11. Kioto. Día 1.

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De Tokio a Kioto.

Estaba cerca de la estación de ferrocarril y había hecho ayer por la tarde este recorrido, pues a pesar de eso me ha resultado complicado llegar desde el hotel hasta la estación. Esta mañana ya se veía más personal en el metro al ser un día laborable. Casi todo el mundo vestía oscuro, casi ningún color y la mayoría de los hombres con traje y corbata.

El tren una maravilla. Es de esos superrápidos de los que casi no te da tiempo a gozar del viaje. Y con mucho espacio para las piernas. Pasamos por lugares donde la nieve está muy cerca. En el camino se ve el monte Fuji. Gracias a una señora que me advierte lo veo en la lejanía pues estamos en una zona industrial con poco interés paisajístico y además con neblina a lo lejos.

Los trenes tienen vagones con asientos reservados y otros sin reserva. No sé si llegará a haber tantos pasajeros que tengan que ir de pié. En la India una distribución así sería inimaginable.

El revisor cada vez que entra o sale del vagón se queda mirando al personal y hace una inclinación con la cabeza. En la India también sería inimaginable pues los revisores se creen los “master of the universe”.

Y en poco más de dos horas ya estamos en Kioto.

Había intentado reservar habitación en un “ryokan” que recomendaba la guía pero estaba completo estas fechas. Ellos me sugirieron otro del que no tenía ninguna referencia pero estaba cerca de la estación, lo que para mí era importante por los viajes que pensaba hacer desde aquí, así que lo reservé. Está realmente cerca de la estación y la habitación es de tipo japonés.Habitación estilo japonés.

O sea sin muebles y sin cama, con un tatami y un colchón para dormir en el suelo. Y descalzándote desde la recepción. El cuarto de baño sí está en la habitación pero es minúsculo.

Me registro, dejo el equipaje y me lanzo a la calle. La primera sorpresa es el edificio de la estación a la que acabo de llegar: es realmente impresionante. La segunda es la llamada “torre de Kioto”. Una torre descomunal en medio de la ciudad de 130 metros de altura.

Hoy voy a ver las cosas más cercanas e irme haciendo con la ciudad.

Templo Higashi Hongan.

Voy a visitar el templo Higashi Hongan. Gran templo budista. Cuando digo “gran” quiero decir que es enorme. En algún sitio he leído que es la estructura de madera más grande del mundo. En Japón hay muchos monumentos destruidos por causa de incendios y éste es uno de ellos. Se reconstruyó a finales del siglo XIX. Para levantar las grandes vigas de la estructura se empleó una cuerda de 69 metros de largo y 30 centímetros de diámetro, que pesaba 375 kilos, hecha con el pelo de los feligreses. Se le conoce como “the hair rope”. Es la sede de la rama otani de la escuela Jodo Shin-shu. En la fachada un curioso letrero da un mensaje en japonés, en inglés y curiosamente en portugués. Quizás tambien en coreano o chino.

Rótulo del templo Higashi Hongan.

Luego me voy a visitar el templo de Nishi Hongan que está enfrente. Parece que es de la misma escuela Shin-Shu pero éste de la rama Hongan-ji y además es su sede principal. Dicen que tienen 10 mil templos en todo el mundo. Muchos me parecen. Es un conjunto de edificios con algunos en restauración. También todo muy grande.

Templo de Nishi Hongan. Feligresas.

Aquí me encuentro con una especie de peregrinación muy curiosa. Hay grupos de mujeres con una tela de color que distingue a cada grupo. Todo muy bien organizado. Cuando llego un profesional les está haciendo fotos por grupos. Cuando acaban entran en el templo y se sientan sobre sus rodillas y pies. Son unas 200 mujeres. Ellas son los fieles pero quienes les dicen donde sentarse y como ir de un lado a otro son hombres. También los que las dirigen en el rezo. Cuando acaban el rezo, que ha sido cortito, se van también de forma organizada.

Aquí los monjes son diferentes que en otros sitios budistas que había visitado. Sale uno a recoger el polvo delante de un altar pero debe ser un rito porque no recoge nada. Se mueve como un ángel. Parece que flota.

Para acabar me voy a un barrio que está a unos cinco minutos de aquí, Shimabara. No logro dar con él. Parece que hay una puerta de acceso que en tiempos se cerraba, pero no hay manera. Le pregunto a un señor por la puerta, Shimabara-no-Omon. No habla una palabra de inglés y creo entender que me dice que lo siga. Me tiene alucinado porque ha vuelto atrás desde donde venía y va a toda leche.

Puerta Shimabara-no-Omon.

En aquel momento recuerdo a un personaje que quizás ya haya muerto y que en mi infancia se nombraba como ejemplo de alguien que corría mucho: “como Zatopek”. Pues así iba este hombre. Y ni una palabra. A veces pensaba que estaba intentando que no le siguiera y que estaba yendo a su casa y estuve a punto de dejar de hacerlo varias veces. Al cabo de 10 interminables minutos llegamos a una puerta y me la señala. Era Shimabara-no-Omon. ¡Qué gente más amable!

Un barrio precioso pero totalmente desierto. Fue un “barrio de placer”. Llegó a haber más de 20 “ageyas”, salones para banquetes donde se reunían artistas, políticos y escritores en “un ambiente de conversación, arte y fornicación”. O sea una especie de burdeles elegantes. Queda uno de ellos, “Sumita Pleasure House”, convertido en un pequeño museo pero que ahora está cerrado.

Regreso al hotel. En la recepción me encuentro con un alemán, Tobías, con ganas de charlar. Me dice que había nevado estos días. Realmente hace bastante frío.

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