo aunque la retransmisión era en japonés, tuve que apagar la tele.

Cuando he bajado de la habitación a la recepción he pensado en algo tan racional que hacen en este país y que parece que a nosotros ni se nos ocurre: la primera planta es la primera y en el ascensor está marcada con un uno. Y no te tienes que romper la cabeza para saber qué botón tienes que pulsar cuando quieres salir a la calle. Que en muchos sitios ponen salida o recepción como si fuésemos tontos. Que lo somos. Porque tú entras en una casa y lo “primero” que te encuentras es la primera planta. Pues no. Esa es la planta baja. O planta calle. Yo viví en Barcelona en un piso que era un cuarto, pero tenía la planta baja en el primero, el principal en el segundo y el cuarto era en realidad un sexto. Sin ascensor. Aquí el primero es el primero. Y no es una tautología.

Me despido de los recepcionistas del hotel que han sido especialmente simpáticos y amables. Y mira que a veces soy pesado con las preguntas.

En resumen: Nagasaki ha sido una etapa muy agradable.

Como ya estoy regresando el tren hace el mismo recorrido que a la venida y no le presto mucha atención al recorrido. Y no sé si por ser sábado el tren va casi lleno.

(Esta vez estoy escribiendo el borrador en la recepción del hotel pues la habitación no tiene mesa para escribir. Entra un señor muy elegante con una maleta en cada mano de unos 60 por 40 centímetros y detrás un joven con un maletón que da miedo. ¿Cómo se moverá este señor sin ayuda? Imposible).

Desde el hotel de Nagasaki me reservaron habitación en uno del mismo grupo aquí, en Fukuoka. También está al lado de la estación. Pues me doy un buen paseo hasta encontrarlo por salir por la puerta equivocada. Y cargado.

El hotel parece de más categoría que el de ayer, ligeramente más caro, la habitación ligeramente peor y la recepción con un hall enorme.

Después de los trámites salgo dispuesto a echar un vistazo a la ciudad. Dada mi torpeza matinal estoy a punto de darme otro paseo en vano. Preguntando encuentro mi camino.

Fukuoka.

Es la ciudad más grande de la isla de Kyushu y una de las que está creciendo más de todo el país. Antes eran dos ciudades separadas: Fukuoka, donde estaba el castillo del señor de todas estas tierras, y Hakata, donde vivía el pueblo. Cuando se juntaron se llamó Fukuoka a ambas pero como luego se ha desarrollado sobre todo la parte de Hakata mucha gente la llama por este nombre. Para ayudar en la confusión el aeropuerto se llama Fukuoka y la gran estación de ferrocarril Hakata. Todos los trenes superrápidos llegan hasta esta ciudad y a partir de aquí hacia el sur ya no hay shinkansen. Por cierto, Fukuoka quiere ser sede de los juegos olímpicos en 2016, como Madrid, lo que quiere decir que en algún momento oiremos hablar mucho de ella.

Sus principales atractivos tienen que ver con la vida de hoy, especialmente su moderna arquitectura. Tiene unos edificios increíbles. La guía dice que es famosa como centro culinario y por su vibrante vida nocturna. Vaya, que yo no me hubiese desplazado ex profeso pero me venía de paso camino de Tokio.

También dice que es conocida por sus “bellas mujeres”, su equipo de béisbol y por un tipo de sopa de fideos, “Hakata ramen”.

Como en todas las ciudades que he visitado los coches son muy nuevos, excepto los taxis que suelen tener unos añitos. Se ven muchos monovolúmenes grandes, muchos coches con aspecto de camioncitos infantiles pero muy pocos todoterrenos.

Primero la vida espiritual, así que voy a visitar Tocho-ji. Me vuelvo a encontrar a san Kobo porque este templo lo levantó él en el año 806 después de volver de China. Hay unos cerezos que están a punto de florecer y que cuando lo hagan será la gloria. También hay un Buda actual de madera que es impresionante. Como no cabía en el templo le han construido una habitación al lado para colocarlo.

Tocho-ji
En su base han hecho un pasillo de esos oscuros en el que con una ligera iluminación muestran las cosas horrorosas que les pasan a los que van al infierno. Y de repente se acaba la poca luz, tú sigues completamente a oscuras y te dices que aquí a la vuelta está la puerta. Pues he tardado bastante, así que no hagas como yo el otro día y te metas en contra dirección porque debe ser la leche sin poder decir siquiera que te has equivocado, que lo sientes, porque es que estaba a oscuras, oscuras. Vamos que al final aparezco en el infierno y no me sorprende nada.

De allí me voy a Ankokuzan Shofuku-ji. Este es el templo más antiguo de la secta rinzai del budismo zen. Fue construido en 1195 para promocionar esta corriente en Japón al regresar de China el presbítero Eisai-Myoan, fundador del budismo zen. Fue el templo rinzai más grande de Kyushu con 20 mil metros cuadrados y 38 templos subsidiarios. Fue destruido por el fuego varias veces y hoy no queda más que un cuarto de su tamaño original. Eisai “tuvo una vida difícil buscando el entendimiento de los principios verdaderos del budismo”. Lo pongo entre comillas para que se vea que no es una invención mía, sino que procede de la información oficial del templo, porque podría parecer que lo había puesto a mala leche porque decir que “tuvo una vida difícil” por esa razón es que no sabía que era comer “porridge” todos los días como los famélicos de Nagasaki en 1681, ni plantar arroz, ni siquiera ser profesor de la ESO en el siglo XXI. ¿Vida difícil?

Sigo. Pues además fue el introductor del té verde en Japón. Así que no sé si con sus desvelos de buscar el entendimiento tuvo éxito pero con lo del té verde lo tuvo total.

No hay nadie en Shofuku y el ambiente es tranquilo y apacible. Los jardines, como siempre, muy cuidados. Hay un edifico con un letrero en la puerta de “not open to the piblic” con un jardín zen precioso. Allí un magnolio como el de ayer en los jardines Glover pero con grandes flores blancas. Al salir paso por el templo de Kushide, éste lleno de gente. Rezan y dan las dos palmadas así que es shinto. Aquí hay un gingko de más de mil años.

Me acerco al río y hay un paseo con cerezos que dentro de unos días será un espectáculo, pero ahora todavía no. Veo unos cuantos sin techo durmiendo en los bancos y con algunas casetas hechas de plástico azul. Varios de ellos llevan todas sus pertenencias en una bicicleta.

Toda esa parte central de la ciudad, con jardines, canales y grandes edificios es muy bonita. Entro en uno de ellos y es para caerse de culo. ¡Qué arquitectura!

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