23.Matsuyama. Día1, segunda parte.

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La isla de Kashima.

Kashima desde la cimaLa isla es una montañita totalmente cubierta de árboles en medio del mar. Enfrente del embarcadero hay un templo sintoísta. Al lado un camino que sube hasta la cima. Arriba del todo han hecho una plataforma para que se pueda ver todo lo que hay alrededor y han tenido la precaución de podar los árboles para que no entorpezcan la visión. Está despejado y hace un día estupendo. Estoy un rato allí viendo otras islas o barcos que pasan en las cercanías.

Kashima desde la cima
Bajo y sigo una especie de camino de ronda que da la vuelta a la isla. Algunos trozos se están derrumbando y hay unos obreros colocando tela metálica para sujetar las paredes. Hay pequeñas playitas.

Banco peligroso

En unas grietas del los acantilados veo un ciervo muerto. Se debió despeñar y se ha quedado allí, varado en la arena. En algunas piedras hay pescadores de caña. Emplean un arte desconocido para mí en la parte técnica. Llevan una nevera con una mezcla de comida. La van echando con una cuchara de mango flexible en el lugar exacto donde han echado el anzuelo. Este tipo de engaño, el de cebar el lugar, antes estaba prohibido en la pesca de río en España. Pero los pescadores lo hacían. Todos llevan el mismo tipo de material y tienen una gran habilidad para el lanzamiento de la comida.

Pescador en Kashima

Cuando paso al lado de uno acaba de sacar un ejemplar de unos 35 centímetros. Le saca el anzuelo de la boca y después con una navaja no sé que le hace pero el animal deja de moverse. A continuación coge el teléfono celular y llama. Me juego lo que quieras que está llamado a su amigo del alma (no a su mujer ni a su novia, que les da lo mismo) para explicarle la pieza que acaba de coger. Me ha recordado a uno que vivía conmigo en Barcelona en los tiempos de estudiante: me decía que si se podía acostar con una chica y luego no lo podía contar que le daba lo mismo. El mito de Don Juan. Pues eso les pasa también a los pescadores. Porque está la satisfacción personal pero luego está en que los demás se enteren. Mi padre fue un pescador de caña. Un pescador notable. Los pescados que cogía los metía por las agallas en un cable de acero que acababa en una te. Cuando pescaba dentro del agua la llevaba colgando de la cintura. Cuando volvía a casa llevaba la ristra colgando de la mano y vivíamos al lado de la plaza. Y a veces llevaba 10 ó 15 kilos de pescado. Pues el de hoy ha hecho algo así pero a distancia.

Sigo el paseo y veo a la pareja con el niño con los que he llegado a la isla. No sé cuanto tiempo podrán seguir haciendo esto porque el niño sin poderse mover casi…Y también me he acordado de mi infancia de hijo de pescador aficionado pero no quiero ponerme sentimental.

En un malecón hay media docena de pescadores, todos echando comida al mar. (Los pescadores de caña, ¿llamarán “la mar” a “el mar” como hacen los pescadores profesionales?). Cuando me acerco uno coge otro pescado como el anterior. Pienso que le va a dejar seco como el primero pero no hace más que sacarlo y llena de agua de mar una nevera portátil vacía que lleva. Mete el pez allí y saca de un bolsillo un compresor portátil pequeñito, pone en marcha el motor y lo mete dentro del agua. Como un acuario. Están pescando como hace dos mil años pero esto es Japón. No sé si el mantener el pez vivo es para llevarlo a un acuario, para enseñárselo a su hijo pequeño, o es que es mejor llevarlo vivo a casa para hacer sushi. Me acerco a ver toda esa maniobra y veo que como cebo en el anzuelo utilizan gambitas. Deben estar buenísimas.


Acabo de dar la vuelta a la isla y descubro que a pesar de lo que dice la guía no hay ningún sitio para quedarte a dormir ni siquiera a comer así que decido regresar. En el ferry de vuelta me encuentro con el pescador del pez vivo. Me quedo con las ganas de preguntarle.

En Matsuyama la guía recomienda dos restaurantes. En uno la especialidad es el pollo crudo. Según quien gane hoy las elecciones iré mañana a comer allí e incluso a desayunar. Como castigo. Del otro dice que es fácilmente reconocible por los modelos en plástico de sus platos (pero esto ocurre en casi todos) y porque hay multitud de turistas japoneses comprando su especialidad, fideos de cinco colores que hacen ellos mismos. Al llegar a la estación pregunto en la oficina de turismo por el de los fideos. Hay otro señor diferente del de ayer pero con su mismo nivel de inglés. Coge un mapa y me indica el camino a seguir pero lo hace dando un gran rodeo. Quizás fuera más fácil pero me he perdido. He estado una hora para encontrarlo y lo he hecho al final porque he logrado preguntar a un señor que era un buen samaritano que se ha bajado de su bicicleta, ha preguntado varias veces y me ha acompañado hasta la puerta. Más de un kilómetro conmigo. Hablaba dos palabras de inglés pero me ha dicho que conocía a Zapatero, a Plácido Domingo y a Carreras, Barcelona, Madrid y Valencia. Que en España había jardines muy bonitos y que él era empleado de banca. Ya que conocía a Zapatero he estado a punto de preguntarle si conocía a Rajoy y a su niña porque quizás a partir de mañana debería conocerlo. Pero no me he atrevido. Realmente me encuentro gente muy amable pero éste se llevaba la palma.

Así al final he podido comer los fideos de cinco colores. Me han sacado una bandeja donde había un cuenco con fideos, un cuenco pequeño con salsa de soja, una tetera con una salsa oscura y un vasito, imagino que para echar la salsa, y seis vasitos con cosas diversas. Me explica la camarera durante tres minutos algo que puede ser la climatología de los dos próximos días, la forma de comer aquello o que su jefe es un bastardo. Hay un par de mesas pero no comen lo mismo que yo así que no puedo aprender. Estoy en una posición que no me ven como lo hago así que tampoco se sorprenderán. Todo está buenísimo pero los fideos están fríos. Ya me había explicado Hiro que se pueden pedir fríos o calientes. La salsa de la tetera es tan buena que no sé donde ponerla pero me la bebo. Quizás sea como si un japonés en España se pusiese el aceite de la aceitera en una copa y se lo bebiese.

Salgo del restaurante con las ganas de comprar un paquete de esos fideos pero cargar todo el viaje con ellos me parece demasiado.

Me voy a visitar el castillo. En la subida unos árboles floridos preciosos desprenden un fuerte aroma. Unos subimos andando por un camino y otros con unas sillas de funicular. Son muy curiosas porque hay una red a unos dos metros de las sillas, así que si uno se cae solo se da un susto.

El castillo sigue la misma pauta que los de estos días. Empezó a construirse en el siglo XVII pero varios incendios provocados por el hombre o por rayos de tormenta han hecho que haya estado siempre reconstruyéndose. La primera puerta tiene esta extraña leyenda: “Esta inusual entrada sin puerta fue construida para confundir a los invasores enemigos”. No sé como se pueden confundir si llegan hasta allí y se encuentran que aquel arco debía tener una puerta y no la tiene. Lo del arte militar tiene unos pensamientos que se me escapan. Debe ser cosa de la poliorcética.

El suelo de acceso es una especie de arena gruesa cementada. Me parece una buena solución en la reconstrucción de monumentos que tienen muchas visitas porque da un aspecto más natural que el cemento y también es resistente. Claro que por allí no pasan coches y en los castillos españoles es muy importante que los vehículos lleguen, si es posible, hasta el interior de la torre del homenaje.

Otra cosa curiosa es que construían si podían con madera de alcanfor que no la atacan los insectos. En Kioto había en las puertas de un templo grandes ejemplares de estos árboles.

Y he aprendido otra palabra que brindo a las embarazadas jóvenes que buscan nombres con “K” para sus hijos: “Takumi”. Significa “la técnica de la carpintería de obra”. Pero eso no tiene porque saberlo el padre, ni la suegra. Puedes decir que es un santo muy santo: San Takumi que vivió en Matsuyama-jo.Castillo de Matsuyama.

Visitando el castillo (con sandalias como todos) se pone a llover. He tenido suerte esta mañana con el tiempo. Cuando bajo estudio un mapa para no perderme y regreso al hotel pasando por una galería comercial. Es un clásico en todas estas ciudades: unas galerías cubiertas larguísimas con unas tiendas estupendas y todo muy elegante. Pues de la galería salgo por donde no debo y preguntando descubro:

1-No todo el mundo es amable en Japón. Una chica no ha querido ni mirarme a la cara. Un señor ni me ha contestado.

2-Que hay más de una estación de ferrocarril en esta ciudad.

3-Que mi hotel está al lado de una estación pero me han enviado a la otra.

4-Que sí, que sigue habiendo gente amable con los extranjeros torpes.

5-¡Cómo puedo perderme dos veces en el mismo día en la misma ciudad!

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Una respuesta to “23.Matsuyama. Día1, segunda parte.”

  1. Luigi Says:

    como le hubiera gustado a Pepito haber oido estas historias de los pescadores japoneses…

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